martes, 21 de junio de 2016

The bridge on the river Kwai (El puente sobre el río Kwai) -Final-

¿Qué es el heroísmo? ¡Los héroes no existen!
¿Por qué hemos de sentir con las emociones del héroe o, lo que es lo mismo, dejarnos arrastrar por los dictados de la heroicidad cuando la burda palabra "guerra", petrificada entre sentimientos y experiencias privadas que la historia nos dejó, convirtiéndose en una auténtica hoguera de vanidades, jamás cuestionó las preferencias de los míseros mortales que, impelidos por la estúpida pretensión del vago concepto del honor, las sufrieron y las siguen sufriendo? ¡Ah si el hombre hubiera aprendido alguna vez que la realidad es mucho más compleja que las palabras, que el desfile nefasto de sus excesos, que el negro rigor de sus volubles crueldades, y que sus religiones de guantes de hierro tan sólo consistían en usurpar el trono a un dios doliente, autómata y ciego, de protéicos perfiles inventados. La humanidad conoce bien la realidad del odio. Y el hombre es su anfitrión perfecto. Un error letal que, bajo el peso infinito de sus mentiras morales, se mueve y se seguirá moviendo, con total libertad, entre la ira, el sadismo, la ambición, la arbitrariedad y la injusticia.

¡Guerras!: "Humanos sin humanidad"







De todas las cicatrices que enarbolan la bandera del honor bélico, no hay pérdida más absoluta del mismo que la hostilidad ambiental de un campo de concentración, donde el prisionero, una vez apartado de la batalla por la rendición, siente la inmensa verdad de su humillación. Pero su sufrimiento, lejos del verdadero horror que significan los frentes de lucha donde la muerte cava sus tumbas como una destrucción violenta del raciocinio humano, se convierte ahora en algo que puede pasar de lo extrañamente patético hacia los pintoresco, porque, a fin de cuentas, a la humanidad le gusta más alimentarse del árbol de las mentiras y comer del fruto al que muchos llaman cobardía. Y porque cuando la realidad del frente bélico queda barrida, y la idea de la guerra al uso, con su cosecha horrenda de muertos, queda ya profanada, el prisionero es ahora un hombre interrumpido. Y su enemigo, aunque se valga de la brutalidad para retenerlo, se convierte en amo de otra realidad desconocida. Una realidad que sigue destilando el odio, que es esclavizadora y destructiva, pero que altera la idea de la guerra y de la muerte inmediata. Una realidad errónea pero agradecible porque concede la posibilidad de supervivencia, aunque pueda corromper el tantas veces absurdo orgullo del adversario. Y aunque el nuevo amo se erija en ese feo dios que se autocomplace en la dolorosa supervivencia vejatoria de su enemigo, hace que su campo de concentración se convierta así en una anticreación menos diabólica de lo que antes fue humano para el militar de rango: su irracionalidad guerrera, siempre dispuesta a entregar su vida por el honor. Un sentimiento no siempre compartido por el soldado atrapado a la fuerza en la intriga bélica.


Pierre Boulle y su novela anti heróica

Pierre Boulle, novelista francés (Aviñon 1912- París 1994), trató, en su novela "Le pont de la rivière Kwai", publicada en 1952, de reflejar lo qué en realidad sucedía en el fondo de esos hombres, ya fueran oficiales o simplemente soldados, sumidos en la adversidad de un campo de concentración. Sus letras eligen el continente asiático, dado que él mismo había formado parte de los comandos franceses destacados en China, Birmania e Indochina durante la Segunda Guerra Mundial.
Había estudiado ingeniería eléctrica en la École Supérieure d' Électricité, y tras la muerte de su padre por fallo cardíaco en 1926, y a fin de poder mantener a su madre, Boulle, con 24 años, se traslada a una plantación de caucho en Malasia, a 24 kilómetros de Kuala Lumpur. Trabajaría en ella de forma frenética durante tres años. Dicha experiencia se vería más tarde reflejada en su novela autobiográfica de 1951: "Le sacrilège Malis". Hallándose, pues, en el Sudeste Asiático, estalla la Contienda Mundial, Francia es ocupada por los alemanes, y Boulle se une al movimiento "Gaulliste".

Motivado por otro plantador de caucho como él, François Girot de Langlade, se alista en la base militar británica de Singapur. Alcanza el rango de subteniente a las órdenes del comandante inglés Baron, y tras un entrenamiento especial, se le concede un falso pasaporte británico bajo la identidad de Peter John Rule. De inmediato parte a una misión en Indochina contra los japoneses, a fin de promover revueltas contra los invasores nipones y dedicar parte de sus actividades de espionaje a volar puentes que entorpezcan el avance del ejército japonés. En 1942 es capturado por militares franceses fieles al gobierno de Vichy, aliado de la Alemania Nazi. Considerado como traidor a Francia, es confinado en un campo de concentración en Saigón y condenado a trabajos forzados a perpetuidad. Dos años más tarde logra evadirse de Saigón y se une en Calcuta a la Force 136 (Special Operations Executive formada por las tropas británicas). Estas experiencias se plasmarían en un relato poco conocido de Boulle con el título de "Aux sources de la rivière Kwai", predecesor de la novela que le haría famoso a partir de 1952.

Una vez acabada la contienda, y liberada Francia por el general Charles De Gaulle, Boulle es profusamente condecorado: "British War Medal 1939-1945", "Médaille commérmorative de la guerre 1939-1945 con el broche Extrême-Orient", "Médaille Coloniale con broche Indochine", "Croix de combattant volontaire", "Médaille des évadés", y "Croix de guerre 1939-1945", y "Officier de la  Légion d'honneur". Boulle vive la vacilación dolorosa de enfrentarse a partir de entonces, tras todas las aventuras vividas durante la guerra, al incierto porvenir postbélico en un mundo todavía perturbado y fragmentado por los horrores sufridos, y poco halagüeño en su concesión de oportunidades y fórmulas que equilibren su nueva inmersión social. "Súbitamente, explicaría Boulle, tras una noche de insomnio en la que las luciérnagas danzaban sobre mí, tomé una decisión: vender todas mis humildes posesiones e instalarme en un pequeño hotel de París para dedicarme exclusivamente a escribir". El aventurero de 38 años y de escasa formación literaria, acabaría por convertirse así, en poco tiempo, en un escritor famoso.


