sábado, 6 de junio de 2015

A ciascuno il suo (A cada cual, lo suyo)

Crear climas de inestabilidad y angustia cuando la esencia sutil del aburrimiento vive por entre la condescendencia de las murmuraciones a través del relumbre abrasador de los veranos, y la estricta hipocresía y crueldad de las gentes sigue habitando intacta, como un rango distintivo, entre sus muchas sombras de encierro y oscuridades de ceniza, puede resultar también campo abonado para que los sahumerios vengativos de los humanos santifiquen con sus horrores las dimensiones profundas que abren los surcos a la muerte. Y es que la polémica que se deriva de hurgar bajo la piel que esconde la perversidad de los hombres (y también la de las mujeres) no tiene porque sobrecogernos, ya que naturalmente siempre aparecerá señalada por las expansiones más diabólicas de la malignidad. Marco Bellocchio, director cinematográfico y autor polémico que instauró una especie de “cine de crueldad” con sus dos  primeras y sorprendentes realizaciones "I pugni in tasca", 1964, y la “La Cina è vicina”, 1967, la primera como muestra de una violenta demolición de la institución familiar, y la segunda  como una durísima sátira hacia al Partido Socialista Italiano, no dudó en exclamar ante las críticas: “A mí lo único que me importa es deciros: vosotros sois así y sois responsables de serlo” Esta misma reflexión puede conceder su dimensión más exacta a las miserias y a las escasas alegrías con que el escritor Leonardo Sciascia quiso captar la complejidad de una criminal e inamovible realidad social instaurada en su Sicilia natal. Y es que, según Sciascia, cuando la crisis de conciencia nace en alguno de sus habitantes mediante una ocasional aventura amorosa (quizás, como probabilidad, una de las más frecuentes), enmarcada entre imágenes veraces de la vida cotidiana en la polémica isla, provoca de inmediato el corrosivo criticismo en sordina, polariza el avatar vivencial del hombre y de la mujer sicilianos, y el intimismo pasa a convertirse en un prolongado desequilibrio de sexos (¿es él quien busca la fragilidad de la verdad, o es ella la que propicia la nociva aniquilación de la mentira?), que descansará en la incertidumbre del negro destino que, en realidad, aguarda a estos dos protagonistas, fugitivos fugaces de la opresiva, inquietante y destructiva comunidad a la que pertenecen. Sicilia, en consecuencia, se dinamita a sí misma, aliena sus atractiva estirpe mediterránea con tópicos casi surrealistas, convierte en sádicos desequilibrios inestables sus trayectorias eróticas, y acaba pulverizando con el arma de su puritanismo cruel y santurrón la casi siempre frustrada mediocridad de la vida cotidiana de sus habitantes. “A un siciliano, dice Sciascia, le bastará un anónimo con amenaza de muerte hacia un correligionario para que la realidad disparatada de la astucia, de la envidia, de los celos (ya sean con respecto al amor o a la prosperidad), y de la crueldad criminal siga mitificándose en la isla”





El hombre frente a frente con el "omnímodo absoluto"







Cuando cineastas tan renombrados como llegaron a ser Roberto Rossellini y Vittorio De Sica lograron superar el simple testimonio de tan multiforme vitalidad como la que conforma la vida humana en este planeta nuestro, convirtiéndolo, por medio de la imagen cinematográfica, en una aseveración apasionante que postularía uno de los más ambiciosos realismos críticos o espejo de realidades en las que vivimos inmersos los hombres y mujeres, y por todos los amantes del Séptimo Arte conocido por neorrealismo, comprendimos otra vez (y conste que no nos venía de nuevas,  pero como ya se indicó, gracias a la recién llegada cultura de la imagen en movimiento), que la exigencia verista del drama de la existencia humana, (navegara por su sentido histórico-político o por los vastos retablos sociales de las clases más desamparadas, sin obviar la opuesta ontología que, desde que el mundo es mundo, y como contrapunto a las maltratadas vivencias de los eternamente humildes, ha generado el bienestar de otras sociedades mucho más favorecidas y engendradoras por tanto de cuantos estallidos de rebelión contra esta explotación de las élites más depauperadas han tenido lugar en la historia del ser humano), seguía y seguirá siendo una larga e inacabable marcha de reconquista por una tierra prometida sobre la que, por supuesto, tan sólo desempeñaremos un examen pasajero, de vez en cuando imaginariamente feliz, y las más de las veces abominable, doloroso y cruel. Y así continuamos siendo los hijos de una ilusión que nos invita a un asedio e invasión tan eternos como de escasa fortuna, porque, por muy inquietante que nos parezca, jamás seremos capaces de ejercer control alguno sobre nuestra vida. Y a lo más que podremos aspirar es a convertirnos en supervivientes de esa emigración constante hacia la ilusión y la esperanza. Monumentos perennemente decapitados a los que, como en un sueño infinito, creímos convertir en reinos independientes con total predisposición a imaginar que gobernábamos nuestras libertades. Pero los indefectibles cataclismos que nos acechan por doquier se encargan de curarnos dolorosamente de nuestra ceguera, puesto que en realidad no somos más que una perpetua tierra de conquista entre tiranías, perfidias y rapiñas, frente a frente con el "omnímodo absoluto",... todos a merced de todos.


 "Sicila íntima, aquella gran desconocida"
LEONARDO SCIASCIA: "El crimen perfecto es aquel que jamás es resuelto, aquel en el que el criminal nunca es descubierto, idealmente, aquel en el que ni siquiera el propio crimen lo parece".  Sciascia propone como alternativa el crimen que siéndolo sin duda, oculta el objetivo y la motivación hasta hacer absurdo el propio acto, y en ese absurdo, irresoluble.




