lunes, 10 de marzo de 2014

Moonfleet (Los contrabandistas de Moonfleet) -I Parte-

Un niño, como héroe individual, va a acaparar la pantalla desde el primer instante en que se integra de modo casi incoherente en el misterioso lenguaje conceptual de cuanta pirotecnia alquimista poseer puede ese gran  laboratorio de imágenes conocido por Séptimo Arte. El juvenil personaje, que vagabundea entre las soledades costeras del brezal de Dorsetshire, lugar indeterminado de la Inglaterra del siglo XVIII, tras leer el nombre de la aldea a la que se dirige en el señalizador de camino: "Moonfleet" "3 millas", se enfrentará repentinamente a una visión insólita, casi pueril, pero dotada de una significativa alegoría del expresionismo más barroco: en el cementerio situado frente a los muros de la vieja e inquietante iglesia de la región se alza la figura de un ángel de piedra. Y su mirada, de aspecto siniestro y conminatorio, de fosforecentes ojos fantasmagóricos, tras penetrar la oscuridad, parece desafiar los cielos de la piedad, las hieles de los hombres, la casta harapienta de sus conciencias, que tarde o temprano acabarán bajo los horizontes cegados de las tumbas, presididas por sus túmulos funerarios. 




El campo santo se convierte así, de inmediato, y como no podía ser menos, en una especie de onírico museo de la muerte, desde el cual el protagonista, bruscamente inmovilizado por la aparición del tremebundo ángel de piedra, reaccionará un tanto espantado por el pavoroso simbolismo de aquella mirada sin vida, híbrido tan imaginativo como apocalíptico entre el hombre y su alma. La exposición terrorífica del ángel, personificadora de nuestro final en este mundo, y como guardián siniestro de las sepulturas entre las húmedas hierbas del cementerio, impregnará desde ese instante al espectador de un inquietante paseo por el turbio y estremecedor paisaje, ahora transmutado por la etnología inhumadora de los humanos, donde tan sólo las sombras parecen detenerse. Y en el cual la compulsiva avidez del hombre puede ya aparecer en todos sus matices: su mendicidad vagabunda, el bramido cruel de sus voluntades confusas, el trastorno enfermizo de sus emociones, sus deleites de perdición, sus voluptuosidades desconocidas, sus temores frente a la ira divina, sus ímpetus desesperados por retarla, y el ineluctable desamparo ante su señera verdad, que es la muerte. Pero de nuevo será la infancia la única que en cierto modo podrá amar lo intacto de la hermosura, como si, por un tiempo, la providencia la hubiera predestinado para convertirse en sierva inocente de su templo, donde los hombres ya no tienen cabida, y fuera su pureza aniñada la original salvaguarda de esta existencia nuestra tan maltratada. El niño se aupará en la tapia del callejón turbador de los túmulos, con sus fuegos amoratados de la noche, porque seguramente en los ojos encendidos del ángel haya visto tan sólo arder la estrella de una lámpara de piedad de cuantos allí reposan para toda la eternidad. Pero de pronto una mano terrorífica y engarfiada surge de la tierra. Sobrecogido cree ver en ella la aparición de un difunto que trata de huir de su tumba. El muchachito se retuerce en un grito de asombro y horror, participando del pavor del lugar. La huida y un desmayo súbito detendrá su andadura...




"Moonfleet"..., cronológica y geográficamente no nos dice nada, pero como tema cinematográfico pasará a ejercer ya un poder magnético cual elemento instintivo que nos va a mover en un círculo cerrado de misterios. Probablemente una historia ilustrada por los grandes rotativos del legendario ciclo aventurero, ya presente durante siglos en la Literatura, a veces, es cierto, harto simplistas, y tendentes a falsear la compleja realidad de la vida o a camuflar las razones objetivas que condicionan la felicidad o infelicidad de los hombres. No obstante, los eventos de la fábula no suelen tampoco apartarse de ese famoso esquema que suele plantear, en toda su elementalidad, el combate entre las fuerzas puras del Bien y del Mal, que también se muestran siempre como dos polos en los que se subliman y condensan las apariencias más irracionales y secretas del hombre. Y "Moonfleet", sin llegar a significarse entre los valores catárticos de la tragedia, sí recuperará, a través de las imágenes hechas celuloide, esos esquemas fundamentales que han ido enriqueciendo y tornándose más complejos a lo largo de la historia del cine. Valores éticos y estéticos que desde sus inicios condicionaran las necesidades dramáticas más primitivas de la aventura.  





 Héroes, heroínas y villanos








Las gestas, verdaderas o falsas, siempre han gozado en el Séptimo Arte de una gran libertad creadora y por lo general han logrado enmarcarse con éxito en  las rigurosas estructuras de las presiones industriales. La hazaña heroica o fabuladora posee así en la imagen cinematográfica una de sus más inflamadas proclamas. Sin renunciar casi nunca a ciertos registros poéticos y tendiendo también sus más amplios puentes a las páginas brillantes del amor, ha logrado transportar al espectador hacia mundos de ensueño, abarcando, en lo que a la aventura se refiere, films esthétiques, bíblicos, dramas mundanos reservados (como primitivamente se llamaron) "para caballeros y damas",  y hasta ahondar en incontables ocasiones, insólita y atrevidamente, en fabulosas adaptaciones literarias e históricas críticas sociales, más o menos veraces.



Pese a todo, era casi siempre la solución romántica la que acababa cerrando aquellas ficciones alusivas al mundo de aventuras. Las anotaciones críticas de la Historia con mayúscula solían, las más de las veces, tomar cuerpo entre pinceladas festivas e irónicas, entre chauvinismos prodigados por el protagonista bizarro que solía campar por sus respetos, sorteando toda clase de peligros, a través del pintoresquismo paisajístico de la época que se pretendía reflejar, y donde el amor, la mejor mercancía del celuloide, como ya se dijo, era el que acababa siempre por triunfar por entre ingentes galerías caricaturescas, aunque no por ello menos inolvidables y atractivas.


Géneros que se volcaban constantemente en las pantallas con sus crónicas, ya que no de vocación realista, sí por lo menos justicieras e investigadoras, dispuestas en todo momento a rendir culto a peligros inverosímiles en los que sus héroes y heroínas (muchas veces de gran categoría), eran capaces de enfrentarse a villanos de gran calibre, constituyendo un inapreciable testimonio llamémosle "casi moral", atizado por su aterciopelado surrealismo aventurero. Una atribulada concepción del mundo en sus épocas pretéritas casi desconocidas para las masas de espectadores que se dejaban así electrizar por aquella "corporeidad descriptiva de prodigiosos extravíos históricos" en todas las salas cinematográficas del mundo.



En las reconstrucciones ambientales entraban también los grandes decorados, muchas veces inspirados en los incalculables testimonios pictóricos que nos ha legado la historia. Y los rodajes en exteriores, repetidos hasta la saciedad, poseían un irresistible estilo fotográfico de reportaje primitivo, al cual se unía la seducción por ambientes de cuento y ensoñación en los que se enclavaba la visión populista de la mascarada aventurera.





En consecuencia, los héroes, heroínas y villanos raras veces escaparon a la excepcionalidad mítica que les concediera su turbadora presencia, ya que inmersos en aquella especie de pseudo-realismo, simple y fabulador, que nos proponía el celuloide, sus perfiles navegaban casi siempre embellecidos y muy alejados de las revueltas corrientes de la tragedia, o de los retablos desarraigados y asociales de un "determinismo" pesimista. Muy al contrario, rememoraban la historia entre un detonante melodramático de fastuoso ropaje literario, y ventilaban las tormentas humanas con aliento de grandes epopeyas de las que, generalmente, salían vencedores.