Más tarde, se trasladaría definitivamente al hogar de su hermana Madeleine, viuda y con una hija, sobrina de la que Boulle (soltero empedernido tras una primera decepción amorosa por la esposa de un militar que no se avino a aceptar las románticas pretensiones de adulterio propuestas por él) se haría cargo como si de un padre se tratase. Sus días y sus horas, a partir de 1950 y hasta 1992, se convirtieron en un creador arrebato literario que tras el ensayo y biografía de "William Conrad", daría a luz una novela por año.


Pierre Boulle: Planet of the Apes


Sus dos éxitos mas resonantes, convertidos en auténticos clásicos, traducidos y publicados en todo el mundo, fueron la obra que nos ocupa, "Le pont de la rivière Kwai", de 1952, por la que obtuvo el Premio "Sainte-Beuve", y que se inspiró parcialmente en las experiencias vividas en el Sudeste asiático durante la guerra, aunque la trama de la novela era ficticia, relato anti bélico que alcanzaría una relevancia mucho más internacional al ser llevada a la pantalla, con un éxito arrollador, por el gran cineasta David Lean en 1957; y  "Le planéte des singes", pequeña obra maestra de ciencia ficción, escrita en 1963. La versión cinematográfica, dirigida por el norteamericano Franklin J. Schaffner, en 1968, contó para su filmación con los más extraordinarios medios de producción, y fue interpretada por  uno de los actores más emblemáticos de los 60, el carismático Charlton Heston. El mundo distópico arrancado de las páginas propuestas por la imaginación de Boulle, se constituyó en uno de los triunfos  más revolucionarios del cine de ciencia ficción. Un auténtico manifiesto del inquietante papel creativo de la cámara, y cuya estética visualista de recargada novedad técnica en la década de los 60, encarándose a un futuro posible y aterrador en el que la inteligencia del hombre podría ser superada por la del simio, ha seguido, con sus inacabables secuelas -no demasiado relevantes en el plano artístico- salvando todas las distancias de los dos contextos culturales cinematográficos que ya hoy nos separan del pasado siglo XX. Dos nuevas precuelas cinematográficas del original, "Rise of the Planet of the Apes" ("El origen del planeta de los Simios"), 2011, y "Dawn of the Planet of the Apes" ("El amanecer del planeta de los Simios"), 2014, han llegado también a la Pantalla Grande, vinculándose así a la espectacular estética visualista de las nuevas concepciones tecnológicas aplicadas al Séptimo Arte; flamantes manifiestos en imágenes de un sensacionalismo distópico un tanto absurdo como el que nos viene ofreciendo el siglo XXI.



"The Colonel of Tamarkan-Philip Tossey & The Bridge on the River Kwai"

Pierre Boulle se inspiró en la figura del verdadero coronel Saito, que distaba mucho del personaje intolerante y hasta cierto punto cruel que refleja su novela. Saito era un militar respetuoso con los prisioneros; y en el auténtico coronel Philip Tossey (Nicholson en la obra), que cayó prisionero de Saito, y en realidad saboteó la construcción del puente que debía construirse para el transporte japonés, empleando barro en lugar de cemento e infectando la madera con termitas recogidas de la selva. La escritora Julie Summers, (autora de "Stranger in the house" y  "When the children came home", entre otras muchas novelas), recogería esta historia en su obra: "The Colonel of Tamarkan-Philip Tossey and The Bridge on the River Kwai" Una vez acabada la Contienda, Tossey testificó a favor de Saito ante el consejo de Crímenes de Guerra, salvándole de la horca. Tossey falleció en 1975, y Saito, que aún vivía, viajó hasta Inglaterra para honrar su sepultura. El verdadero nombre del río sobre el que se construyó el puente de madera, que aún existe hoy en día se llamaba Mae Klong, luego rebautizado como Kwa Yai. El tramo de ferrocarril que uniría Bangkok con Rangoon (Rangún) se cobraría la vida de cien mil prisioneros malayos, birmanos, ingleses, holandeses, estadounidenses y australianos.

Asimismo, Boulle no estuvo nunca conforme con el final que David Lean concedió a su magnífico film. "Lean alteró por completo el sentido de mi novela -declararía Boulle- minimizando la crueldad de los japoneses y el racismo prepotente de Nicholson, quién en realidad obsesionado con la inimaginable construcción de la que se siente auténtico artífice, trata de impedir que el lugarteniente Joyce lleve a cabo la voladura del mismo, que no explosionará en el final de mi obra. Y en cuanto a Warden, su militarismo obcecado le lleva a bombardear la zona del Kwai para vengarse de la traición de Nicholson y dar una muerte rápida a sus compañeros de comando, Shears y Joyce, evitando así que caigan prisioneros de los japoneses. Lean, al distorsionar mi final, aceptaba un cambio de opinión por parte de Nicholson respecto a la voladura del puente cuando la verdad es que a mi personaje no le mueve duda alguna para que el mismo no sea destruido"


La erosión del honor militar: el campo de concentración

Una marcha militar, orgullosamente silbada por un pelotón de soldados británicos, ha perturbado la paz de la jungla tailandesa. Un largo camino bajo el roce ardiente del sol selvático. La marcha vacilante de los vencidos aún conserva las energías suficientes, una vez perdidos sus sueños de libertad, para elevar el cántico patriótico de una heroicidad forzada que deberá entregarse a un inmediato acto de sumisión a sus captores. La guerra sigue reclamando víctimas a cada instante. Vista desde lejos parece que se goza únicamente en el beneficio de la muerte. Pero no hace mención alguna al superviviente y a su confinamiento en campos de concentración, agrupado en torno a un solo sentimiento y a una pasión única: la de su huida. Pero un soldado prisionero transforma también, poco a poco, el odio hacia su enemigo en indiferencia, y antes de que no quede más huella que la del olvido de su mundo pasado y degradado por la irracionalidad de la guerra, adquirirá ahora una creciente lucidez para sobrevivir: la omnipotencia del captor y la impotencia del vencido, que debe regirse por los primitivos deberes del esclavo. Pese a todo, el rito patriótico no dejará nunca de cumplirse. Es un regreso constante de la arrogante Oficialidad al triunfo del honor perdido. Y ese nuevo amo, el dios nefasto, concienzudo y tiránico que gobierna el campo de prisioneros, y que a veces se calma con la sangre de los vencidos; obligado también por su deber de soldado enemigo a convertir en penosa la causa de la rendición, una vez desterrada de su conciencia por el militarismo absurdo de los hombres la frontera entre el bien y el mal, se revela de nuevo a los mortales, mostrándoles que su tiempo, a partir de ahora, sólo tiene sentido entre los límites de la obediencia y el dolor que su poder dictatorial y sangriento ejerce entre los límites insalvables de sus alambradas o de las mortíferas extensiones selváticas, que impiden la huida. En consecuencia cualquier conato de rebelión habrá de enfrentarse a respuestas más crueles, y más próximas a esa muerte que han creído dejar tras ellos.




