domingo, 10 de septiembre de 2017

Women in Love and Mahler ("Mujeres enamoradas" y "Mahler"

El aura de genialidad en el que anduvo involucrado el siempre discutible, cuando no criticado (hasta con saña) quehacer cinematográfico de Ken Russell, ha quedado hoy relegado a la más cruel de las desmemorias. No es fácil, por ello, mantener cierto fervor al ¿incomprendido? (difícil conjetura) talento de Russell. Fue, y sigue siendo, un director barrocamente desaliñado, que rozó cierto grado de locura surrealista (cuyo maestro indiscutible fue el gran Luis Buñuel), y que no dejó de rozar en infinidad de veces [hasta caer en ellos] los amenazadores límites del ridículo. No es de extrañar por tanto que su testamento cinematográfico ande por ahí repartido en algunos films que, como ya se ha indicado, parecen la obra de un enajenado mental.

Pero, un día, allá por la década de los 70, (y como impulsado por un amor tan sublime como el que sintió por ciertas Verdades con mayúscula, y con las que tantas veces se trata de pergeñar el retrato definitivo del hombre cuyo mayor enemigo es él mismo, sin dejar por ello de seguir creyéndose -y probablemente sea así- poseedor de esas únicas Verdades), a Ken Rusell le llega esa jornada angustiosa de ponerse a prueba a "si proprio", sin ser infiel a sus ideas. Y no duda en convencerse de que a él no le mueven consideraciones de corrientes cinematográficas defendidas por colegas más metódicos y ordenancistas, sino los riesgos comprobables y los choques permanentes de los más rabiosos excesos que, como todos sabemos, no ayudan a favorecer las relaciones humanas, y que antes bien propenden a marginar a todos esos hombres y mujeres que se atreven a disentir de todo lo creado a la luz del sol, mientras se permiten los turbios negocios que con la carne y el pensamiento el hombre lleva a cabo en la oscuridad, sin ser perseguido.

De la gran literatura a la esplendidez de las imágenes.
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Y Ken Rusell decide lo que muchos llaman "renovarse de raíz" y adaptar al celuloide al controvertido, riguroso y severo crítico de moralidades pacatas D.H Lawrence, hecho un poeta en toda la extensión de la palabra, y dejando azorado incluso al más despistado de los cinéfilos. Russell se adentra en la tortuosa e impresionante novela de Lawrence "Women in Love", y acaba convirtiéndola en un prototipo cinematográfico, maravilloso y emocionante, con un equipo de fotografía, música, decoración y actores geniales. Toda ella se convierte así en una auténtica exaltación de sentimientos desesperados y resueltos sin los menores titubeos. Una adaptación literaria nada superflua, que pugna por expresar el desafío de sus personajes entre una exposición precisa y una equilibrada escala de valores que pueden resultar tan equívocos como liberadores, pero, sin lugar a dudas, inmensamente atractivos y necesarios. Y frente al prodigio de la imagen, tratada aquí con infinita sabiduría, no caben, pues, ni el menor escrúpulo ni vacilación alguna. 