Nacido en Racalmuto, Agrigento; 8 de enero de 1921, fallecería de cáncer en Palermo el 20 de noviembre de 1989. Dedicado a la Docencia, 1949-1969, (había estudiado Magisterio en Caltanissetta), tras jubilarse anticipadamente en 1970, ejerce como periodista en el afamado noticiero italiano Corriere della Sera. No obstante, atraído por la novelística había logrado publicar en 1956 "Le parrocchie di Regalpetra" (“Las parroquias de Regalpetra”), un atento examen autobiográfico y casi novelado documento o nueva forma de observar la realidad de la condición humana (lo que  el ojo analítico del cine italiano avanzaría al mundo con el nombre de neorrealismo), y fruto de la convivencia solidaria o insolidaria con sus correligionarios en un pueblo siciliano, representación sintomática de su ciudad natal Racalmuto.  La que se convertiría en una de las más vastas producciones literarias  de la narrativa en Italia (avalada por más de 40 novelas) y que imprimirían un viraje crucial en la existencia del profesor Sciascia, contribuyeron también a acentuar la inflexión más claustrofóbica frente a una realidad social implacable, de inimaginadas y tácitas implicaciones criminales, como las que azotaran su Sicilia natal. Sciascia y sus novelas ofrecerán así un vibrante y preciso retablo de cuantas miserias, escasas alegrías, e insidiosos manejos de los grandes propietarios rurales de su isla, donde unos y otros ejercían su ascendiente, y al que había que añadir un imbricado caciquismo y el poder e influencia de estos clanes respetables, sumergían a una población atrapada por el acusado y forzado aliento servil del proletariado entre ambientes y situaciones turbias y brumosas de una corrupción dominante y homicida, arraigada como la mala hierba en el medio ambiente en que se desarrollaban las precarias existencias de los habitantes de Sicilia.


En 1961 vería  así la luz su primera novela policíaca sobre la mafia, ”Il giorno della civetta" ("El día de la lechuza"), a la que seguiría, en 1966, “A ciascuno il suo” (“A cada cual lo suyo”). En “Il consiglio d’Egitto”, 1963 (“El archivo de Egipto”),  observa los aspectos más auténticos y dolorosos de Sicilia a finales del siglo XVIII. Y en su último decenio publicaría un buen número de novelas breves de gran intensidad: “L’Affaire Moro”, 1979, “Il teatro della memoria”, 1981, “Il cavaliere e la morte”, 1988, y “Fatti diversi di storia letteraria e civile”, y su póstuma "A futura memoria", ambas de 1989.








La implicación de Sciascia en la política italiana fue profunda, polémica e inconformista. En 1975 fue elegido por la lista comunista Concejal del PCI en Palermo, y eurodiputado por el Partido Radical de Marco Panella en el Congreso Italiano desde 1979 a 1983. Sus denuncias constantes contra la corruptela política y la violencia mafiosa en Sicilia, le valieron ser considerado por otros escritores, periodistas y por el público lector como “la conciencia crítica de Italia”. Conocía de primera mano la influencia de la mafia, y su contrapunto más martirizador y patológico: una nunca erradicada conciencia fascista (ni siquiera tras la derrota en la pasada guerra), que volvió así a hallar un magnífico caldo de cultivo, exento de  conciencia y concesiones sentimentales, en la sociedad italiana de los años 60, 70 y 80. Fue relevante su participación en la comisión que investigaría el rapto y posterior asesinato (9 de mayo de 1978, por miembros de las Brigadas Rojas, encabezados por Mario Moretti) del presidente del Consejo de Ministros de la República Italiana, el cristiano demócrata Aldo Moro.






 

 

 

 

de Elio Petri


El  aburrido sosiego veraniego en un pequeño pueblo siciliano se ve compensado por esa rígida estructura que forman en las terrazas de sus bares los corrillos masculinos. Es un microcosmos burlón y melancólico donde la crítica halla su satisfacción y su recelo. En Sicilia el hombre suele reclamar una especie de derecho privilegiado y consentidor de cuantos rumores puedan llegar a envolver con sus telas de araña amenazantes la calentura emocional, misteriosa y servil que agobia y fanatiza su no menos intrigante fogosidad. Una astucia desdeñosa instalada en el endurecido e intransigente medio de los pueblos y de sus habitantes, siempre atacados en consecuencia por vagos temores. El hombre siciliano ha perdido cualquier clase de candor primitivo. Así, son los suyos ojos altaneros, anida un constante e impúdico cinismo en sus bocas, y posee una salacidad ardiente que escupe cautelosamente en la cara de sus correligionarios una moralidad de casta esclavizada por la lujuria y la muerte. En sus salutaciones exageradamente emotivas, en sus pésames y condolencias pervive la  falsedad de sus platónicos besos, que, en realidad, adquieren y conceden una invitación muda al rencor y al odio. Y en cuanto a la mundanal desenvoltura de sus clases respetables poseen éstas un aplomo arcaico que parece sincero cuando en realidad es un apremiante mandato a la sumisión del prójimo, un orgullo blasfemo de desprecio hacia las gentes que les extienden sus manos.

En Sicilia los pasados casi siempre claman venganza. Su cultura, marcada por el cristianismo más exacerbado,  congestiona la conciencia de sus habitantes y se vale de un Dios inquisitorial,  que los convierte en creyentes atentos pero capaces siempre de alimentar la oculta perfidia de los hombres y sus fantasías pueriles con el raciocinio repugnante de que sus ritos acabarán tarde o temprano por exigir sacrificios sanguinarios. Parece que Sicilia no perdona la invención de los viejos dioses griegos, más humanizados que los representantes de su actual status religioso, y prefiere jactarse de su escarnecedor martirologio social. Es una isla prisionera del silencio criminal, de la estulticia comprometida con el "cavaliere" adinerado, altanero y seguro de sus argucias. Así, el pueblo llano sigue adulando al amo petulante, se regocija en morbosas curiosidades, en la mediocridad canallesca de su servilismo, y se despedaza en una terquedad inhumana por proteger la escondida furia de sus propios verdugos.