Un puente en construcción
















Un puente, vital para el transporte de suministros del ejército japonés, destinado a unir por ferrocarril el golfo de Bengala con Singapur, Bangkok y Rangoon (Rangún), debe alzarse en plena jungla como homenaje a la insensatez de la guerra. Una prolongación de la agonía de las víctimas, porque el tiempo bélico sólo tiene sentido entre los límites que imponen las penalidades. Un contratiempo del arbitrario Coronel japonés del campo de prisioneros con el Oficial británico, altanero y obcecado, que se atreve a oponérsele, se constituirá así en una inesperada postura antagonista e inaceptable, embriagada por el orgullo militarista del vencido que determina cuestionar el mandato despótico del vencedor. La ambiciosa empresa del absurdo puente, la ciega obsesión de la rebeldía militar, todo permanece como viva imagen de la inconsciencia humana y su culto a los altares del honor. La visión intolerante del invicto y el ensueño amotinador del derrotado siguen poblando con irracionales visiones de fanatismo los símbolos marciales en el transcurso del tiempo desesperanzado del campo de concentración. Un Comandante norteamericano, que ironiza en medio de la estupidez y de la indiferencia que le merecen los subyugados argumentos heróicos de vencedores y vencidos, emprende, finalmente, la aventura extenuante de la huida, y tras una lenta agonía entre las adversidades selváticas, logra una ansiada salvación que no habrá de perdurar. El militar es un ser encadenado al belicismo, y es la guerra la que decide, con su encarnizamiento disparatado, que la libertad no tiene cabida en sus días y sus noches devoradoras de vidas. La guerra, cuando se convierte así en una única norma de existencia, no concede cuartel al fugitivo como tampoco lo concede al prisionero. Es la eterna paradoja de su tragedia. No caben esperanzas en las violencias bélicas. Y se sigue llamando victoria al triunfo de la muerte. Es absurdo tratar de engañarse. La guerra es vieja pero sigue reclamando sus matanzas. Y tratar de destruir su templo significa comenzar todo de nuevo desde el principio. Algunos de sus dioses bárbaros serán arrastrados por sus propios errores. Enfrentamientos inútiles porque no existe más meta que la destrucción. No hay nada inesperado. Los hombres se provocan, miden sus fuerzas, combaten, se indisciplinan, y siguen persiguiendo sus ilusiones de triunfo. Tan sólo cuando tienen noticia de ciertos signos, huyen y se aferran a otros ideales como el de la paz y la fraternidad. Pero la guerra seguirá imponiendo sus leyes, y aunque lo dioses que la generan acaben muriendo, su paranoia seguirá viajando de nuevo desde el ayer. Posee un monólogo imperecedero: ¡locura! ("madness!")...

La aventura y sus protagonistas








Primeros contactos

Una vez avistado el campo de concentración japonés, las tropas británicas prisioneras desfilan ante la observación del Coronel Saito, responsable del campamento. "Soy el Coronel Nicholson" (Alec Guinness), se presenta ante Saito (Sessue Hayakawa) quien explica el motivo por el que se hallan allí: la construcción de un puente para el paso del ferrocarril japonés que habrá de transportar tropas desde Bangkok a Rangoon (Rangún). Coronel Nicholson a Saito: Puedo asegurarle que mis hombres cumplirán con el deber que se espera de todo soldado británico. Mis oficiales y yo seremos responsables de su conducta. Pero con todo mi respeto, creo que ha pasado usted por alto que el uso de Oficiales para el trabajo manual en los campos de prisioneros está prohibido por la Convención de Ginebra.  Coronel Saito: ¿De veras?... C. Nicholson: Traigo aquí  una copia de la citada Convención. Quizás podría usted, si lo desea, echarle una ojeada. C. Saito: Eso no será necesario... Comandante Shears (William Holden): Yo diría que las probabilidades de huida con éxito son de 100 contra 1, pero puedo añadir unas palabras más. Le aseguro Coronel Nicholson que las probabilidades de supervivencia en este campo son aún peores... C. Nicholson: ¿Y por qué no ha tratado de escapar, comandante? C. Shears: Oh, he estado esperando el momento oportuno, la compañía adecuada... C. Nicholson: Entiendo como se siente. Sé que es un deber de todo soldado que ha sido capturado tratar de huir. Pero mis hombres y yo estamos involucrados en un curioso punto de vista jurídico de los cuales muchos de ustedes no son conscientes. En Singapur se nos ordenó, tras la rendición, entregar el mando de nuestro ejército a los japoneses. Por lo tanto, en nuestro caso la fuga podría ser una infracción de la legislación militar. Doctor Clipton (James Donald): Interesante punto de vista... Shears: ¿Quiere decir que debe obedecer esa ley, sin importarle lo que cueste? Nicholson: Sin ley, Comandante, no hay civilización... Shears: Pero aquí, en el campo, no hay civilización. Nicholson: Bien, por tanto tenemos la posibilidad de introducirla. Sugiero, pues, dar por zanjado el tema de la fuga..."