Hoy, merced al avance tecnológico, la aventura ha sufrido una enérgica renovación, pero no ha prescindido de la clásica continuación lógica de la acción que una vez se alimentó de la mejor uniformidad técnica del cine del siglo XX y de los grandes alardes de producción puestos al servicio del Séptimo Arte por los más poderosos estudios cinematográficos de todas las latitudes del planeta. Hollywood, muy especialmente, dada su filosofía conservadora y su potencial industrial,  jugó sus mejores bazas convirtiendo a sus largas retahilas de grandes estrellas en los más afamados héroes, heroínas y villanos de los que hoy se tiene memoria; los cuales, una vez liberalizados del "shocking" impuesto por los dramas "fuertes", no dudaron en involucrarse en las fórmulas espectaculares del género aventurero, cuya vastedad jamás ha acabado divorciándose del público como producto de gran consumo. 










La afinidad aventurera de "Peter Pan"










Una lectura compleja aunque fascinante, por muchos críticos reprobada, lograría emparentarse también a las estructuras tradicionales del mundo de la aventura: la creciente incorporación del niño y del adolescente, como testigos de insólita vibración casi lírica ante los desmanes de los héroes adultos, a la experiencia narrativa de aquel híbrido cruce artístico que se nutrió de la savia historia-fábula en el Séptimo Arte.






Su más deslumbrante eclosión, esta vez en la literatura de principios del siglo XX, y merced a la pluma de James Matthew Barrie, se significó con el nacimiento del controvertido fauno-niño-semidiós "Peter Pan", a la que el Nobel británico George Bernard Shaw consideró como "un vacacional entretenimiento para niños pero que en realidad no será sino una obra claramente encaminada hacia el mundo adulto", por cuanto se erigía en una inteligente meditación satírica de las realidades domésticas marcadas por aquella restrictiva sociedad de clase media, de manifiesta rigidez reaccionaria, que, pese a todo, empezaba a cambiar a finales de la época victoriana en Inglaterra.



En efecto, James M. Barrie supo relajar en parte, por medio de la fábula, algo de aquella intransigencia e intolerancia mantenida por la moralista y adinerada sociedad inglesa frente a los conflictos generacionales que tarde o temprano acaban por soportar más mal que bien cualquier ceño dictatorial. Esta abierta rebelión entre padres e hijos a la que nos tiene habituada la historia no tiene en realidad nada de nuevo, pero sabemos que facilitan el camino a ordenaciones más estables y consistentes entre la siempre fluctuante marea de miles de jóvenes alérgicos a las normativas sociales y sus casi burocráticos estamentos educativos, que se reservan el monopolio de la enseñanza en sus naciones respectivas.




James M Barrie derribó ciertas puertas represivas del empingorotado mundo de los adultos, escasamente tolerantes con la fantasía, y puso en práctica, por medio de su labor literaria, nuevas ensoñaciones que entraban de lleno en el mundo de la fábula y de la aventura más disparatada. Y sin dejar atrás las alegorías sociales que tan bien conocía, avivó una fascinante y tierna moralidad más ambivalente.







En su "País de Nunca Jamás", isla fantástica situada en una perdida estrella de nuestra galaxia a la que se accede, según la leyenda explicitada en su libro, "girando bajo el cielo nocturno, y dirigiéndose hasta la segunda estrella a la derecha, en un vuelo hacia el amanecer", los niños no crecen; la diversión, la fantasía y la felicidad se prodigan entre ocasionales aventuras, a veces un tanto peligrosas, aunque siempre acaban arrebatadas por el prodigio optimista del hechizo que poseen los finales de los cuentos carentes de crueldad.



"Peter Pan" será también conocido por "El niño maravilloso", "El hijo único de Nunca Jamás" o "El líder de los Niños Perdidos". James M. Barrie postularía que, antes de nacer, todos los bebés son aves. De aquí nace la figura de Peter Pan, un niño que salió volando por la ventana de su cuarto mientras sus padres dormían, porque les había oído hablar de las cosas que tenía que hacer cuando fuese adulto.








Creyendo por tanto ser ave, voló directo a los Jardines de Kensington, y allí lo encontraría  el hada Campanilla, llevándoselo al "País de Nunca Jamás". Esta isla de ensueño se hallaba habitada por una población de "niños perdidos": Nibs, Curly, Slightly, Tootles y los Gemelos, siempre ocultos en una cueva secreta, y a quienes acabaría liderando nuestro héroe infantil, de 13 años.







Peter es delgado y ágil, de pelo rubio-castaño y ojos verdes; viste un traje hecho con materias vegetales, porta consigo un puñal como arma defensiva, una flauta de Pan, y es ayudado en todo momento por su incondicional, diminuta y portentosa hada Campanilla, eterna compañera de todas sus aventuras. Mas, como niño que es, Peter puede en consecuencia llegar a ser cabezota, terco, egoísta y muy vanidoso. Sin embargo tiene buen corazón, y jamás duda en ayudar a todos sus amigos.



Tres niños londinenses se unirán al sueño de "Nunca Jamás". La casi adolescente de 12 años Wendy Darling, a quien por lo general enternece la idea de ser madre, se comporta como ellas, y llega a decir algunas de las frases que la propia autora de sus días ha repetido en diversas ocasiones, tales como. «Dios mío, a veces pienso que las solteras son de envidiar» y «A veces los niños son más una maldición, que una bendición», pero que no duda en despertar a sus hermanos pequeños, Michael y John, para que la acompañen en su viaje a la lejana estrella, una vez elegidos por Peter Pan, y espolvoreados por el polvo mirífico de Campanilla, que habrá de ayudarlos a volar. Los tres niños muestran una especie de voracidad épico-heroica cuando deciden abandonar a sus tradicionalistas y responsables padres británicos, George (quien, finalmente, recordará también haber conocido a Peter Pan en su infancia) y Mary Darling, a fin de disfrutar, desde su infantil perspectiva personal, de la gran aventura que les ofrenda la visión del mágico mundo de "Nunca Jamás", y de su "Sociedad" marcada naturalmente con el sello propio de la fantasía. En esa galaxia perdida que acoge tan mágica isla,  el ofrecimiento del fauno Pan patrocina la inquietud renovadora de esos sueños no menos heroico-aventureros que siempre contaminan la infancia.



En ella resucitan oportunamente, además de las femeninas quimeras de Wendy, tales como la de una laguna de bellas sirenas, igualmente embelesadas por Peter Pan,  los arquetipos más desternillantes de la imaginación. Y en este orden propuesto por la fábula, prevalecerán primero los celos de Campanilla, vanidosa y sobre protectora, capaz de animar a los Niños Perdidos a que ataquen a Wendy, diciéndoles que es un ave que Peter quiere que eliminen. No obstante, las hadas nunca son malas, únicamente son tan pequeñas que sólo tienen espacio para un sentimiento a la vez. Más tarde, la minúscula Campanilla, ya perdonada por Wendy, demostrará su amor por Peter, decidiendo beber una medicina envenenada para salvar a Pan. Y éste llegará a tiempo también para librarla de una muerte segura.