 EL ANÓNIMO

Y en medio del temor, el morbo siciliano sigue atesorando el pintoresco anacronismo de los "anónimos de muerte", preparados para elegir y predestinar cualquier acontecimiento que, pese a todo lo expuesto, pueda escaparse a la comprensión de algunas mentes. Pero el enemigo, que jamás rehúsa conocer a su víctima desde lo oculto, se limita a morar en algún rincón isleño mitificado por la siempre tenebrosa redención de las venganzas. Esta vez son los ojos vivaces de un lugareño farmacéutico, Arturo Manno, hombre débil y respetado,  siempre alejado de la rigidez de cualquier disputa, y a quien por su sencillez y honestidad, no se le conocen enemigos declarados,  los que acogerán con frialdad su primera amenaza de muerte con palabras recortadas del  famoso diario católico y  conservador  “L’Osservatore Romano”. En el reverso, como apoyando la actitud asesina del autor del anónimo, reza en latín el logotipo del semanario: “Unicuique suum” –“A cada cual lo suyo”- El anónimo dirigido al farmacéutico: "QUESTA LETTERA  è La Tua C0nDANNa A MORtE PEr quELL0 CHe haI FATT0 MORIRAI", concede de nuevo a la pequeña comunidad del pueblo siciliano una breve aureola de insania, como si la locura volviera a apartar la isla del resto de un mundo más racional. Y cuando su esposa, mujer de carácter duro y resentido, que se sabe traicionada por su marido, prisionero también, pese a su intachable moralidad, de la impronta lujuriosa que precipita a los hombres sicilianos hacia la jactancia casi doctrinal del adulterio, le advierte, temerosa de las posibles consecuencias del anónimo, Arturo Manno preferirá ignorar sus miedos.






























El oscuro designio de un posible asesinato ha conferido, no obstante una actitud de risueña ironía, no exenta interiormente de cierto temor, al receptor del anónimo. Y cuando Arturo Manno lo muestra a sus amigos, en las calurosas tertulias que mantiene cotidianamente con sus círculo de amistades, siempre animada por la presencia lúcida, sarcástica y ceremoniosa del acomodado “avvocato” Rosello, el doctor Antonio Roscio,  y el profesor Paolo Laurana, será éste quien acabará mostrando su sincera preocupación por la amenaza de muerte. Sin embargo, Rosello rechaza aquellas admoniciones con el gesto desdeñoso de un democrático liberal, tan seguro de sí mismo como para despreciar las siniestras normas sociales impuestas por las tradiciones gregarias que insisten en jerarquizar la ferocidad y el odio vengativo  en el primitivismo vivencial de sus correligionarios... Mientras tanto,  el pueblo y su existencia monótona oculta sus verdades más sangrantes como reglado por los rezos y el misticismo sensual de su silencioso vecindario cuyos murmurios se ocultan entre las tristes sombras de sus ventanales cerrados y fingen mantenerse al margen de cuantos ánimos inquietos  se aprestan a poner en práctica las exégesis de sus desviacionismos y manipulaciones vengativas, que, una vez desatado su manifiesto desprecio por la concordia entre los hombres,  invocará su lúgubre amén como los lamentos  fatalistas que enrojecen sus tardes calurosas.  La loca crueldad de Sicilia ha aprendido así a llorar sintiéndose siempre libre de culpa, espiándose a sí misma, aunque temerosa del ojo atento, capaz de traicionar a un padre, a un hermano, a un esposo, a un familiar allegado con la táctica de un juramentado que se finge inmutablemente digno. 




EL DOBLE HOMICIDIO





































































No resulta imposible pensar que, en efecto, el anónimo remitido a Manno, el farmacéutico, impulsaría, más pronto que tarde, a la criminal acción de algún pobre loco del lugar, porque tres o cuatro días después, yendo de caza con su amigo y convecino, el respetado doctor Antonio Roscio, esposo de la prima del “avvocato” Rosello, Luisa Roscio, ambos serán asesinados en el cercano monte cinegético. Una nueva y breve historia de odio y crimen que, por el momento, conseguirá a duras penas apaciguar el ánimo de los lugareños, en especial de Don  Rosello, dispuesto a exigir de la policía y de los carabineros una minuciosa investigación que aclare el luctuoso hecho. El paroxismo de la viudez por asesinato alcanza en la mujer siciliana innumerables y agitadas expresiones de duelo. Luisa Roscio y la mujer de Arturo Manno se convierten en viudas que claman venganza por dos muertes inútiles, y que, al parecer, tan sólo desplegara su odio por el farmacéutico. Luisa Roscio será, con su aspecto sombrío y desesperado, quien se mostrará a partir de aquel instante más empeñada en descubrir aquella sombra inconcreta y negra que amenazara la vida de Arturo Manno, y que así convirtiera en víctima inocente a su esposo, compañero de caza del mismo. En la hembra siciliana, de quien siempre se ha dicho que es quien ha soportado más desdichas frente al vengativo estigma familiar por hallarse siempre al corriente de sus prolijas genealogías, conscientes de las argucias maquinadoras de sus hombres, permanece una eterna mirada de mística repulsión por sentirse eterna prisionera del martirio. Se ampara así en una pureza turbia; vive conmocionada en un silencio terco a fin de poder reprimir sus ímpetus de locuras emocionales hacia el varón; y protege su hipocresía, su morbosidad frustrada y su malignidad ardiente de deseo como una mártir que en realidad defendiera su castidad y su fe inquebrantables frente a la conciencia del cerrado, acusador e intolerante mundo en que habitan.

