D. H. Lawrence: "Women in Love"
"... Allí, bajo los árboles, frente a la iglesia, había un pequeño grupo de gente expectante., aguardando a ver una boda. La hija del principal propietario del distrito, Thomas Crich, iba a casarse con un oficial de marina. Volvamos, dijo Gudrun a su hermana. Está ahí toda esa gente... No te preocupes, dijo Úrsula, son buena gente. Todos me conocen... Los carruajes empezaron a llegar. Los invitados a la boda iban a pasar por la alfombra hasta llegar a la iglesia... Llegó Gerald Crich. Era un tipo bastante apuesto, bien hecho y casi exageradamente vestido Gudrun se fijo en él al instante. Había algo septentrional  que la magnetizaba. Su virilidad, como de lobo joven, jovial y sonriente, no la cegó para la significativa y siniestra fijeza de su porte. "Su totem es el lobo", se repitió ella. "¿Estoy realmente elegida específicamente para él de algún modo,, alguna luz ártica que sólo nos envuelva a ambos?", se preguntó a sí misma. Las damas de la novia estaban allí, pero el novio no había llegado todavía. Úrsula conocía a una de ellas. Una mujer alta, lenta y renuente, con una cabellera rubia y un rostro pálido y largo. Era Hermione Roddice, una amiga de los Crich, que se unió ahora a la comitiva junto a Gerald. Era rica, llevaba un traje de terciopelo sedoso y frágil. Era impresionante, pero al mismo tiempo macabra y repulsiva. Las gentes enmudecían cuando ella pasaba. Úrsula la contempló con fascinación. Era la mujer más notable de los Midlands. Era una mujer de la nueva escuela, densa y llena de intelectualidad, roídos los nervios por la consciencia. Tuvo diversas intimidades de mente y alma con varios hombres de capacidad. Entre esos hombres Úrsula sólo conocía a Rupert Birkin, que era uno de los inspectores del condado. Hermione ansiaba a Rupert Birkin. Ambos habían sido amantes. Y durante todo ese tiempo ella se encontraba establecida sobre la arena. Estaba torturada por el miedo, por los recelos. Se ponía guapa, luchaba muy duro por alcanzar aquel grado de belleza y ventaja capaz de convencerle a él. Pero Birkin era perverso también. Luchaba por quitársela de encima, siempre intentaba quitársela de encima. Cuanto más se esforzaba ella por acercársele, más luchaba él para rechazarla... Birkin estaría en la boda; era el padrino del novio. Finalmente, apareció el carruaje. La novia exclamó con súbita y burlona excitación, "¡Tibs! ¡Tibs!..." Él echó una ojeada  y luego reunió fuerzas para unirse a ella que agitaba su ramo. ¡Cómo va tras ella!, gritaron las mujeres vulgares, súbitamente arrastradas al juego... Úrsula se volvió para mirar la figura de Rupert Birkin. Su cuerpo era estrecho, pero bien formado. Aunque estaba vestido correctamente para su papel, había una incongruencia innata que provocaba un leve matiz de ridículo en su aspecto. Su naturaleza era lúcida y separada, no pegaba para nada en la ocasión convencional... Úrsula deseaba conocerle más. Había hablado con Rupert Birkin una o dos veces, pero sólo al nivel profesional de su función como inspector del colegio. Ella pensaba que él parecía reconocer algún parentesco entre ambos, una comprensión natural, tácita, el uso de un mismo lenguaje. Pero la comprensión no había tenido tiempo para desarrollarse. Y algo la mantenía distante de él, al mismo tiempo que la atraía a él. Había cierta hostilidad, una última y escondida reserva en él, fría e inaccesible. A pesar de todo, ella deseaba conocerle. ¿Qué piensas de Rupert Birkin?, preguntó algo a disgusto a su hermana Gudrun. No quería ponerle en tela de juicio....¿Que qué pienso de Rupert Birkin?, repitió Gudrun. Pienso que es atractivo... decididamente atractivo. Lo que no puedo soportar de él son sus modales con otras gentes, su manera de tratar a cualquier pequeña estúpida como si la respetase absolutamente. Una se siente espantosamente vendida... ¿Por qué lo hará?, inquirió desconcertada Úrsula... Porque carece de una verdadera facultad crítica con la gente en cualquier caso, respondió Gudrun. Ya te lo digo, trata a cualquier tontita como nos trata a ti o a mí..., y eso es demasiado insulto... Oh, lo es, dijo Úrsula. Es preciso discriminar...Uno debe discriminar, repitió Gudrun. Pero en otros aspectos es un tío estupendo, una personalidad maravillosa. Sólo que no se puede confiar en él... Sí, afirmó Úrsula distraída. Se veía siempre forzada a asentir a los pronunciamientos de Gudrun, incluso cuando no estaba totalmente de acuerdo."