A la devoción por las proezas fabulosas que propone "El País de Nunca Jamás" se unirá un feroz pirata, llamado James Hook (Garfio), quien capitanea su nave conocida por "Jolly Roger", con su tripulación de crueles, sanguinarios y aburridos corsarios, que acusan sin cesar a su capitán de haber olvidado las actividades propias de los piratas, como robar y saquear, y un zalamero protector de Garfio, tan cómico y pegajoso como mosquita muerta: el inefable Mr. Smee. El malvado capitán se pasa el día buscando el escondite de Peter Pan, a quien quiere asesinar, dado que nuestro pequeño héroe le cortó la mano derecha y se la dio de comer a un cocodrilo gigante, y a éste le gustó tanto el sabor del capitán que lo sigue a todas partes ansioso por devorar el resto de su atormentado cuerpo. Los intentos de sedienta venganza por parte de Garfio y la audacia descarada del enorme cocodrilo que no ceja en su persecución carnívora, se verán, pese a todo, constantemente frustrados.




Más tarde, los desesperados esfuerzos vindicativos del enfebrecido y encocorado capitán pirata moverán su golpe de gracia, a fin de interceptar el refugio de su encarnizado enemigo, hacia el rapto de Tigrilla, una bella y gentil princesa india, eternamente enamorada de Pan, e hija del jefe de una tribu de nativos norteamericanos, los Picanny (como rememoración de las grandes epopeyas del Western) que llegaron a "Nunca Jamás" por medios desconocidos.


Los indios son grandes amigos de Peter Pan y enemigos jurados de los piratas. Tigrilla, que, una vez raptada por Garfio y Smee, preferirá la muerte antes que descubrir ante el capitán Garfio el paradero secreto de su héroe, será salvada también, como no podía ser menos, por el héroe Pan y el concurso fiel de Campanilla.













   

 El postrer enfrentamiento entre Pan y Garfio






"Adiós, James Garfio, personaje no sin heroismo. Pues hemos llegado a sus últimos momentos.
    Al ver a Peter que avanzaba despacio sobre él por el aire con el puñal dispuesto, saltó a la borda para tirarse al mar. No sabía que el cocodrilo lo estaba esperando... Tuvo un triunfo final, que no debemos quitarle. Mientras estaba de pie sobre la borda volviendo la vista hacia Peter, que flotaba en el aire, lo invitó con un gesto a que empleara el pie. Esto hizo que Peter le diera una patada en lugar de apuñalarlo.
    

Por fin Garfio había conseguido el favor que anhelaba.
    -Eso es de mala educación- gritó burlándose y cayó satisfecho hacia el cocodrilo.
    Así pereció James Garfio."

 










El regreso a casa











"Por la mañana, al dar las dos campanadas (alusión a los toques de campana en un barco para indicar cada media hora,  en el curso de las guardias, a contar desde medianoche), ya estaban todos en marcha... No hace falta decir quien era el capitán. Peter ya se había atado al timón, pero llamó a todos a cubierta y les dirigió un breve discurso, en el que dijo que esperaba que todos cumplieran con sus obligaciones como unos valientes, pero que sabía que eran la escoria de Río y de la Costa de Oro, y que si insubordinaban los haría trizas. Sus bravuconas palabras eran el lenguaje que mejor entienden los marineros y lo aclamaron con entusiasmo. Luego se despacharon unas cuantas órdenes e hicieron virar el buque Jolly Roger, poniendo rumbo al mundo real.

 
... La señora Darling esperaba en el cuarto de los niños a que George volviera a casa: era una mujer de expresión muy triste... Recordamos su animación de días pasados, desaparecida ahora porque ha perdido a sus niños. La pobre no podía evitar sentir demasiado cariño por esos monstruitos. Supongamos que para hacerla feliz, le susurramos en sueños que los mocosos están en camino.

     




En realidad están ya a dos millas de la ventana y vienen volando fuerte, pero lo único que hace falta que susurremos es que vienen de camino. Vamos.

      Wendy, John y Michael encontraron la ventana abierta. Se posaron en el suelo, sin sentirse avergonzados en absoluto y eso que el más pequeño ya se había olvidado de su hogar.

       -John- dijo mirando a su alrededor con incertidumbre-, creo que he estado aquí antes.
       
        -Claro que sí, tonto. Esta es tu antigua cama.
    
         -John- dijo Wendy, con voz entrecortada-, quizás no recordamos nuestra antigua vida tan bien como creíamos.
          
           La señora Darling había apoyado la cabeza en la caja del piano. Tenía dos lágrimas en los ojos.

            -¡Es mamá!- exclamó Wendy, asomándose.
      
             -¡Pues, sí!- dijo John

             -¿Entonces tú no eres nuestra madre de verdad, Wendy?- preguntó Michael, que estaba soñoliento.

              -¡Dios mío!- exclamó Wendy. con sus primeros remordimientos auténticos- Desde luego, ya iba siendo hora de que volviéramos... Vamos a meternos todos en la cama y a quedarnos ahí cuando entre, como si nunca nos hubiéramos ido.

                Y por eso cuando la señora Darling volvió al cuarto de los niños para ver si su esposo estaba dormido, todas las camas estaban ocupadas.

                     Y se sentó en la butaca junto al fuego, donde en otros tiempos los había amamantado.






Cuando Wendy creció









"... Ya no era una niña desolada por el héroe de su infancia: era una mujer adulta que sonreía, pero con una sonrisa llorosa. Encendió la luz y Peter la vio. Soltó un grito de dolor: 

        -¿Qué pasa?
   
        Ella tuvo que decírselo.
   
        -Soy mayor, Peter. Tengo más de veinte años. Crecí hace mucho tiempo.

        -¡Prometiste que no lo harías!

        -No pude evitarlo. Soy una mujer casada, Peter.

        -No, no es cierto.

        -Sí, y esa niña de la cama es mi hija

        Peter se acercó a la niña dormida con el puñal levantado. Naturalmente no lo clavó. En cambio se sentó en el suelo y se echó a llorar, y Wendy no supo como consolarlo, aunque en tiempos podría haberlo hecho con gran facilidad. Ahora no era más que una mujer y salió corriendo de la habitación para tratar de pensar.

          A medida que observáis a Wendy podéis ver como se le va poniendo el pelo blanco y su figura vuelve a ser pequeñita, pues todo esto pasó hace mucho tiempo... Y así seguirán las cosas, mientras los niños sean alegres, inocentes e insensibles.





El gran capítulo cinematográfico del niño en las aventuras y la acción.






En cuanto a reflejar la complejidad original de las grandes obras literarias sobre el mundo de la aventura se refiere, pervivirá siempre en el Séptimo Arte una mal llamada "evasión psicológica", que, no obstante, acabaría generalmente por cimentar una nueva dimensión mítica del texto en que se documenta. Los elementos figurativos de la épica, al alimentarse así de las imágenes cinematográficas, crearon un ensoñador torbellino emancipador de la palabra escrita, y acabaron formando un reclamo fascinante e imperioso de dominante plástica en movimiento que naturalmente fue percibido con gran placer por el heterogéneo público internacional al verlo plasmado en el blanco lienzo de la gran pantalla.  La vitalidad artística del cine pasó a adquirir también, frente a la literatura, una nueva violencia psíquica, puesto que las imágenes se desbordarían en expresividad y en capacidad de comunicación con los millones espectadores que se enfrentaban a la avalancha documental plasmada en el celuloide. En consecuencia, que la gesta heroica, durante casi veinte siglos cantada en los libros, alcanzara también sus cartas de nobleza en el recién nacido arte cinematográfico no es cosa que deba sorprendernos.