 




"COSA NOSTRA"

















































































































Crece así, entre hombres y mujeres, una gigantesca e inacabable maraña de imposturas que recorre la singularidad de las veladas de café y vecindario con aburridos comentarios sobre la barbarie anacrónica de Sicilia y gestos desdeñosos de contrariedad de quienes prefieren no pensar en lo sucedido, especialmente en lo que a la injusta muerte del doctor Roscio se refiere. Para la investigación policial siempre resultará engorroso hurgar en la vida ajena, especialmente cuando se trata de un personaje mínimamente influyente. Las implicaciones de la mafia pueden hallarse desplegadas en aquel acontecimiento desgraciado, dando lugar a falsos testimonios, dedos acusadores que podrían enrarecer el ambiente aún más si cabe, chismorreos temerosos que agonizarán antes que enfrentarse a la verdad absoluta de un crimen como aquel. La policía concluirá su investigación achacándola a motivos de honor en lo que a la vida secreta de Arturo Manno se refiere, y que los asesinos se vieron obligados a acabar también con el doctor Roscio por ser testigo del homicidio. Y la frialdad de la viuda, ahora resignada, no parece, tras la desmedida manifestación de desconsuelo durante el entierro de Roscio, orar en la tristeza ni avivar abiertamente un deseo desquiciado por aclarar el verdadero motivo del asesinato del mismo. Pero Luisa Roscio puede, en realidad, guardar un silencio de terco resentimiento hacia la comunidad que la rodea. Es una mujer todavía fascinante, una belleza de rostro endurecido y expresión despreciativa, de negros ojos impacientes que se complace en la representación exaltada de una muda súplica. Educada en la fanática rigidez del odio. probablemente llora entre tenebrosas sombras enlutadas. Pese a todo, su aplomo, una vez repuesta del horror del doble crimen, carece ahora de censura. Su rostro ha recobrado la calma.  Y su zozobra, si existe, se muestra fría, digna y distante. Paolo Laurana decide, con la oposición agitada de su madre, indagar en la vida del farmacéutico. Lentamente, en sus escapadas docentes al Liceo de Palermo, irán surgiendo revelaciones sorprendentes que un amigo y diputado comunista le confía a fin de aclarar la enmarañada red que promoviera la mascarada del homicidio en el coto de caza, y que  involucran de manera muy especial, no a Arturo Manno, sino a Antonio Roscio, quien al parecer se disponía a denunciar a más de un personaje influyente del pueblo, inmersos todos ellos en algunas actividades ilícitamente mafiosas. Aquel mismo día, Paolo y el diputado asisten a un atentado con coche bomba en el mismo centro de Palermo. El profesor Laurana extremará, al mismo tiempo, sus atenciones, un tanto timoratas antes del crimen, hacia Luisa, quien  parece ceder a los arrebatos apasionados, antes inimaginados, que Paolo alimenta hacia ella desde hace mucho tiempo. Los imperantes prejuicios morales del pueblo obligarán a la pareja a poner en práctica encuentros furtivos en Palermo, donde aguardan al profesor sorpresas y descubrimientos que compartirá con la viuda Roscio. Los días de Laurana irán transcurriendo entre un afanoso deseo de esclarecer el doble homicidio, y no duda en tratar de poner al corriente de ciertos pormenores, todavía indemostrables, a su amigo y respetado “avvocato” Rosello, quien trata de convencer a Laurana de que debe cejar en sus intentos por desvelar una motivación clarificadora del luctuoso suceso, ya que hasta la misma investigación policial ha declarado que el asesinato de Manno y Roscio no puede ser resuelto. Ante su actitud perquisitiva, el profesor Laurana, durante sus salidas del Liceo, se sentirá vigilado en las calles de Palermo. También observará cierto rechazo peligroso por parte de sus conciudadanos. Rosello aconseja a Laurana que no se meta donde no debe, y que será mucho mejor para él no remover lo que no debe ser removido. Si ambas muertes no han influido de forma significativa en la vida del pueblo, e incluso en la  postura escasamente vindicativa de Luisa Roscio, poco dispuesta, como el resto de convecinos, a exigir venganza, ¿por qué no dejar las cosas como están? “Tus  indagaciones, insistirá Rosello a su impaciente amigo Paolo, no harán más que granjearte enemigos muy peligrosos"... Y cuando Laurana recibe un segundo anónimo de muerte: "vaI per LA tua stradA se Non vuOI finire AL Cimitero" su consternada madre trata de impedir con sus imploraciones el sacrificio ritual a que su hijo se está exponiendo. Pero Paolo, locamente enamorado de Luisa, confiando en que la atractiva viuda vive ahora la investigación del crimen con el mismo entusiasmo que él, empeñado y comprometido por el amor con que ella también parece corresponderle, aceptará una entrevista con el padre de Roscio, anciano amargado e invidente, que en realidad odia a Luisa, quien lo ha llevado hasta él. Paolo y el anciano, que no desea que ella se halle presente en la conversación que mantendrán, aunque Laurana sigue sin sopesar  minuciosamente los motivos de rencor hacia su nuera, sale con el anciano invidente a la terraza de la casa. Allí atiende sobrecogido la sórdida confidencia con que colma su curiosidad el padre del doctor asesinado, quien, finalmente, y a fin de exorcizar los demonios que han atormentado la vida matrimonial de su hijo con Luisa, pone en manos de Paolo Laurana una pequeña llave para que busque en su escritorio un diario oculto. En el mismo consta la laboriosidad clandestina de "Cosa Nostra" y los nombres de los poderosos ciudadanos y confidentes involucrados en aquel órgano de ilegalidad mafiosa, capaz de preparar una conjura contra cualquier sospecha sobre su  "Movimiento" delictivo y de infligir un sangriento castigo como el que han llevado a cabo con su hijo Antonio Roscio. El entristecido y desencantado suegro de Luisa entrega a Laurana el diario a fin de que lo use a favor de la lucha emprendida contra los asesinos de su hijo. A Laurana, que no ha dudado ahora en aceptar una nuevas entrevistas en Palermo con Laura Roscio (incluso viéndose espiados extrañamente por Rosello) le sigue moviendo una vehemente y conmovedora escrupulosidad por el cumplimiento de la ley, e insiste  en que todo el peso de la misma debe caer por fin sobre los autores del doble asesinato. Y sin asomo alguno de sospecha, dejando tras él cualquier inquietud con respecto a la mujer que ama, cree poder seguir velando, como el amante perfecto, sobre todos y cada uno de los sórdidos actos que han dado lugar al silenciado odio de Luisa por todos sus conciudadanos;  y que tanto ella como él habrán de brindar muy pronto por el éxito esclarecedor de ignominioso homicidio. Cuando Laurana pone en manos de su amante el diario con los nombres de los componentes de "Cosa Nostra", celosamente guardados por su suegro, Luisa Roscio contendrá a duras penas las arcadas. Y ruega a Laurana que lo guarde celosamente, porque el peligro puede ser ya inminente para ambos.

































