El enfrentamiento con el código del honor


C. Saito a Nicholson, un día después de la llegada al campo. Nicholson insiste en la prohibición constatada en el Código que le ha mostrado de la Convención de Ginebra. Saito se lo arrebata y le golpea en el rostro, arrojándolo al suelo: ¿Usted habla de un Código? ¿Qué Código? ¡Un código para cobardes! ¿Qué sabe usted del código del soldado? ¿Del Bushido? ¡Nada! ¡Es usted indigno del mando! Nicholson, sin inmutarse, recoge el Código: Dado que usted se niega a someterse a las leyes del mundo civilizado, nosotros nos consideramos absueltos del deber de obedecerle. Mis Oficiales no efectuarán trabajos manuales... Tras varias semanas de negativa, condenado a permanecer aislado en el horno -placas de aluminio expuestas al ardiente sol selvático-, Saito, desesperado, decide tratar de convencer de nuevo Nicholson. Le ofrece carne en conserva inglesa, whisky escocés, y Nicholson pese a que se halla hambriento y totalmente desmadejado por los castigos que le han inflingido, rechaza los ofrecimientos de Saito. Yo viví tres años en Londres -explica Saito- Fui a estudiar Politécnica. ¡Salud! -y levanta su vaso de whisky- Yo tengo talento artístico. Pero mi padre quería que fuese militar. ¿Desea usted un cigarro?... Nicholson: No, gracias... Debo advertirle coronel Saito que voy a hacer un  informe de sus actuaciones en este campamento. Saito indignándose: Creo que no se hace cargo de mi posición... Debo cumplir las órdenes. He de terminar el puente el 12 de mayo, y tan sólo quedan 12 semanas. Por lo tanto debo utilizar todos los hombres disponibles... Cuando indiqué que todos los Oficiales estaban obligados a trabajar en la construciión del puente, naturalmente no aludí al Oficial de Mando... Nicholson: Lo siento, pero ninguno de mis Oficiales hará trabajos manuales... Saito: Estaba a punto de decirle que he estado pensando que por supuesto sus Oficiales de mayor rango se encargarían de las tareas administrativas, dejando tan sólo a oficiales de guardia para echar una mano... Nicholson: Me temo que no puede ser. La Convención lo deja todo bastante claro sobre ese punto. Saito excitado: ¿Sabe lo que me pasaría si ese puente no se construye a tiempo? Nicholson impasible: No tengo la más remota idea... Saito: ¡Tendría que matarme! ¡Qué haría usted si estuviera en mi lugar?... Nicholson: Supongo que si yo fuera usted, tendría que suicidarme. Finalmente, sabiéndose vencedor, Nicholson toma el vaso de whisky que le ofreciera Saito y exclama: "¡Salud!"...  Saito, definitivamente, tendrá que ceder ante la obcecación militarista de Nicholson. Pero la edificación del puente es constantemente saboteada por los soldados británicos. Nicholson, tras la liberación y haber derrotado psicológicamente la arbitrariedad de Saito, acomete la construcción del puente con la precisión que caracteriza la honorabilidad militar británica.


La fuga de Shears y el regreso al Kwai


Mientras se suceden todos estos hechos, Shears, el Comandante norteamericano, ha logrado huir tras una penosa marcha por las selvas tailadensas, siendo salvado en el último momento por un poblado nativo. Perdido en el río, con fiebre, es rescatado por una patrulla inglesa y una vez recuperado y a salvo en Ceilán, disfruta de nuevas jornadas felices en compañía de una bella enfermera. No obstante, es requerido por el mayor Warden de las Fuerzas Aliadas y encargado de los Comandos de Demolición de las estructuras levantadas por el enemigo japonés en los territorios ocupados: Mayor Warden (Jack Hawkins): ... El puente se halla demasiado apartado para los bombarderos. De modo que tendremos que llegar hasta él y demolerlo personalmente. Shears: ¿Y cómo pretenden llegar?... Warden: Nos lanzaremos en paracaídas y emprenderemos la marcha a través de la selva. Shears: ¿Con el equipo de democolición a través de la selva? No les envidio. Warden: Sí. Aunque nuestro principal problema es la falta de conocimiento de primera mano. Quizás, con usted, que ha estado allí... Shears: Bueno, Mayor no quiero desanimarle, pero... Warden: Hay una pregunta que quiero hacerle ¿Le gustaría volver allí?... Shears, asombrado: ¿Volver de nuevo?¿Es para eso para lo que me ha traído aquí? ¡He logrado escapar! ¡Mi fuga fue un milagro, y ahora quieren que vuelva! ¡No sean ridículos, porque no pienso hacerlo! Warden: es muy embarazoso, lo sé... Shears:  Vamos a dejar de bromear con esta cuestión. Además, sabe muy bien que pertenezco a la Marina de los Estados Unidos... Warden: Sí ya nos hemos puesto en contacto con sus Oficiales... Y se nos ha autorizado su traslado temporal a la Fuerza 316... Shears: No pueden hacerme esto... Mire, lo digo en serio.  Mi Armada ha cometido un error. No soy Comandante de Marina. Cuando mi barco, el Huston, se hundió, llegué a tierra con el verdadero Comandante Shears. Y cuando la patrulla japonesa acabó con su vida, y me apresaron,  pensé que era sólo cuestión de tiempo, y por ello cambié mi uniforme por los del Comandante muerto. Pero no me sirvió de nada, porque en el campo de Saito los Oficiales trabajan igual que los soldados... Lo cierto es que me acostumbré a que me tratasen como Comandante y cuando llegué aquí, al hospital, eché un vistazo a la sala de los reclutas y luego a las de los Oficiales y me dije que valía la pena seguir con mi graduación. Había ciertas ventajas muy claras... Cuando la Armada Norteamericana se entere de que no soy el verdadero Comandante Shears, acabarán mandándome a casa con los brazos abiertos  y... bien, cuando sepan mi auténtica graduación esas órdenes temporales que le han dado no valdrán ni el papel en que están escritas... Warden, mostrándole la documentación recibida: Hemos sabido cual era su rango real desde hace una semana. Es usted un héroe por haber logrado salvarse a través de la selva, pero al mismo tiempo no pueden enviarle a casa y concederle la Cruz de la Marina por haber suplantado a un verdadero Comandante. Quizás por eso mismo se han alegrado de ponerlo en nuestras manos. Y en lo que se refiere a su rango actual, bien, la Fuerza 316 es un tanto informal. Se lo mantendremos, naturalmente siempre y cuando crea usted que lo más oportuno sería presentarse voluntario para la misión que nos han encomendado..."