A lo largo del siglo XX, la explicitación del lenguaje de toda clase de sentimientos y pasiones se fue afinando en el cine hasta extremos de una sutileza embelesadora en lo que a captación de escenas épicas y grandilocuentes se refería. Y pese a que guardara cierta proporción pueril frente al realismo y al drama más conspicuo igualmente propuesto por el Séptimo Arte en sus múltiples facetas sociológicas, no podemos obviar que estas hazañas colectivas, ya fueran aventureras y pseudohistóricas, también se hallarían a medio camino entre los cantos homéricos y las patriarcales visiones bíblicas. Con todo y ello, y entre sus muchas virtudes, la aventura, plasmada en cine o en literatura, no tiene por cierta la objetividad, y siempre ha resultado difícil separar el grano de la verdad de la hierba parásita de la mixtificación.




Cediendo a la tentación de probar fortuna en la apabullante feria del Séptimo Arte, la lírica espiritualidad del niño se acomodó irregularmente a los métodos superindustrializados de la producción cinematográfica. Y aunque su balance histórico no fuera del todo desdeñable, se desarrolló en un principio con dudosa pericia, y fue dando  traspiés y pasos en falso por los múltiples estudios internacionales de la industria del cine. Y en Hollywood muy especialmente acabó luchando a brazo partido para imprimir siquiera sea un sello personal a cuantos productos se orientaron por conseguir dotar de una brillante factura y hasta de un desenfrenado refinamiento estético el mundo fantástico y curioso de una épica encabezada por el universo infantil. Un universo capaz de rehuir la triste y tediosa realidad cotidiana del niño, para adentrarse, merced también a los inagotables recursos de la inventiva literaria, en evocaciones que pudieran llegar a despertar la fantasía dormida de los adultos, a través de atractivos acontecimientos, alegres, descarados, picarescos, provocadores de grandes peripecias. Y capaces incluso de ofrendar lecciones de gran heroismo sobre un fondo aventurero y muchas veces emotivo en la que el niño dominara la escena desde la primera hasta la última imagen que se proyectaba en la pantalla, llegando a requerir sobre sí la luz de todos los reflectores.




El intento apologético de la novela de aventuras con protagonistas infantiles casi siempre ha resultado evidente. El personaje, que todavía no ha alcanzado la edad adulta, es así mucho más significativo y conmovedor que el semidiós-hombre cuyos heroísmos se exaltan al entrar en liza su periplo de correrías comprometidas con el peligro. Pero los encantamientos de la fantasía que deberían acompañar a los niños en los cientos de ejemplares literarios publicados, obras serias, alejadas del cuento una ingente cantidad de ellas, y que los tienen por personajes principales, suelen ir acompañadas de una especie de delirios trashumantes circunstanciales por entre el mundo en que se mueven, donde se polarizan cierta violencias muchas veces igualmente sociológicas, cuyas atmósferas opresivas son las que acaban por ingerirlos en la aventura, pronta siempre a desencadenarse a su alrededor.






No obstante, el prototipo del trotamundos infantil puede llegar también a gozar de cierto genio y gran valentía, y, claro está, de un no menos evidente desorden y bravuconería. Y no es menos truhán y dinámico que el paladín por el que siente devoción, el cual puede llegar a colmarlo de favores y perdonarle muchas de las travesuras y desaguisados que también comete (caso específico de "Moonfleet" o de la archifamosa "Treasure island"). Así se puede mostrar paciente a pesar de que su existencia se vea atrapada en una red de disipadas aventuras adultas, y enfrentarse, temeroso de perder el favor del héroe, tanto a la sordidez moral del mismo como a su honestidad y valentía. Y una vez convertido en uno de ellos, es capaz de poner al descubierto, incluso con gran lucidez, las inmoralidades criminales en que se ve inmerso, y no tolerar las medias figuras humanas de los villanos ni los términos medios, ora en el bien, ora en el mal. En el juego de la aventura, los ídolos humanos, como es bien sabido, casi nunca sienten remordimientos, porque todos acabamos convencidos de que la razón siempre está de su parte. Y cuando ejerce un derecho elemental de venganza o revuelta, es porque antes ha sido víctima de la fatalidad o de la crueldad indiscriminada de algún villano. Y el niño, al igual que su denodado modelo épico, siempre debe salir impune de estas aventuras, y vanagloriarse, en su contribución a la defensa del aventurero, de haber participado en sus gestas, admitiendo felizmente que por supuesto la culpa es siempre del "asesinado, nunca del asesino".


Que duda cabe que la cinematografía de aventuras protagonizada por niños, a pesar de los pesares, se constituyó, pues, en un agente estimulante, si no de primer orden, sí como flamante medio de expresión dispuesto a abordar ambiciosos proyectos que narraran con acento heroico impensables tomas de posición frente a hazañas apasionantes y espectaculares en las que el mundo infantil, como ya sucediera en infinidad de afamadas novelas, adquiriría  también en la pantalla grande un valor de momento histórico destinado a tantear pasiones y sentimientos ahora expuestos con convicción y sutileza en el cine épico, e incluso entre las miserias y grandezas del melodrama, como nos mostraría el gran genio de "Silent Screen", Charles Chaplin. Efectivamente, en su primer largometraje "The kid" ("El chico"), 1921, el extraordinario cómico, al imponer el nombre del niño Jackie Coogan, personaje entrañable del film, nos ofrecería una fascinante interpretación de Jackie, al evocar los recuerdos de una infancia miserable, llena de estrecheces y privaciones como las que viviera el mismo Chaplin, convirtiéndolo en protagonista casi absoluto de la película, y evidenciándolo como imprescindible elemento infantil de una nueva forma embrionaria en la mitología del recién nacido Séptimo Arte.


También la aventura de "Peter Pan", dispuesta a cotizarse en el mercado de nuevos valores cinematográficos, trataría de incendiar con su fabulador mundo poético el corazón de los espectadores adultos y niños, transformándose por primera vez en un auténtico mito visual tras ser trasladada a la pantalla en 1924 por Herbert Brenon y Paramount Pictures. El descubrimiento del personaje de James M. Barrie resultaría no menos decisivo para el público, bien que el personaje infantil fuese interpretado por Betty Bronson, una actriz que a la sazón contaba ya 18 años, y que al año siguiente, 1925, se haría con el principal rol femenino de la monumental "Ben-Hur" de Fred Niblo, junto al remilgado actor latino Ramón Novarro. Los esquemas fundamentales de la aventura infantil fueron así enriqueciéndose de acuerdo con las exigencias que había creado el nuevo arquetipo de héroe protagonizado por niños.





Con la irrupción de Freddie Bartholomew, nacido en Londres en 1924, abandonado por sus padres siendo tan sólo un bebé y educado por su tía "Cissie", Millicent Mary Bartholomew (apellido que él, dando en pocos años un salto de gigante como actor infantil, adoptaría y engrandecería), volvería a fructificar una eficiente organización estelar, polarizada entre el niño y el hombre, prácticamente sometida al monopolio de Hollywood, que no tardaría en competir con el magnetismo de sus grandes estrellas adultas. El niño pasa, por tanto, a perpetuar su tradición en el celuloide participando durante varias décadas del opíparo festín cinematográfico. Su existencia durante aquellos años fue de lo más azarosa, dado que al igual que los ya archiconocidos héroes de la gran pantalla, también él seguiría librando sus escaramuzas, con enorme vitalidad, concediendo nueva vida e interés a innumerables películas.