LA DESAPARICIÓN DE PAOLO LAURANA
































Pocos días después del descubrimiento del diario,  Paolo se cita nuevamente por teléfono con Luisa. Ella le recogerá en su coche. Mientras Paolo aguarda a su amante, se siente observado. Una vez en el lugar de encuentro, Luisa presiente también que ambos están siendo espiados, y temerosa propone a Laurana salir de Palermo. Ya en el interior del automóvil, Paolo le informa de que está dispuesto a acudir a la policía para efectuar la entrega del comprometedor y terrible documento. Luisa se siente aterrorizada ante las palabras de Laurana. Parten hacia las afueras de Palermo, y se detienen en una zona próxima al mar. Ella duda sobre la peregrina idea de acudir a la policía. Salen del automóvil, discuten ante lo arriesgado del acto que Laurana pretende llevar a cabo. Sabe que si el comprometedor documento de su fallecido esposo sobre "Cosa Nostra" acaba en manos de las autoridades, sus vidas se hallarán en las garras vengativas de la mafia. Luisa, desesperada ante la idea, sufre un desmayo. Paolo trata de reanimarla, y luego no puede resistir la tentación de abrazarla. Inesperadamente y con un violento desdén, Luisa se desembarazará de Paolo como si se sintiera víctima de una tropelía infame. Es la suya una  explosión colérica  que la despoja de todos los atractivos que le concediera aquel sueño de piedad y alocado deseo amoroso de Laurana por ayudarla. El transfigurado rostro de Luisa reprueba de manera enérgica la conducta de Paolo. Es ahora el suyo un semblante que monopoliza y orienta su mirada en una desviación insospechada de repugnancia. Corre hacia el automóvil. Es entonces cuando la realidad de los hechos cobran allí la conmoción gloriosa y perversa de las mentiras de la viuda Roscio. Y Paolo, replegándose en un sombrío horror, observa a la mujer que ama, cuya malignidad e hipocresía adquieren, finalmente, una transparencia inesperada ante sus ojos. Todo se hallaba planeado desde el principio. Lívida, dura y mezquina, movida por una sombría y delictiva indiferencia hacia Paolo Laurana, las manos de Luisa se engarfian ahora en los documentos que se hallan en el interior del automóvil, y blandiéndolos como una vieja espada de venganza, los arroja a tierra, de donde inmediatamente serán recogidos por varios individuos que aguardan a que Luisa Roscio huya. Su imagen impasible pasará ante Paolo como  la dura servidumbre del viento que aúlla en la tormenta. Y el coche se aleja llevándose consigo el festín de belleza, ternura y sensualidad, a todas luces fingido por ella durante todas aquellas laboriosas jornadas indagadoras. Una vez urdido el engaño, resuena el grito de Paolo Laurana frente a los sicarios que le aguardan y lo arrastran hacia su fin: una pequeña caseta del guardián de una cantera que será explosionada por los esbirros de "Cosa Nostra" . Y será de nuevo la muerte la que agote la fiebre ruin de los amos desconocidos... "¿Paolo Laurana?, ¡bah!, no era más que un cretino", comentan muchos de sus conciudadanos varios días después, poco interesados en el fin que haya podido tener... Es un día de fiesta en el "paese", sin rincones para la memoria, porque el pueblo vuelve a contemplar blandamente la hermosura de la viuda de ceño indomable: Luisa Roscio contrae feliz matrimonio con su primo, el “avvocato” Rossello, de quien ha estado enamorada desde que era una "inocente bambina”... 


  





INOLVIDABLE SINGULARIDAD INTERPRETATIVA




GIAN MARIA VOLONTÉ  – 9 de abril de 1933, Milán –6 de diciembre de 1994, Florina, Grecia- (Paolo Laurana): Abocado al examen de conciencia más minucioso frente a la turbia amalgama de una perniciosa cotidianeidad que se sume en la sinrazón de los postulados mafiosos de su país, se aplica a la investigación de un crimen truculento, de los muchos que completan el vindicativo retablo social de la Sicilia profunda. Laurana desafía así los tentáculos de la vasta y poderosa organización de “Cosa Nostra”, frente a una jungla de intereses y prejuicios siempre embrutecidos por la amenaza, el miedo y el más servil de los silencios. Una implacable crudeza centra, pues, su atención en el hombre que, considerado como ser social, y a caballo entre el romance y el conflicto de conciencia, caerá víctima del mismo suceso sangriento que trata de esclarecer. Y cuando las sistemáticamente llamadas “instituciones respetables” y la abyecta colectividad en que está inserto, dinamiten su apremiante necesidad por allanar el camino a una sociedad más justa, Laurana, frente a su verdad desgarradora, vivirá el horror de la res sacrificada en el matadero.