"Volviendo a casa desde la escuela, por la tarde, las muchachas Brangwen descendían la colina entre los pintorescos caseríos de Willy Green hasta llegar a la encrucijada del ferrocarril. Encontraron allí cerrado el portón, porque el tren de la mina se estaba acercando. Mientras esperaban apareció Gerald Crich trotando sobre una yegua árabe blanca. Resultaba muy pintoresco, al menos a los ojos de Gudrun, sentándose suae y próximo a la esbelta yegua, cuya larga cola fluía sobre el aire. Saludó a las dos muchachas y se acercó al cruce para esperar la apertura del portón, mirando por los carriles hacia el tren que se acercba. La locomotora resopló lentamente entre los bancos escondida. A la yegua no le gustaba. Comenzó a encabritarse, como si le doliese el ruido desconocido. Pero Gerlad la sujetó y mantuvo su cabeza junto al portón. Las explosiones del ruidoso motor rompín sobre ella con más y más fuerza. Empezó a temblar de terror. Saltó hacia adelante como un muelle súbitamente suelto. Pero una mirada brillante y sonriente llegó al rostro del Gerald. Úrsula y Gudrun se echaron hacia atrás. Pero Gerald estaba sólidamente  sobre la yegua y la forzó a ponerse de nuevo en su sitio. ¡Estúpido!, exclamó en voz alta Úrsula. ¿Por qué no se aleja hasta que haya pasado. Gudrun le estaba mirando con los ojos dilatados, fascinados. Como si quisiera saber lo que podía hacerse, la locomotora apretó los frenos y los vagones rebotaron sobre los parachoques de hierro, golpeando como horribles timbales. Ya yegua abrió la boca y se alzó lentamente, como elevada sobre un viento de terror. ¡No...! ¡No...! ¡Deje que se vaya! ¡Estúpido, Estúpido!, exclamó Úrsula al límite de su voz, completamente fuera de sí. Una mirada agudizada apareció en el rostro de Gerald. Cayó sobre la yegua y la forzó a dar la vuelta. El animal rugía al respirar; su boca estaba abierta; sus ojos en un frenesí. ¡Y está sangrando! ¡Está sangrando!, gritó Úrsula, frenética de oposición y odio hacia Gerald. Gudrun miró, vio dos hilillos de sangre sobre los flancos de la yegua y se puso blanca... Gerald soltó en aquel momento al caballo y saltó hacia adelante, casi sobre Gudrun. Ella no tuvo miedo. Mientras él apartaba la cabeza de la yegua, Gudrun exclamó con una voz extraña, aguda, como de gaviota o como una bruja, gritando desde el lado de la carretera: ¡Pensaría que es usted un orgulloso...! Hombre y caballo galoparon ya con ligereza, y las dos muchachas les vieron irse..."

"Breadalby era una casa de estilo georgiano con pilares corintios, situada entre las colinas más suaves y verdes de Derbyshire... Era un lugar muy tranquilo, retirado de cualquier circuito turístico. Hacia tiempo que Hermione llevaba viviendo en la casa. Había abandonado Londres y Oxford buscando el silencio del campo. Su padre estaba casi siempre ausente, fuera del país... El verano estaba a punto de entrar cuando Úrsula y Gudrun fueron a pasar unos días con Hermione... ¡Es perfecto!, dijo Gudrun. Habló con algo de resentimiento en su voz, como si se viese cautivada a desgana, como esforzada a admirar contra su voluntad... Hermione llegaba rodeando los arbustos con Gerald Crich. Él era evindentemente su huesped del momento... Se sirvió el almuerzo bajo el gran árbol cuyos brazos gruesos bajaban hasta acercarse a la hierba. Estaban presentes la secretaria femenina, joven y esbelta, muy bonita, un instruido y seco varón que estaba siempre haciendo juegos de ingenio, Alexander Roddice, el hermano de Hermione y Rupert Birkin... La comida era muy buena, ciertamente. Gudrun, crítica en todo, la aprobó plenamente. A Úrsula le encantaba la situación. La mesa blanca junto al cedro, el aroma de la renacida luz solar, la pequeña visión del tupido parque con venados distantes pastando apaciblemente... La conversación transcurrió como un tronar de artillería ligera... Hermione había levantado su rostro y retumbó: M... m... no sé. Para mí el placer de conocer es tan grande, tan maravilloso..., nada ha significado tanto para mí en toda mi vida como cierto conocimiento... Una cosa fueron las estrellas, cuando comprendí realmente algo sobre las estrellas. Uno se siente tan alzado, tan desatado... Birkin la miró con