Bartholomew, entre una serie de títulos hoy casi legendarios, se convertiría en uno de los actores-niños más taquilleros del mundo. Intervino en producciones costosas, de gran riqueza dramática, turbios ambientes, y atmósferas de gran contenido aventurero. En su primer viaje a Estados Unidos, David O. Selznick lo seleccionaría entre otros cientos de  aspirantes juveniles como protagonista principal de su monumental adaptación de la novela de Charles Dickens "David Copperfield", 1935, espléndidamente dirigida por George Cukor. Bartholomew cautivó al público de todo el mundo y se vio inmediatamente catapultado a la fama. Su meteórica carrera se jalonaría de inmediato con films de la talla de "Anna Karenina", de Clarence Brown, con Greta Garbo, y "Professional soldier", ambas también de 1935, "Little Lord Fauntleroy",  "Lloyd's of London", "The devil is a  Sissy",  1936, que compartiría con otras dos grandes y no menos famosas estrellas infantiles, Mickey Rooney y Jackie Cooper, y "Captains Courageous", 1937, drama de aventuras basado en la novela de Rudyard Kipling y dirigida por Victor Fleming, donde se reuniría de nuevo con su amigo Rooney, y en el que Bartholomew impuso su presencia entre un auténtico duelo actoral con el prestigioso actor Spencer Tracy.  Fue un auténtico "tour de force" afirmaría Freddie: "Todos crecimos muy cercanos uno hacia el otro en esos 12 meses. Cuando se terminó el rodaje, al despedirnos, lloramos como un montón de bebés". Fue su interpretación más icónica.






El éxito arrollador del joven Bartholomew provocaría la ambición de los padres que lo habían abandonado, quienes no dudaron en aparecer y enzarzarse en una larga batalla por conseguir su custodia. El litigio se alargó durante siete años, durante los cuales la pequeña fortuna amasada por el niño se vio mermada por los gastos que ocasionaron los honorarios de abogados y Corte de Justicia, así como los pagos que tuvo que efectuar a sus padres biológicos y a dos hermanas. A partir de 1938, el joven Bartholomew trataría de conseguir una mejora remunerativa en su contrato con MGM, que no cedería a sus peticiones. Sin trabajo durante un par de años, perdió la oportunidad de intervenir como protagonista absoluto en "Kim" de Rudyard Kipling, y "Thorough don't cry", que interpretaron Mickey Rooney y Judy Garland. En 1939, para la Universal, apareció con Jackie Cooper en "The Spirit of Culver", y en 1940, con RKO, intervino en "Swiss Family Robinson" y "Tom Brown's Schhool Days". A los 18 años, 13 de enero de 1943, se alistó en Mantenimiento de Aviación de la U.S. Army Air Force. Reaparecería en 1944 en el irrelevante film "The town vent wild", y en 1947 ofreció un cameo de cinco minutos en el intrancesdente musical "Sepia Cinderella" en el que curiosamente debutaba Sidney Poitier como un inacreditado extra de night club. La citada película marcaría su distanciamiento definitivo de la pantalla. A partir de entonces entra en el mundo de la publicidad, convirtiéndose en vice presidente de Radio y Televisión de la compañía  Benton and Bowles en 1964. Fallecería de un ataque cardíaco en Sarasota, Florida, a la edad de 67 años.


La popularidad del niño, bien que nunca llegara a erigirse en una de las columnas primordiales de la industria jugó, pese a todo, un papel capital especialmente entre los avatares más pintorescos del celuloide de aventuras y del melodrama, sin olvidar tampoco el cine inglés de posguerra (incipiente free cinema), el neorrealismo italiano, la nouvelle vague francesa, o más de un milagro inesperado en cinematografías radicalmente aisladas como pudo ser la española de Dictadura. No obstante, la irreversible evolución hacia la fase adulta de muchas figuras infantiles (que en décadas pasadas aportaran características muy peculiares a infinidad de películas) no conocieron un nuevo status nascens con su crecimiento, y muchos de los que intentaron afianzarse por medio de su flamante imagen juvenil acabaron por sufrir el rechazo del público. Pero la evocación de una época de rutilantes estrellas infantiles, que aún hoy resulta emocionante, sigue prendiendo con fuerza por medio de una nutrida familia de personajes que como "inolvidables principitos" elevados a la categoría de semidioses del Séptimo Arte lograron durante años estremecer a millones de espectadores.





Jackie Cooper, dirigido por King Vidor en 1931, concedió una viveza emocional de gran dramatismo a una parte de esa concepción deportiva de la vida en su primera aparición importante con "The Champion", y vivió vertiginosamente su inolvidable  Jim Hawkins en "Treasure island", 1934, de Victor Fleming. La pequeña Shirley Temple, (recién fallecida a los 85 años -10-2-2014- R.I.P.), actriz, bailarina y cantante, desempeñó un papel decisivo de ingenua brillantez y éxito rotundo desde su acceso a la industria cinematográfica en 1934 con "Bright eyes", (consiguiendo el Premio Juvenil de la Academia), a las que siguieron "The little Colonel" y "Heidi", entre muchas otras. Éxito que se prolongó hasta su retirada definitiva a finales de los 40, tras haber logrado cierta "presentación en sociedad", ya en su etapa adolescente, y aparecer en "Since you went away", "I'll be seeing you", "Kiss and tell", y "The bachelor and the Bobby Soxer", todas de 1944. El año de su retirada definitiva de la cinematografía se produjo en 1949, tras su divorcio de John Agar, su primer marido, con quien había contraído matrimonio a los 17 años, y compartido protagonismo en "Fort Apache", 1948 y "Adventure in Baltimore", 1949. Roddy McDowall, nacido en Londres en 1928, ya había aparecido en varias películas inglesas cuando sus padres, grandes entusiastas del teatro, emigraron a Estados Unidos. Roddy fue elegido por John Ford, cuando contaba 12 años, como angelical protagonista del drama minero "How green was my valley", 1941. Su naturalidad y expresividad dramática alcanzó gran repercusión entre el emocionado público que derramó abundantes lágrimas en las salas norteamericanas, valorizando la fisonomía entrañable y ternurista de Roddy. Junto a una dulce Elizabeth Taylor de 11 años intervino de inmediato en "Lassie come home", 1943, famoso cuento del británico Eric Knight donde, tras ensalzar el amor por los animales, la maravillosa perra ovejera Lassie alcanzaba una imborrable entidad artística. Siguieron "My friend Flicka", donde esta vez se desplazaba la participación emotiva por parte de Roddy hacia la no menos inolvidable yegua Flicka. Intervino en el melodrama bélico-romántico "The white cliffs of Dover", donde compartía de nuevo su rol infantil junto a Elizabeth Taylor. La popularidad de McDowall alcanzó tal notoriedad que en 1944 fue votado como una de las cuatro mejores estrellas "del mañana". En efecto, su carrera como actor adulto se mantuvo con éxito hasta su fallecimiento con 70 años en 1998. 