Gian Maria Volonté, (Premio Nastro d'Argento 1968, por su actuación en "A ciascuno il suo", Sindacato Nazionale dei Giornalisti Cinematografici Italiani), deriva en una dirección interpretativa inesperada, intuitiva y fecunda. Se expone con paciente complejidad psicológica a la trascendencia retórica del romanticismo, y frente a la ambigua dimensión humana del amor es capaz de mostrarse  como hombre de apariencia ingenua, cuya sensualidad sufre el precio doloroso que le impone la vida en un país moralmente subdesarrollado como en el que vive. No obstante, en su planteamiento del interrogante sobre la culpabilidad y la injusticia criminal, a pesar del vasallaje pueblerino, ofrenda un virtuoso y no menos genial lenguaje interpretativo al manifestar sus atormentados conflictos éticos en los que se ve inmerso, pero aceptando con total independencia el peligro que lo amenaza. Volonté modula así, de forma admirable, su acostumbrada pero siempre atractiva furia expresiva, dotando a Paolo Laurana de un aliento casi lírico cuando es capaz de medirse, ante los impetuosos conflictos que irremisiblemente lo enfrentarán a la venganza homicida que promueve “Cosa Nostra”, a su implacable crueldad y su sinrazón,  a la mojigatería religiosa, puritana e hipócrita que azota su mundo, y al  arma subrepticiamente corrosiva del amor que acabará por traicionarlo.           























IRENE PAPAS: de nombre real Irini Lelekou - 3 de septiembre de 1926, Chilimodion, Corinto, Grecia- (Luisa Roscio) Belleza y carisma de indolente e inquietante mirada y gestos fieros. Capaz de cumplir con el rito secular que a la mujer siciliana le impone el pueblo. Así, soporta el dolor de su impuesta viudez, por medio del crimen, sin proferir palabra de queja; su aflicción, falsa o cierta, se mantiene ajena a las manipulaciones vindicativas que en Sicilia tan sólo se atenúan con la violenta penitencia de la muerte. Pero Luisa Roscio, asediada pasionalmente por su conciudadano y profesor en el Liceo de Palermo, Paolo Laurana, acepta complacida la promesa por parte del maestro de llevar a cabo una minuciosa investigación que pueda llegar a aclarar el homicidio del que ha sido víctima inocente su marido Antonio Roscio. Tal connivencia con su inesperado amante a quien, pese a todo, no otorga sus favores, puede acarrearles innumerables y agitadas complicaciones. La devoción de Laurana hacia Luisa  alcanza el paroxismo cuando, finalmente, la única e irrefutable fuente de información sobre el crimen llega de manos de su suegro, anciano invidente que la odia. Descubierta la conjura de “Cosa Nostra”, Luisa Roscio será capaz de actuar  con un tacto sutil, sin prejuicios e intrigante. Paolo Laurana no podrá, finalmente, paralizar el riesgo emprendido. Y no recogerá más que el latido frío de un  cruel rechazo por parte de la mujer que ama. Luisa Roscio acompaña sus últimos actos con el sigiloso ritual del escorpión. Es la asalariada apetecible de la impureza legalista que impera en la isla. La sierva que se vende al poder, al engaño, y a la promesa fanática de quien rige cualquier pueblo siciliano con su agorero yugo de muerte. 



Irene Papas: actriz insigne dotada de una sensual dureza nunca sofocada. Trágica solemne, de inquietante imagen, dotada de una belleza desbordante, vampírica y cargada de temibles presagios, cuyos personajes complejos y atormentados se ajustan a un inconformista arquetipo de “femme fatale”, pero cuyas sugestivas mutaciones de valor “catártico” frente al drama, se hallará, en cada uno de los personajes que ha encarnado, en perpetuo duelo con los placeres y emociones eróticas que condicionan la felicidad o infelicidad de los hombres. Pese a todo, su espléndida imagen, no menos inspiradora de una aniquiladora pasión carnal, y que suele asistir a procesos de autodestrucción, hipocresía y malignidad, como su Luisa Roscio, desde una perspectiva ética, arropa, no tan sólo sediciosos, sino igualmente tiernos alegatos de amores  prohibidos frente a los prejuicios libidinosos de la moral mediterránea de la cual es fascinante heredera. Tutelada por directores de todas las nacionalidades que han sabido potenciar su erotismo de gran dimensión sexual, aunque muy lejano del soporte físico que mitificaran sus vecinas, la“maggioratas latinas”, y que recogería turbulentamente su compatriota, la sugestiva Melína Merkoúri,  la transferencia emotiva que la lanza como una llama sagrada desde su Grecia natal hasta reencontrar su verdadero "Yo" más complejo, surgido también de los mitologías mediterráneas, en cada una de sus inolvidables interpretaciones, se enzarza definitivamente en un forcejeo moral entre Eros y Thanatos, entre el deseo y la frustración.