De nuevo en la jungla

 













 El comando de demolición formado por Shears, Warden, el joven Lugarteniente Joyce (Geoffrey Horne), y tres nativas junto a Yai, padre de las mismas que profesa un odio profundo a los japoneses, internados en la jungla, han proseguido su dura marcha hacia el Kwai. Indiferente a la guerra y obligado a regresar al terrible campo de Saito, Shears teme que todo el esfuerzo agotador que supone la aventura emprendida por la obcecación militarista de Warden acabe terminando mal. Monótona y continua, la jungla les convierte en auténticas víctimas de su horror, como si su penosa marcha equivaliera a sumergirse en una pesadilla de fantasmas. La lluvia, los pantanos y las sanguijuelas, la irracionalidad de los errores constantes que acomete el hombre en nombre de la guerra y del heroísmo, y el infinito silencio de la muerte poseen para Shears un sentido que su razón jamás podrá captar. Su paciencia limitada, la fatiga vence de nuevo sus pensamientos cuando, tras un descanso, comprueban que la radio ha dejado de funcionar. Warden pregunta: ¿Qué sucede, Joyce?... No sé, señor. Hemos perdido contacto y no consigo recuperar la señal... Shears encolerizado: Yo les voy a decir lo que pasa con esa maldita radio. ¡Está húmeda, mohosa, corroída, podrida como todo lo demás en esta maldita selva!... Shears patea el aparato de radio enfurecido y éste empieza a emitir señales. Joyce indica: He logrado decodificar la señal, señor. Warden: Correcto, léalo. Joyce: "Obras del puente original abandonadas. Nueva construcción aguas abajo del primer lugar. Enemigos tienen intención de conmemorar con paso de tren especial desde Bangkok a Rangún con tropas y VIP.  Sincronicen demolición puente con paso de tren. Buena caza y buena diversión. Eso es todo, señor. Warden entusiasmado: ¡Un tren y el puente!  Sería un gran espectáculo... Joyce: ¿Cree que podremos llegar a tiempo, señor? Warden: Yai -refiriéndose al nativo que les acompaña- dice que estamos a dos o tres días del Kwai. Si fijamos un ritmo más rápido podríamos conseguirlo. Vale la pena intentarlo y alcanzar el paso del tren. ¿No le parece, Shears?... Buena caza... -ironiza Shears- ¡Jolly good,... buena diversión! Warden: Si usted no hubiera golpeado la radio no hubiésemos conocido el paso del tren... Shears, resignado: Hay que contar siempre con lo inesperado, ¿no es así, señor?... Al día siguiente, el tropiezo con una pequeña columna de japoneses, supone el riesgo más importante con el que se han enfrentado en su arriesgada marcha. El enfrentamiento es encarnizado. El joven Joyce se sume en la dolorosa duda que supone dar muerte a otro joven japonés oculto entre el follaje. Warden trata de evitar que el enemigo acabe con el indeciso lugarteniente, y el fortuito disparo del joven japonés, bajo un cielo ardiente donde vuela un aterrado aluvión de murciélagos, hiere gravemente su pie. A partir de ese momento la larga e inacabable marcha hacia el Kwai significará un doloroso esfuerzo, lastrado de continuo por insoportables dificultades...  

La incoherencia  de Nicholson

Nicholson, en su afán por mostrar ante Saito la superioridad británica en toda empresa que dependa de él, incluida ahora la construcción del puente sobre el río Kwai, comprueba junto a su oficialidad el sabotaje continuo a que es sometida la realización de la obra por sus propios soldados. Decidido a llevarla a cabo impondrá en la edificación del puente la misma energía y obcecación que empleara en su enfrentamiento contra Saito. Y olvidando la dura oposición que confrontara a ambos, se vale ahora de la experiencia e incluso de la ayuda material de sus Oficiales. El asombro de Saito ante el veleidoso comportamiento de Nicholson no impide el sentimiento de odio profundo que siente hacia el hombre que ha pisoteado su autoridad en el campo de prisioneros. Sufre en silencio la humillación a que se ve sometido, y aguardará pacientemente su venganza tras la erección del puente, ya que en todo momento se imponen las órdenes del alto mando japonés. Ajeno a todo ello, el nuevo e inexplicable empecinamiento de Nicholson se centra ahora en la construcción del puente, incluso traicionando sus principios militares que le obligan a no colaborar con el enemigo. Nicholson acude a la enfermería, asombrando al Doctor Clipton con sus nuevas exigencias: No vamos a acabar el puente. No tenemos la mano de obra suficiente. Nuestros Oficiales nos echarán una mano. Pero incluso con dicha ayuda, la construcción no se va a poder llevar a cabo. Clipton: ¿Los Oficiales van a trabajar en el puente? Nicholson: Sí. Les expliqué la situación y han accedido voluntariamente a ayudarnos. Clipton se muestra sarcástico: ¿Por qué no acude a Saito y a sus hombres?... Nicholson: No pienso hacerlo. Esta obra es de nuestra incumbencia, y la llevaremos a cabo con nuestros propio recursos. Por eso recurro a usted. Quizás en la lista de sus enfermos hallemos algunos que puedan echarnos una mano..."