Margaret O'Brien, nacida en 1937, lanzada definitivamente a la fama a los siete años por Vincente Minnelli como la brillante Tootie, hermana pequeña de Judy Garland, en "Meet me in St. Louis", 1944, había adoptado su nombre del segundo film en que intervino "Journey for Margaret", 1943, en el que aparecía con su madre, la bailarina española de flamenco, Gladys Flores. Su padre, Lawrence O'Brien, actor de circo de origen irlandés, había muerto antes del nacimiento de la niña. Tierna y de una expresividad eficaz (para muchos críticos empalagosa) y todo terreno, intervino en "Jane Eyre", 1944, adaptándose perfectamente al acento francés que exigían  sus diálogos; siguieron "The Canterville Ghost", 1944, "Our vines have tender grapes", 1945, un edulcorado remake de "Little women", dirigida esta vez por Mervin LeRoy,  y "The secret garden", 1949, donde compartiría su papel con una nueva figura infantil en alza: Dean Stockwell. No obstante, al igual que la Temple, la transición de O'Brien hacia interpretaciones adultas no prosperaron. En 1963 apareció como invitada en uno de los famosos episodios televisivos de "Perry Mason", en el papel de Virginia Trent en "The case of the Shoplifter's shoe".







Dean Stockwell




Dean Stockwell nació en Los Ángeles en 1936. Se transformaría de inmediato en uno de los actores infantiles más rentables de la industria Hollywoodense tras compartir estrellato con Gene Kelly, Kathryn Grayson y Frank Sinatra en el magnífico musical Metro "Anchors aweigh", 1945, dirigido por el genial George Sidney. Su filmografía, una de las más extensas que se recuerdan (más de 80 películas), adquiriría también una de las más ricas complejidades interpretativas entre las viejas fórmulas estereotipadas y unívocas que operaban con la complicidad del espectador, logrando desplazar triunfalmente su infantil participación emotiva en el Séptimo Arte hacia su participación adulta, mucho más intelectual. Stockwell  gozó del trampolín del prestigio con resultados extraordinarios en films como "The green years", 1946, "Gentleman's agreement", 1947, "Song of the thin man", 1947, como insólito y teoréticamente acelerado Nick Jr., hijo de los "intocables" Nick y Nora Charles" (inefablesWilliam Powell y Myrna Loy), en sus  alocadas comedy-crymes del escritor Dashiell Hammett; la gran aventura marinera, emplazada en el mundo de los cazadores de ballenas, "Down to the sea in ships", 1949, dirigida por Henry Hathaway, y en la que compartía estrellato junto a Lionel Barrymore y Richard Widmark (en la línea que popularizara Freddie Bartholomew con su intensa "Captains Courageous" de 1937), "The boy with green hair", 1948, film que que parecía perseguir los patrones estéticos de  la animación Disneyana, y la espectacular versión de la novela de Rudyard Kipling "Kim" dirigida por Victor Saville para Metro en 1950, donde el joven Stockwell se involucraba magistralmente entre el esquema uniforme de la ocasional aventura colonialista inglesa en la India, junto a un extraordinario Errol Flynn y un imposible lama tibetano, aunque entrañablemente interpretado por Paul Lukas.




Consagración juvenil






























En 1959, con 23 años, lograría una de sus mejores interpretaciones dando vida al psicópata juvenil de "Compulsion", de Richard Fleischer, junto a Bradford Dillman, Diane Varsi, y un epopéyico abogado al que daba vida Orson Welles. En Gran Bretaña interpretaría "Sons and Lovers", 1960, de Jack Cardiff, al lado de los extraordinarios Trevor Howard y Wendy Hiller, y en 1962 conseguiría el premio como mejor actor en el Festival de Cannes, ex-aequo con los rutilantes Ralph Richardson, Katharine Hepburn y Jason Robards Jr., por su cruda, escéptica, apasionada y emotiva creación de Edmund Tyrone, el joven tuberculoso, en "Long day's journey into night", realista e irreprochable adaptación a la pantalla grande de la obra teatral de Eugene O'Neill que dirigió admirablemente Sidney Lumet.


















 Bobby Driscoll






Bobby Driscoll, nacido en 1937 y fallecido prematuramente en 1968, había aparecido desde edad muy temprana en films como "The fightings Sullivans", 1944 (su encantadora presencia ya fue aureolada con el adjetivo de "wonder child"). Participó en otros films como "Sunday dinner for a soldier", "The big Bonanza", "So goes my love", y en 1946 trabajó con Alan Ladd en "O.S.S". Sería, no obstante, la factoría Disney, cumplidos ya los 9 años, la que lo catapultaría a la cima del éxito con "Song of the South", film dulzón bien que inolvidable donde por primera vez los personajes reales convivían con los de animación. Su brillante y meteórico inicio cinematográfico, modulado por el denso torbellino imaginativo de Walt Disney, ejerció sobre el público infantil tan gran fascinación que no tardó en alcanzar el status de un pequeño coloso al que se apodó como "el chico de oro de Disney". "So dear to my heart", su siguiente film no se estrenó hasta 1948, y Driscoll volvió a enternecer a los públicos.





Prestado a RKO filmaría el intenso thriller: "The window" (basado en la obra de Cornell Woolrich: "The boy who cried murder"), cuyo estreno fue retrasado hasta 1949 por el magnate Howard Hughes, dueño de los Estudios, quien, pese a la fama ya alcanzada por el actor infantil, fiaba muy poco en el éxito de la película y en la nueva imagen aportada por Driscoll, esta vez convertido en un  pequeño héroe callejero y mentiroso, pero capaz de enfrentarse a una verdad, finalmente, irrefutable: el crimen perpetrado por dos turbios asesinos del vecindario, genialmente interpretados por el siempre inquietante Paul Stewart y una de las grandes figuras femeninas del cine negro, la extraordinaria Ruth Roman. Driscoll se movía en consecuencia, lejos de las edulcoradas visiones disneyanas, entre la hostilidad de un medio formado por las interioridades barriobajeras, siniestras y ruinosas de un New York brutal, capaz de rememorar el viejo mundo del gangsterismo. Su estreno, alabado por la crítica, alcanzó un inusitado record de taquilla, y Bobby Driscoll fue galardonado con el Oscar Juvenil (premio que también incluía su interpretación en "So dear to my heart") en marzo de 1950 como el actor infantil más destacado de 1949. Entre mayo de 1949 y 1951, era de esplendor de los largometrajes de dibujos animados de Disney, la expresividad en auge del reverenciado rostro y la voz de Bobby Driscoll fueron utilizados por su mentor para dar vida a la imagen de su afamada y brillante versión de dibujos animados "Peter Pan".






 "Treasure island": Jim Hawkins





"La isla del tesoro", nuevo remake de la novela de R.L. Stevenson, totalmente filmada en imagen real y a todo color, atraparía poco después, internacionalmente, a los públicos no tan sólo infantiles sino también adultos. Jim Hawkins, el pequeño héroe que se enfrentaba a John Silver el Largo (admirablemente interpretado por el actor inglés Robert Newton), revivía de nuevo en la expresión memorable de un Bobby Driscoll insólito, audaz y poético entre la "edulcorada estética de violencia" propuesta por la inmortal novela de Stevenson y el nuevo film de Walt Disney. Constituyó una revisión tan brillante de la fantasía aventurera que (basándonos en Buñuel) se pudo decir del "encanto fantástico" que de la misma emanaba que "por no existir lo fantástico, todo resultaba en ella casi real". Tan sólo a través de Fritz Lang con su denostada por la crítica, bien que magistral adaptación de la atractiva novela de J.Meade Falkner  "Moonfleet", y Alexander Mackendrick, con su cautivadora recreación cinematográfica dirigida en 1965, de la extraordinaria obra de Richard Hughes "A high wind in Jamaica" volvería a materializarse por segunda vez, aunque con mucha mayor envergadura, esa réplica irónica, nacida del surrealismo, de que lo "admirable de lo inverosímil es que no existe, dado que todo es real".