GABRIELE FERZETTI: nacido como Pasquale Ferzetti en Roma, Italia, el 17 marzo de 1925. Su personaje como el "Avvocato” Rosello, posee la arquetípica aptitud conciliadora del prócer siciliano, siempre amistoso, tolerante, algo ambiguo, favorecido por esa coraza protectora que en la isla se erige como patrimonio exclusivo de los varones de buena posición. Rosello siempre se complace en adoptar una actitud teatral, irónicamente respetuosa hacia sus conciudadanos, como en el caso de Paolo Laurana, cuya aversión hacia la violencia imperante en el “paese” examina carente de todo entusiasmo,  aunque en su dicharachera, cultivada y atenta conversación planee cierta  apesadumbrada connivencia,  como reacción normal de todo hombre que defienda los valores  culturales y sociales del raciocinio humano frente al primitivismo sanguinario que en Sicilia cobra su más infamante pontificado. Rosello posee también el tono firme y dogmático que el amo emplea frente al siervo. Su rostro nunca se congestiona. Detenta ese racionalismo admirable que jamás apoyaría la menor actitud criminal. Y representa esa peculiaridad tan mediterránea del taumaturgo que despierta la más fervorosa de las devociones entre los hombres y ciertas emociones encubiertas en las mujeres. Pero sus actos adquieren un protagonismo ancestral cuya ambigüedad moral nadie conoce en realidad. Una orgía liberadora de peligrosos anhelos soterrados, de prejuicios y sinrazones, arropan las apasionadas  “relaciones íntimas entre el ”avvocato” Rosello y su Sicilia natal.


Gabriele Ferzetti: patrimonio del clasicismo cinematográfico italiano a finales ya de la década de los 40, y uno de los galanes más importantes que engrosarían la galería de actores masculinos en los años 50 y 60. Ferzetti cimenta una reputación de intérprete prestigiosamente sobrio, naturalista y de elogiable contención, capaz, no obstante, de dotar a sus personajes de una atractiva e inextricable matización psicológica, y por ello mismo casi siempre marcados por cierta penumbra inquietante. Un director fuertemente individualizado, postneorrealista y que, pese a todo, no ocultara su admiración por el naturalismo negro francés, como Michelangelo Antonioni, adscribe a Gabrielle Ferzetti a un medio y a un ambiente social de porte elegante que estimularía decisivamente su desarrollo interpretativo ("Le amiche", 1955, "L'Avventura", 1960), y su gran atractivo popular. No obstante, la acusada personalidad del actor aprovecharía la gran tradición agresiva, sarcástica y crítica del cine italiano, y rehuiría las no menos tradicionales y populares del melodrama, encarnando todas las virtudes del silencio, de los deseos inconfesables y perversiones entre turbios ambientes belicistas, mafiosos, o de cuanta dureza impondrían las nuevas luchas sociales de Europa. 
ELIO PETRI:  Nace en Roma el 29 de enero de 1929. Curtido en los sinsabores de pertenecer a una familia humilde, siendo ya niño expone su insaciable ansia de justicia social que revela la dimensión más genuina del futuro director cinematográfico, quien no dudaría en tratar de arremeter con violencia contra los convencionales cánones establecidos por la civilización burguesa, capitalista y corrupta de la nueva Italia; y ante la cual se rebelaría, con la más viva de sus inquietudes, por medio de aquel nuevo vehículo cultural que sería el cine.

Expulsado por sus razones políticas de la escuela San Giuseppe Merode, situada en un barrio obrero próximo a la Piazza di Spagna, y regentada por sacerdotes, no tarda en involucrarse en la organización juvenil del "Partido Comunista Italiano". Petri, gran observador de esa sociedad de posguerra maltratada por el automatismo de una clase media que se ve sometida a los mecanismos sociales con que un  corrupto capitalismo empieza a imponerse en toda Europa, se entrega con pasión a proyectos culturales que le abocarán al periodismo y a la cinematografía. Medios de los que se valdrá para dinamitar los protocolarios discursos de una nueva política desencadenadora de todo tipo de escándalos y de una flamante y dura degradación moral de la sociedad. Tras el fracaso de la Revolución Húngara de 1956, y el sometimiento de dicho país a las directrices soviéticas, abandona su militancia aquel mismo año.

Irresistiblemente atraído por el Séptimo Arte, en 1949 sus primeras críticas cinematográficas se publican en el periódico comunista “L’Unitá”. A los 23 años colabora con el famoso director italiano Giuseppe De Santis, para quien efectúa una serie de entrevistas con las que poder documentar la película “Roma ore 11”, 1951. Contratado ya como guionista por De Santis, Petri dirige 2 documentales: “Nasce un campione” , 1954, y “I sette contadini”, 1957.




Con 30 años, Petri frecuenta la famosa "Osteria Fratelli Menghi" situada en la bohemia Via Flaminia, 57, de Roma, una especie de cenáculo artístico que recordaba al ambiente parisino de Montmartre, y en el que se daban cita escritores, poetas, pintores, guionistas y directores de cine. Dispuesto a elegir entre las actividades artísticas de las que allí empieza a formar parte, decide consagrarse definitivamente al Séptimo Arte, y con 32 años, en 1961, dirige su primer largometraje "L'assassino", de tema policíaco, y al que se añade, con gran audacia experimental, un analítico estudio psicológico de su controvertido, solitario y no menos sospechoso protagonista. Un inquietante Marcello Mastroianni presta su gran hacer interpretativo a la primera  película de Petri. El film, que fracasó en taquilla y hoy ha sido revalorizado por las grandes filmotecas europeas, tuvo que enfrentarse a la incompetente intolerancia de la censura que consideró el simbolismo homicida escasamente coherente y falto de toda lógica en la acción.