Atardecer en el puente

Una vez acabado el puente, Nicholson se muestra orgulloso de su construcción. Pasea por él ante Saito, que, pese a la admiración por la magnifica obra llevada a cabo, no oculta su desprecio por Nicholson, que observa el atardecer y se muestra conciliador con el hombre que le odia. Nicholson: Hermoso puente... Saito: Hermoso... Nicholson: Sí, hermoso. Un trabajo de primera. Nunca creí que saliera tan bien... Saito: Sí, es una hermosa construcción... Nicholson, frente a la mirada inquietante de Saito, se apoya en la baranda del puente, observando abstraído la lejana frondosidad de la selva: He estado pensando... Mañana cumpliré veintiocho años  de servicio activo. Veintiocho años de paz y de guerra. Y no he pasado en casa más de diez meses. Pero ha sido una vida agradable. Amo la India. No querría otro tipo de vida. Pero a veces..., de pronto, te ves más cerca del final que del principio. Y al reflexionar, uno se pregunta que representa su existencia, si ejerce influencia sobre esto o aquello, o si existe dicha influencia, sobre todo comparada con otras carreras. No sé si es bueno pensar esto, pero debo admitir que se me ocurren cosas así de vez en cuando. Pero esta noche... Esta noche... Abre su mano y, al caer al río la vara que lleva consigo, se muestra contrariado. ¡Vaya! Saito le observa en silencio, totalmente desconcertado. Nicholson: Perdóneme, debo marcharme. Los hombres han preparado una fiesta..." 

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El objetivo a la vista: caos y locura

 






































Pese a las penalidades sufridas, el objetivo es finalmente alcanzado. El paraje que rodea el Kwai y el impresionante  puente construido por los británicos asombran a Warden, Shears y Joyce, ocultos entre las frondosidades de la selva en lo alto de una colina, mientras observan  cómo los Oficiales con Nicholson a la cabeza celebran ahora su erección con la instalación en el mismo de un rótulo conmemorativo. Durante la noche, la tropa británica se entrega a espectáculo cómico-musical al que también asiste Nicholson, enorgullecido por  la colaboración de sus soldados. Saito, dispuesto a suicidarse  después de acabar con la vida de Nicholson mediante un cuchillo que guardará en su casaca militar, una vez commemorado el puente con el paso del tren que debe llegar al día siguiente desde Bangkok, se despide tristemente de su familia mediante un escrito. Shears, Joyce y Yai se sumen mientras tanto en la oscuridad de las aguas del Kwai, instalando las cargas de demolición. Joyce, encargado de accionar el detonante que habrá de destruir el puente, se oculta con inquietud en una pequeño recodo del Kwai. Shears y Yai aguardarán también el acontecimiento, ocultos al otro lado de la orilla, mientras Warden, impedido por su herida, permanece en lo alto de la colina, frente al río y al puente, con las tres muchachas nativas, armado con un mortero que pueda servir de ayuda al comando ante un previsible ataque de los vigilantes japoneses. Al amanecer, las aguas del río han descendido alarmantemente su nivel, y los cables de la perpetrada demolición asoman sobre el verdor tranquilo del Kwai... El rito militar del deber y la obediencia transpondrá al fin el umbral siniestro de sus tinieblas. Unas tinieblas de irracionalidad nacidas tan sólo para que la mirada humana, en su sinrazón obcecadamente disparatada, pueda atravesarlas. Existe, en verdad, una evidente satisfacción en la Naturaleza cuando ésta no duda en abrir nuevos cauces de horror a la monotonía persistente del desatino humano. ¿Cómo eliminar, por tanto, el único obstáculo que se opone a la locura? La pendiente emocional que corrompe a un Comandante, apartándolo de sus razonamientos militares, desconoce todavía su fuerza y su alcance para desencadenar la tragedia... Hubo súbitamente una confusión, el inquietante temor de Nicholson alarmando a Saito: Algo extraño está ocurriendo. Deberíamos echar un vistazo antes de que pase el tren... Warden observa con sus prismáticos la actuación impensable de Nicholson que acompañado por Saito descienden hasta el río: ¡ Se ha vuelto loco! Lo va a llevar hasta allí. ¡Uno de nuestros hombres! También Shears desde su escondite exclama aterrorizado: ¿Qué hace?... Nicholson consigue alcanzar una parte del cable oculto en la arena que bordea el río: Tenía razón, aquí ocurre algo extraño. ¿Tiene un cuchillo, Coronel Saito? Han minado el puente.. Saito tantea el cuchillo que esconde en su casaca, mientras Shears, a lo lejos, como si Joyce pudiera oírlo, esgrimiendo su puñal, exclama: ¡Tienes que hacerlo, chico. ¡Hazlo ahora! Joyce ataca por la espalda a Saito, convirtiéndose así en la primera victima. ¡Buen chico!, grita Warden observando su acto con los prismáticos. Joyce habrá de enfrentarse entonces al desafío incoherente de Nicholson. ¡Oficial británico, señor! ¡Estamos aquí para volar el puente!, exclama Joyce aterrorizado... Nicholson no da crédito a lo que oye: ¿Volar mi puente?... Joyce: ¡Sí, señor! ¡Órdenes del Comando británico!... Nicholson enloquecido repite: ¿Volar mi puente?... ¡No, No! ¡¡Ayuda, ayuda!! ... Joyce se resiste arrastrándose y exclamando: ¡Suélteme, Coronel,... es que no lo comprende! Shears grita desesperado a Joyce: ¡Mátaló, mataló! Una agitación en las aguas del Kwai y el horrendo sonido de la metralla japonesa. Joyce muere mientras Nicholson lo sujeta. Yai es abatido también por los soldados, y Shears se lanza a una carrera frenética y encolerizada con ánimo de acabar con Nicholson, nadando en el Kwai, pero es alcanzado también por el fuego japonés. Una vez en la orilla se enfrenta a Nicholson que le reconoce: ¿Usted?... Shears agonizante repite en su dolor y repugnancia: ¡Usted!... Nicholson comprende arrepentido: ¿Qué he hecho?... El fuego del mortero de Warden le alcanza. El tren de Bangkok, que resonaba como un alarido ya desde la zona selvática, atraviesa ahora el puente, mientras Nicholson muere y cae sobre el detonador. Una pesadilla firmemente moldeada de nuevo por el horror y la irracionalidad de las guerras. La explosión del puente se confirma como una desaparición perfecta que arrastra consigo la intoxicada sustancia interior de la locura humana, y con ella los sueños imposibles de la paz. Warden, desde la colina que se alza sobre el puente exclama, observando a las aterrorizadas muchachas siamesas que les han acompañado hasta allí: ¡Tenía que hacerlo, o los habrían capturado vivos! ¡Era la única solución! Y tomando el mortero lo arroja desde la colina hasta el río con un gesto de desesperación. El doctor Clipton, que rechazara la oferta de Nicholson para celebrar el paso del tren por el puente, lejos de allí, en un altozano ha observado los terribles acontecimientos que han tenido lugar ante sus ojos, y no cesa de exclamar: ¡Qué locura!... Qué locura!... La placa conmemorativa de la construcción del puente se pierde ahora arrastrada por el verdor de sus aguas, mientras un águila sobrevuela el espectáculo dantesco, de irracionalidad y muerte, que ofrece la profanada virginidad selvática del amplio recodo que recorre el río Kwai... 