 Imagen Juvenil (1937-1968)

"I shall not return until I can be accepted as an actor again, not a freak exhibit."









Merced a su segundo contrato de largo plazo con Disney, Driscoll pudo ser cedido al Studio independiente Horizonte Pictures por el doble papel de Danny / Josh Reed en "When I Grow Up",1951. En 1952 apareció como "Bibi" Bonnard en la comedia de Richard Fleischer "The happy time", que se basaba en una obra de Broadway del mismo nombre por Samuel A. Taylor. Junto a los veteranos Charles Boyer, Marsha Hunt, Louis Jourdan, y Kurt Kasznar, interpretó al descendiente menor de un patriarca en Quebec de los años 20, personaje sobre el cual se centraba la trama. El paso a la pubertad de Driscoll constituiría una rápida aniquilación del semidiós niño admirado por las multitudes. Un incipiente acné empezó por deteriorar su imagen. En 1953 su contrato con Disney se dio por finalizado, y el joven se enfrentaría a la indiferencia de los productores de Hollywood, frustrando cualquier intento del que fuera el "más famoso actor niño de Walt Disney" por conseguir papeles de actor juvenil. Después de dejar los estudios Disney, sus padres quisieron que estudiara en la universidad de Westwood, dándole de baja de la Hollywood Professional School que había ayudado a muchos actores de cine infantil.. Allí sus calificaciones cayeron sustancialmente, y Driscoll se convirtió en el blanco de burlas de sus compañeros por su anterior carrera en el cine, comenzando a experimentar con las drogas. Más tarde confesaría: "Los otros niños no me aceptaban. Traté desesperadamente de ser una de las pandillas. Cuando me rechazaron, me defendí, y me consideraron beligerante y arrogante... Y tenía miedo todo el tiempo"  Los padres de Driscoll, ante la insistencia desesperada de su hijo por abandonar Westwood, le devolvieron al año siguiente a la Hollywood Professional School , donde se graduó en 1955.





Tras participar en series televisivas y continuar en  producciones radiofónicas en 1951 de su afamada "Treasure Island", y en 1953 con su colaboración a prestar su voz al "Peter Pan" de Walt Disney, aquel impulso artístico logrado en su niñez se perdería entre la mediocridad de su nueva vida muy alejada de la fama y acabaría sucumbiendo definitivamente a la droga. En una entrevista, años después, confesó: "Yo tenía 17 años cuando por primera vez experimenté con ellas, principalmente la heroína. Pero disponer de la misma resultó para mí un problema terrible, dado que casi nunca tenía el dinero para pagar por ella"  



A partir de 1953 empezó a aparecer en varias series televisivas como "Fireside theater", "Schlitz Playhouse of stars", "Front Row Center", "Navy Log", "Men of Annapolis" en las que comenzó a usar el nombre de "Robert Driscoll", para distanciarse de sus papeles juveniles como "Bobby" (desde 1951 había sido conocido por amigos y familiares como " Bob"). Actuó en las llamados "Star-focusing series" con actrices famosas como Jane Wyman, Loretta Young y Gloria Swanson. 



Sus últimos papeles en la pantalla grande fueron con Cornel Wilde en  "The scarlet coat", 1955, y junto a Mark Damon, Connie Stevens y Frances Farmer en "The Party Crashers", 1958. En 1956 había sido arrestado por posesión de marihuana. El 24 de julio de ese mismo año, Hedda Hopper escribió en el periódico Los Angeles Times: "Será el fin de la carrera de este buen muchacho y gran actor Bobby Driscoll". En 1957 aparecería en la serie televisiva "M. Squard" como hermano de Lee Marvin.  









Ocaso







A finales de 1961 fue condenado como un adicto a las drogas y encarcelado en el Centro de Rehabilitación de Narcóticos de la Institución de para Hombres en Chino, California. Sus últimas apariciones conocidas en la televisión fueron, entre otros, pequeños papeles en dos series en una sola temporada: "The best of the Post",  una serie de antología sindicalista adaptada de cuentos publicados en la revista "The Saturday Evening Post" y "The Brothers Brannagan", una serie de crimen sin éxito, protagonizada por Stephen Dunne y Mark Roberts. Cuando Driscoll salió de Chino a principios de 1962, no pudo ya encontrar trabajo como actor. Amargado por esto, dijo: "He encontrado que los recuerdos no son muy útiles. Me llevaron en bandeja de plata ... y luego fui arrojado a la basura". De su unión con Marilyn Jean Ruth, con la que huyó a México en 1956, a fin de contraer matrimonio contra la opinión de sus padres, nacerían tres hijos. Tras divorciarse en 1960, trataría de reanudar infructuosamente su carrera en New York. A principios de 1968 desaparecería en Manhattan, y el 30 de marzo de ese mismo año, tres semanas después de su 31 cumpleaños, su cuerpo fue hallado en un piso deshabitado del East Village. La autopsia determinó que había fallecido de un infarto agudo de miocardio al que le había llevado su drogadicción. Tras ser inhumado en Hart Island entre indigentes, a finales de 1969 su madre recuperaría el cuerpo de Bobby ayudada por los Disney Studios.








Hayley Mills





















Hayley Mills, hija del afamado actor inglés John Mills y de la escritora y guionista  Marie Hayley Bell, había nacido en Londres el 18 de abril de 1946. Su afortunada y carismática irrupción como actriz infantil, a los 12 años, en "Tiger Bay", 1959, por cuya interpretación consiguió el Bafta Award for Most Pomising Newcomer y Premio a la mejor interpretación en el Festival de Berlin, provocaría su inesperado ascenso al estrellato y un nacimiento nuevamente histórico como primera figura, ya en Hollywood, de las futuras producciones Walt Disney. Con dicha productora intervino en "Pollyana", 1960, consiguiendo el Oscar Infantil y el Globo de Oro.






En 1961 vuelvería a Inglaterra esporádicamente para interpretar "Whistle down the wind", de Bryan Forbes, película inaudita que aprovechaba la experiencia artística impuesta por el free cinema (la atractiva fisonomía de Alan Bates reforzaría y concedería el contrapunto necesario a la visión austera, casi neorrealista, de las inolvidables imágenes innovadoras de Londres en sus extrarradios, convertido casi en un páramo desolador) y en la que un grupo de niños encabezados por una maravillosa Hayley Mills expondrían cierta "exégesis atormentadora en la infantil visión frente a las conflictivas hipocresías y visiones místicas que conlleva la religión católica". La película, que conseguiría el Premio Británico a la mejor película, al mejor guión y a la mejor interpretación infantil de Hayley Mills -nominada de nuevo al Bafta-, influiría positivamente en Victor Erice para su futura "Espíritu de la Colmena".



El box office de la Disney alcanzaría uno de sus mayores booms de recaudaciones con los siguientes films de Hayley: "In search of the Castaways", 1962, "Summer magic", 1963, "The moon-Spinners", 1964, "The trouble with angels", 1966, entre otras muchas.













Imagen juvenil







Stanley Kubrick consideró la posibilidad de convertirla en su joven "Lolita", 1962, de tortuosa ambigüedad moral. La reacción de Disney fue inmediata, rechazando la propuesta de Kubrick dada la turbiedad ética del personaje de Nabokov. El contrato con Disney finalizaría al cumplir la actriz los 20 años. A los 29, tras algunas interpretaciones, especialmente thrillers, en Inglaterra, como "Twisted nerve", 1968,  "Endless night", 1972, basado en una novela de Agatha Christie, y  en 1975 "The Kingsfisher Caper" y "Deadly Strangers", donde interpretaba a una psicópata asesina de dulce y entrañable encanto, se produjo su retirada del Séptimo Arte. Siguió interviniendo, no obstante, en varias producciones televisivas y teatrales. En 2006 formaría parte como miembro del Jurado de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas Estadounidense.