Tras contraer matrimonio en 1962 con Paola Pegoraro, y pasando así a convertirse en yerno del productor cinematográfico Lorenzo Pegoraro, dirigiría aquel mismo año "I giorni contati", film demoledor, de oscuros simbolismos, cuyas imágenes, como metáforas del angustioso "determinismo" al que parece abocarnos en más de una ocasión la existencia humana, alcanzan un gran valor conceptual en su dura exposición de la crisis existencial que vive su protagonista, un pobre soldador de la ciudad de Roma, magníficamente interpretado por el famoso actor de reparto Salvo Randone, en el que sería su primer papel como protagonista absoluto. En su tercera realización, "Il maestro di Vigevano", 1963, basado en una afamada novela de Lucio Mastronardi, asistimos por primera vez de la mano de Petri a uno de los elementos más perseverantes de la cinematografía italiana de los 60: la concepción destructiva del popular universo doméstico con sus miserias y tantas veces escasas grandezas. La estabilidad económica de un vulgar maestro de escuela, amante de su poco remunerado trabajo, se verá constantemente atenazada por la ambición materialista de una esposa egocentrista y por ende escasamente comprensiva. Con ese toque casi neorrealista, el que debería ser estadio racional y adulto del barómetro socio-familiar se deshumaniza entre la debilidad y la servidumbre de las no menos complejas realidades que los problemas económicos imponen en el hogar. La gran interpretación de Alberto Sordi polariza todas las frustraciones albergadas en su mísera existencia como maestro de Vigevano. Y el inconformismo que espolea y estimula la rebeldía femenina como esposa ególatra, dispuesta a todo para huir de su humillante vida doméstica, que casi alcanza el valor catártico miserabilista que impuso, como ya se citó, el neorrealismo, se centra esta vez en el virtuosismo interpretativo de la extraordinaria actriz inglesa Claire Bloom (que ya afianzada en la pantalla grande gracias al Free Cinema Inglés) se concreta de nuevo como gran protagonista, esta vez por medio de Elio Petri, en la cinematografía italiana, revestida de todas las cualidades que dieran soporte físico al mito.







  
















En 1965 realiza "La decima vittima", con Marcelo Mastroianni, Ursula Andress y Elsa Martinelli, basado en un relato fantástico de Robert Sheckley, con decorados de toque futurista. Los conflictos estilísticos de su puesta en escena resultan casi grotescos y empalagosos, y el film fracasa estrepitosamente. Muchos de los productores que habían financiado sus últimas películas empiezan a mostrarse disconformes con las inquietudes experimentales de Petri, por lo que éste decide reemprender los derroteros tradicionales del cine político que tanto le atrajera en los inicios de su carrera. Su vocacional renovación política se verá recompensada con la extraordinaria adaptación de la novela de Leonardo Sciascia "A ciascuno il suo", 1967, que produce Giuseppe Zacariello, dueño de la empresa Cemo Film. El vigor realista del gran actor Gian Maria Volonté imprimirá su sello más personal en muchas de las siguientes realizaciones de Elio Petri: "Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto", 1970, con la que conseguiría el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes en su XXIII Edición 1970, y el Öscar de Hollywood a la mejor película extranjera.  Además, con el citado film se iniciaría la que Petri denominó su "Trilogía del Poder", a la que seguiría, también con Volonté, "La classe operaia va in paradiso", Palma de Oro en Cannes 1971, ex-aequo con "El casso Mattei" de Francesco Rosi.












El film de Petri fue estrenado en la Muestra Internacional de Cine Libre Porretta Terme.Volonté y Petri, al término del la proyección debatieron con los operarios de la factoría DEMM, dada la polémica que suscitó la película al subrayar la rigurosa concepción sociológica de una infamante explotación fabril y la alienación a que se veían sometidos los obreros. El director francés Jean-Marie Straub, que había asistido al estreno del film, indignado por el azote reivindicativo en favor de la maltratada clase proletaria que mostraba la película de Petri, opinó que todas las copias de dicho film debían ser quemadas.








Con "La propietà non è più un furto", 1973, esta vez interpretada por Ugo Tognazzi, Petri finalizó su Trilogía. En 1976 dirigiría, volviendo a adaptar una novela de Leonardo Sciascia,  "Todo modo", de nuevo con Marcello Mastroianni y Gian Maria Volonté. "Le buone notizie" de 1979, sería su última película. Durante los preparativos de su próxima realización "Chi illumina la grande notte", con Mastroianni, enfermó de cáncer, muriendo en Roma a los 53 años, el 10 de noviembre de 1982.









Elio Petri: « Feci il film per quest'essere "A ciascuno il suo" il sensuoso e ironico ritratto d'un intellettuale umanista e sessualmente incompetente.»...






Toda concesión a la violencia nos abre caminos muy diversos. "Cosa Nostra" se convierte, gracias a la pluma de Sciascia y al rigor descriptivo con que Elio Petri la traslada a la gran pantalla cinematográfica, en testimonio escalofriante de una realidad social y delictiva asfixiante. Sus resonancias fascistas cobran la imponente solemnidad formal de un cáncer maligno y el himno panteísta a su único dios: "la Naturaleza del poder". La irascibilidad homicida que encubren las conciencias petrificadas por los estamentos mafiosos siguen latiendo y perviviendo, pues, como una lacra social que jamás será extirpada. En el nutrido círculo de sus misteriosas causas y razones pocos hombres se han atrevido a bucear, ya que el diagnóstico e investigación de su inquietante fenómeno no posee más raíz social que el de un trasfondo de desatada virulencia jamás superada, y una postura hostil siempre encaminada hacia el asesinato. Un héroe sencillo como Paolo Laurana capaz de fraguar planes que pongan al descubierto los resortes delictivos y elementos sádicos de "Cosa Nostra" deberá, por tanto,  resucitar al viejo mito de Prometeo, que por intentar robar el fuego sagrado caerá abatido por el terrible castigo divino que le impone ese mismo fuego. Asimilada la ominosa lección que ofrenda Sciascia, "A ciascuno il suo", como factor dramático determinante y vindicativo de tan patético "paese" como  puede llegar a ser el siciliano, las imágenes cinematográficas cobran en manos de Elio Petri un inquietante y nocivo acento de veracidad como gran ventanal abierto a la cruel  irracionalidad que en Sicilia han impuesto siempre los artífices de la mafia. Así, pues, una lúcida amargura, de ribetes escabrosos, engrandece este soberbio espectáculo cinematográfico, realzado además por la contundente y privilegiada naturalidad de sus inolvidables intérpretes. ¡Impactante e imprescindible!


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