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The making of The Bridge On The River Kwai

David Lean había aceptado ya la idea de que las fórmulas espectaculares no estaban necesariamente reñidas con la dignidad artística, y que podían convertirse de pleno en un excelente vehículo de generosas ideas sociales, aunque fuese también a través del belicismo, en los problemas existenciales y morales de los hombres y el momento histórico en que se hallasen inmersos.


Cuando decidió llevar a la Pantalla Grande la novela de Pierre Boulle optó por envolver a sus personajes como en los anillos de la gran serpiente del Laoconte, movido nuevamente (tras recuperar el espíritu de "In wich we serve" de 1942) por una gran necesidad de expresar a través de la imagen un feroz alegato antimilitarista. Todos los protagonistas vivirán por tanto abrumados por la presencia audible y visible de la muerte frente al nudo inmodificable del enfrentamiento bélico, cuyo círculo de poder se cernirá sobre ellos más y más.

Y aunque en diversas ocasiones algunos de ellos (Shears, Clipton y Joyce) traten de rehuirlo expresando la repulsión antimilitarista que les desgarra por dentro, todo se reducirá finalmente a un punto inevitable: el de ser barridos por la incongruencia de la guerra. Sólo el militar complacido en la mentira a que se acoge frente a la crueldad (inútil por lo general) de las confrontaciones irracionales de los hombres, se sentirá señor de un destino propio y honroso (Nicholson, Saito y Warden) a la hora de morir tanto como a la hora de vivir.


Los Actores: Alec Guinnes


David Lean barajó diversos nombres famosos para encarnar a Nicholson: Laurence Olivier, Ralph Richardson, Trevor Howard y Jack Hawkins (que interpretaría al Mayor Warden, encargado de la demolición del puente), y por último, Alec Guinnes. El famoso productor norteamericano Sam Spiegel, que había producido y ganado un Oscar por "On the waterfront" ("La Ley del silencio") en 1957, y que también produciría la siguiente gran superproducción de Lean "Lawrence of Arabia" en 1962, apostaba por un coronel Nicholson violento, que ofreciera una interpretación crispada y neurótica. Lean, muy al contrario opinaba que debía de tratarse de un típico oficial británico introvertido, que rindiera culto al honor militar con meditadas pausas de ininterrumpida frialdad, y que jamás se dejara arrastrar por bruscos chispazos de dramática heroicidad. Y Alec Guinnes poseía, según él, esa callada exaltación del intolerante héroe individual, capaz de oponer a su instinto de conservación el más desgarrado cumplimiento de su deber como soldado. No obstante, la contratación de Guinnes resultó muy complicada. Y fue Spiegel, una vez convencido por las razones expuestas por Lean con respecto al personaje de Nicholson, quien, tras varias negativas del actor británico a aceptar el papel, se desplazara a Londres para convencerlo.

Sessue Hayakawa

Sessue Hayakawa fue una antigua estrella del silent movie que en 1915, dirigido por Cecil B. De Mille en "The Cheat" ("La marca de fuego"), pasó a convertirse en el primer actor asiático del recién nacido Star System de Hollywood. Las viejas críticas le habían elogiado como poseedor de una matización expresiva capaz de romper con los excesos un tanto grotescos del cine mudo y de ofrecer con gran convicción las sutilezas de los conflictos psicológicos. Llegó a actuar en más de 80 películas. Volvió a Hollywood en 1931 para interpretar junto a Anna May Wong "Daughter of Dragon" de Lloyd Corrigan. Sus últimas películas norteamericanas habían sido "Tokyo Joe" de Stuart Heisler, 1949, "Three came home", de Jean Negulesco, 1950, y "House of Bamboo", de Samuel Fuller, 1955. Spiegel recordaba la fama cimentada por De Mille del actor japonés y no dudó en viajar a Tokyo para contratar a Sessue Hayakawa, considerándolo como el actor más indicado para superar los esquematismos más inclementes del coronel Saito, jefe del campo de prisioneros, y dotarlo de una contención interpretativa capaz de debatirse entre la penumbra del deber y de dotar su crueldad de una perspicaz intuición envuelta de igual modo en la inescrutable oscuridad de los deberes militares. Deberes siempre impulsados por el destino desequlibrador de la guerra, al tiempo que se abren grandes lagunas en la conciencia frente al odio y la admiración, en el caso que nos ocupa, por su enemigo, el coronel Nicholson. Alec Guinnes y Sessue Hayakawa  consiguieron el Oscar de la Academia como Best Actor y Best Suporting Actor.

WILLIAM HOLDEN

William Holden había triunfado en su caracterización como el cínico, despreocupado y pragmático Sargento J.J. Sefton en la sensacional "Stalag 17" ("Traidor en el infierno"), 1953, de Billy Wilder. Papel por el que había conseguido el Oscar al Mejor Actor Principal. Su retrato de personaje subversivo, incapaz de honrar los principios de honestidad moral y militar de sus compañeros prisioneros, desligándose así de los dolorosos conflictos de los campos de concentración y de mostrarse insolentemente  como una especie de soldado desmovilizado y totalmente desengañado de cualquier experiencia bélica frente a la opresión alemana en el Stalag 17 comandado por Oberst von Scherbach (Otto Preminger) había resultado de una convicción tan contagiosa como arrebatadoramente ácida, ironizando con la psicología del perdedor que es capaz de redimirse como un impensable héroe. En efecto, porque Sefton, acusado de espía y vapuleado con ferocidad por sus camaradas, recoge con calma el clima de odio que se cierne sobre él, y acaba desenmascarando hábilmente al verdadero traidor, introducido en el barracón por los alemanes. Sam Spiegel y David Lean estuvieron inmediatametne de acuerdo en que Holden, primero como actor norteamericano que los estudios Columbia imponían para aprobar la realización de la película,  poseía, además, la más sólida de las personalidades para hacerse con el personaje antimilitarista del falso comandante Shears. Bastó con enviarle el guión y a la mañana siguiente ya había aceptado Por dicha intervención en el film se llevaría un 10% vitalicio de los beneficios en taquilla.