Para cerrar definitivamente la política de prestigio que significaría la irrupción del niño en el Séptimo Arte será necesario citar los éxitos esporádicos, muchos de ellos de eficacia estremecedora y no menos fascinante, de muchos actores infantiles que hoy perviven aureolados entre las evocaciones nostálgicas de las películas en que intervinieron: Bobbie Henrey en "The fallen idol", 1948, de  Carol Reed; Jon Whiteley en "Hunted", 1952, "The little kidnappers", de Philip Leacock, 1953, (premiado con el Academy Juvenil Award), "Moonfleet", 1955, de Fritz Lang, y "The spanish gardener", 1956, nuevamente dirigido por Leacock; John Howard Davis en "Oliver Twist", 1948, de David Lean; Tommy Rettig, cuya dulce imagen de desenvuelto aliento típicamente norteamericano se impuso a lo largo de 18 films junto a grandes estrellas como Richard Widmark con el que coincidiría e tres ocasiones: "Panic in the streets", 1950, de Elia Kazan, "The cobweb", 1955, de Vincente Minnelli y "The last wagon", 1956, de Delmer Daves. De igual forma, tuvo la fortuna de coincidir con tres grandes actrices: Jane Wyman en "So big", 1953 de Robert Wise; Marilyn Monroe en "River of no return", 1954, de Otto Preminger, y Jean Simmons en "The Egyptian", 1954, de Michael Curtiz. Dejó, además, un recuerdo imborrable en nuestra infancia como el acorralado y aterrorizado objetivo del inquietante Dr.Terwilliker en la fantasía asfixiante e irrepetible de "The 5.000 fingers of Dr. T.", 1953, de Roy Rowland; la perversa magistral Rhoda Penmark en "The bad seed", 1956, de Mervyn LeRoy Brandon de Wilde (adolescencia malograda por su fallecimiento a los 30 años), dulce trastorno de emoción que conseguiría un Globo de Oro a los 7 años en "The member of the wedding", 1952, de Fred Zinnemann, e impondría la más entrañable llamada aventurera, envuelta en las grandiosidades del Western, entre el adiós compungido y la ternura de su hermosa voz infantil al héroe memorable que compusiera Alan Ladd en "Shane", 1953, de George Stevens; James Aubry, determinante indagación psicológica enfrentada a la crueldad en que lo envuelve su propio mundo infantil, y Hugh Edwards, víctima poética entre el perturbador paisaje que nos impuso Peter Brook en su magistral adaptación de la novela de William Golding "The lord of the flies", 1963; Billy Chapin y Sally Jane Bruce, pequeños e inolvidables héroes prometéicos capaces de enfrentarse a la asfixiante persecución, entre el embrujo panteísta de la Naturaleza, a que los somete un rugiente padrastro, dantesco e inconmensurable Robert Mitchum, entre el ensombrecedor lirismo alegórico en que se debaten el Bien y el Mal, en "The night of the hunter", 1955, obra maestra y único film dirigido por el polifacético y genial actor Charles Laughton.  









 







































Deborah Baxter, enérgica y decidida Emily, uno de los más impresionantes y decisivos tour de force interpretativos con que se significara la importancia del niño en la Historia del Cine, en "A high wind in Jamaica", 1965, de Alexander MacKendrick; Peggy Ann Garner enternecedora en "A tree grows in Brooklyn", 1945, de Elia Kazan; las inolvidables y oscarizadas Patty Duke en "The miracle worker", 1962, de Arthur Penn, Tatum O'Neal en "Paper Moon", 1973, de Peter Bogdanovich, y Anna Paquin en "The piano", 1993, de Jane Champion; Andrew Ray en "The mudlark", 1950, de Jean Negulesco; Martin Stephens y Pamela Franklin prodigiosos frente al desequilibrio increíble de una fatal posesión fantasmal de terror gótico en la inenarrable versión de "The turn of the srew" ("Otra vuelta de tuerca"), novela homónima de Henry James, retitulada "The innocents" y dirigida por un genial Jack Clayton en 1961; Dominic Guard, uno de los más brillantes ejercicios infantiles frente a la desconocida inquietud sexual con que a todos nos asalta la proximidad de la adolescencia, en la modélica "The go-between", 1970, de Joseph Losey; Christian Bale, gran descubrimiento de Steven Spielberg, hoy actor oscarizado, y que nos sorprendería con una interpretación hipnótica a sus 13 años en la superproducción "Empire of the sun" en 1987.























La conmovedora incorporación al neorrealismo italiano de Enzo Staiola en "Ladri di biciclette", 1948, de Vittorio de Sica; Edoardo Nevola en "ll ferroviere", 1956, y "L'uomo di paglia", 1958, ambas de Pietro Germi; la naturalidad apabullante de Jean-Pierre Léaud en "Les quatre cents coups", 1959, de François Truffaut; la magia anómala bien que no menos enternecedora y realista de Brigitte Fossey y Georges Poujouly, víctimas inocentes como lo son todos los niños, capaces de enfrentarse al horror desquiciado de aquel mundo deshecho por la II Guerra Mundial en la inmortal versión de la novela de François Boyer "Les jeux inconnues", "Jeux interdits" en la pantalla grande, 1952 (Oscar al mejor film extranjero), magistralmente dirigida por René Clément; Benóit Ferreux en "Le souffle au coeur", 1971, de Louis Malle; Patricia Gozzi, revelación legendaria de la más expresiva intensidad dramática en "Les dimanches de ville d' Avray", 1962, de Serge Bourguignon; Nadine Nortier, atormentada imagen capaz de potenciar hasta el estremecimiento la temática perturbadora con que se ejerce la crueldad adulta hacia el mundo infantil, en "Mouchette", 1967, de Robert Bresson.

































Y Pablito Calvo, impactante revelación de multitudinaria admiración testimonial con que se enmarcara al niño por entre nuestro furtivo neorrealismo hispano con su Pepote en "Mi tío Jacinto", 1956, de Ladislao Vajda;  Marco Paoletti en la irrepetible versión de "El lazarillo de Tormes", 1959, de César F. Ardavín; Ana Torrent en "El espíritu de la colmena, 1973, de Víctor Erice, y "Cría cuervos" 1975, de Carlos Saura; el prodigio de espontaneidad, auténtica fuerza de la naturaleza infantil, capaz de ejercer sobre el espectador una misteriosa e inexplicable voluntad de fascinación frente a tan sugestivas interpretaciones como las que nos ofrendaran, Mari Loli Cobo (Tulita) y Carlos S. Jiménez (Ramirín) en la magistral versión de "La tía Tula"de Miguel Picazo; y el ahogado bien que admirativo amor filial que conforma un mundo familiar en el que la imagen grisácea del padre se revuelve enigmática y distante, y donde vive aprisionada la esperanza sensitiva de la pequeña Estrella, una de las trayectorias infantiles más sorprendentes en el arte interpretativo novel, con que no deleitara Sonsoles Aranguren en la imperecedera y grandiosa proeza cinematográfica llevada a cabo por Victor Erice en "El sur".












 










































 


























































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