También exigieron la inclusión de un papel femenino, un breve cameo de enfermera que recayó sobre la actriz, casi desconocida, Ann Sears. Geoffrey Horne, joven actor televisivo que había hecho su debut en la Pantalla Grande junto a Ben Gazzara en la irrelevante "The strange one", 1957, de Jack Garfein, interpretó convincentemente al lugarteniente Joyce, artificiero inseguro y frustrado. Y James Donald, que había sido nominado al Oscar como Mejor Actor de Reparto en la espectacular revisión Minnelliana de la vida de Vincent van Gogh "Lust for life", el año anterior, 1956, dando vida a Theo van Gogh, hermano del infortunado pintor, interpretó al Doctor Clipton.

David Lean, insatisfecho con la exposición interpretativa que Alec Guinnes concedía al momento crítico de su muerte y caída sobre el detonador que habría de volar el puente -hasta llegó a tacharla de demasiado enfática-, obligó al actor a repetirla durante infinidad de veces. Finalmente, para sorpresa de Guinnes, decidió quedarse con la primera de las tomas. La película se rodó en la isla de Ceilán y su presupuesto ascendió a 3 millones de dólares. El jefe del poblado que ayuda a los prisioneros era Chakrabandu, quien ayudó en realidad a varios aviadores aliados durante la Segunda Guerra Mundial, fingiendo trabajar para los japoneses. Un camión de combustible se incendió muy cerca del puente cuando éste ya se hallaba erigido y con la dinamita ya colocada en él. Pudo así haber causado su destrucción sin que se hubiera podido filmar. Los soldados del ejército singalés arriesgaron su vida para desviar el camión de las proximidades del puente. Los operarios encargados de filmar la demolición del mismo debían dejar las cámaras filmando y ponerse rápidamente a cubierto, haciendo entonces una señal para que se pudiese volar el puente, pero uno de ellos tras guarecerse se olvidó de dar la señal y el equipo de demolición no pudo volarlo, así que el tren atravesó el puente para descarrilar poco después tras chocar con un generador. Tuvieron que trabajar a marchas forzadas para volver a poner el tren en su sitio y en perfecto estado para filmar a la mañana siguiente la secuencia, esta vez sin fallos. 

Héroes trágicos (como lo es siempre el heroísmo inútil del belicismo) frente a la riqueza expresiva y el turbio pintoresquismo que la aplastante inflexibilidad del honor militar impone a los hombres, y cuya degradante aventura se corona con el fracaso final a que nos precipita invariablemente todas y cada una de las tragedias del irracional ciclo bélico. Magistral y sistemático detonante  de estos dramas humanos que viven atrapados por los universos rarefactos, el tinte turbulento, y el axiomático determinismo irreconciliable con la razón con el que millones de hombres quemarán y seguirán quemando inútilmente sus vidas bajo esas atmósferas densas y cargadas de horror que acarrean las tormentas incontenibles de las guerras. Y así, de nuevo, esa especie de dependencia, terrorífica, corrosiva y necrofílica con que el belicismo se apoya en los pliegues anatematizadores de la conciencia militar, desgarrando otra vez la que debería ser una perenne estabilidad social, pacífica y verdaderamente humana, es rememorada como una caricatura de la incoherencia del drama histórico-bélico, que no ha dejado nunca de navegar en las revueltas corrientes historicidas de este planeta, hoy habitado por los llamados "homínidos racionales". Mark Twain, irónicamente, ventiló toda premonición histórica sobre el destino de las criaturas humanas y el juego catastrófico con que las mismas pretenden una y otra vez vibrar con el aliento epopéyico y revolucionario de sus enfrentamientos tenaces, arguyendo que "la historia no es que se repita, sino que rima constantemente" Al enjuiciar la instrumentación política del soldado y del honor tampoco hay que olvidar la simbólica observación del filósofo y sociólogo Herbert Marcuse: "Lo que es irracional fuera del sistema -en este caso, el militarismo y sus absurdas alegorías didácticas, con soldados típicos en situaciones típicas- es racional dentro del sistema". 






En "The bridge on the river Kwai" no hay canto para el heroísmo, porque el heroísmo sigue siendo una fórmula sin solución, y David Lean, blandiendo la novela de Pierre Boulle, marca un hito en la evolución estética y equitativa de este mensaje de irresponsabilidad que juega a cantar la exaltación patriótica en función de unos caudillos que, como ha sucedido y seguirá sucediendo siempre, se atreven a menospreciar, la atrocidad, el salvajismo y la iniquidad de esta servidumbre insensata al tiempo bélico. 

Exaltación, de igual forma, casi "roussiniana" por su belleza plástica, dado que su lujosa escenografía, pese a su dramática dureza, se ubica entre una localización de lugares salvajes, paradisíacos, que jamás parecen verse contaminados por la inclemencia de la guerra. No es de extrañar que tras "The bridge on the river Kwai", y sus siguientes "Lawrence of Arabia", "Doctor Zhivago", Ryan's daughter" y "A passage to India", David Lean, en sus efusiones cinematográficas por la Naturaleza en que se enclavan sus personajes, pudiera adquirir fama de "roussoniano" y de irrepetible poeta de la más bella espectacularidad. ¡¡"The bridge on the river Kwai" se erige así en un riguroso despliegue del postulado antibélico, tan emocionante como realista y maravillosamente escenificado, y que al mismo tiempo acaba transformándose en "cine de auténtica poesía"!!

Impecable sound track de Malcom Arnold, premiado con un Oscar, notas musicales inolvidables muy concentradas en la dura batalla por sobrevivir de sus personajes, y que acaban recorriendo sensiblemente la visión paisajística más generosa del film.





RECALLING THE HAPPY FAMILY TIMES OF WILLIAM 

HOLDEN






 
 
 
 

 

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