una furia blanca. ¿Para qué quieres sentirte desatada?, dijo sarcásticmente. No quieres sentirte desatada. Hermione le observó ofendida... Sí, pero uno tiene ese sentimiento ilimitado, dijo Gerald. Es como subirte a la cumbre de la montaña y ver el Pacífico... ¿Les gustaría venir a dar un paseo?, dijo entonces Hermione a cada uno de ellos, uno a uno. Sólo Birkin se negó. ¿Vendrás a dar un paseo, Rupert?... No, Hermione... Pero ¿estás seguro?... Bastante seguro. Hubo una vacilación de segundos. ¿Y por qué no?, cantó la pregunta de Hermione... Porque no me gusta ir en tropel, como una manada, dijo Birkin. La voz de ella tronó en su garganta durante un momento. Luego dijo con una curiosa calma distraída: Entonces dejaremos al muchachito detrás, ya que está enfadado. Ella partió con el grupo, volviéndose sólo para agitarle el pañuelo y hacer ruiditos de risa, cantando ¡Adiós, adiós, muchachito!... Adiós, bruja impúdica, se dijo él... Hermione, aquella noche, bajó a cenar extraña y sepulcral. Sentada a la media luz del comedor, bien derecha entre las velas ensombrecidas de la mesa, parecía un poder, una presencia. Escuchaba con una atención drogada... Más tarde, se fueron todos juntos al salón, como si fuesen una familia. Gerald, alto y apuesto; Hermione como una larga Casandra, y las mujeres brillantes de color. A Úrsula le parecían todos brujos que ayudasen a servir el caldero. Y Birkin dominaba el resto. Hermione se levantó y tiró lentamente de la banda bordada en oro que colgaba junto a la chimenea. Parecía una sacerdotisa, inconsciente, hundida en un pesado semitrance. Entró un criado y pronto reapareció con trajes de seda, chales y pañuelos, en su mayoría cosas que Hermione había coleccionado gradualmente con su gusto por hermosas ropas extravagantes. Las tres mujeres bailarán juntas, dijo... Decidió hacer Naomi, Ruth y Orpah. Úrsula era Naomi; Gudrun Ruth, y ella Orpah. La idea era hacer un pequeño ballet, al estilo del ballet ruso de Pavlova y Nijinski. Comenzaron a bailar lentamente. Era la muerte por el esposo de Orpah. Entonces llegó Ruth y lloraron juntas lamentándose; luego Naomi vino a consolarlas. Todo ello se hizo sin palabras; las mujeres danzaron su emoción con gestos y movimientos. El pequeño drama prosiguió durante un cuarto de hora. La interacción entre las mujeres era real y bastante asustadora. A Hermione le encantaba. Gerald estaba excitado por la desesperada adhesión de Gudrun a Naomi. Y Birkin, contemplando como un cangrejo ermitaño en su agujero, había visto la brillante frustración e indefensión de Úrsula. Se sentía inconscientemente arrastrado hacia ellla. Ella era su futuro. Luego sonó una música húngara y bailaron todos, cautivados por el espíritu. Gerald se encontraba maravillosamente feliz en movimiento, moviéndose hacia Gudrun, y Birkin bailó rápidamente y con verdadera jovialidad. Era una danza convulsiva, especie de rag-time. Y cómo le odió Hermione por esta jovialidad irresponsable. No es un hombre, es un traidor, no es de los nuestros, se dijo la conciencia de Hermione..."
"... Hermione le observaba de soslayo. Birkin podía sentir violentas olas de odio y asco ante todo cuando él decía saliendo de ella. Eran odio y asco dinámicos que surgían fuertes y negros de la inconsciencia. Ella escuchó sus palabras en su yo inconsciente... Toda su mente era un caos golpeado por la oscuridad, donde lucha con un remolino de agua. Y entonces comprendió que la presencia de él, vengativa y que tanto daño le había hecho, la estaba destruyendo. Él era la pared. A menos que pudiese escapar moriría del modo más espantoso, emparedada en horror. Debía romper la pared..., debía romperle ante ella la horrenda obstrucción de él que obstruía la vida de ella absolutamente. Tenía que hacerse o ella perecería del modo más horrible. Recorrían su cuerpo terribles descargas semejantes a calambres, como si muchos voltios de electricidad la hubiesen alcanzado de repente. Era consciente de él, sentado allí silenciosamente, una obstrucción maligna, impensable. Sólo se ocupaba de su mente, oprimiendo su respiración; esa presencia silenciosa y de espaldas, la parte de atrás de su cabeza... Su mano cerró sobre una bola azul y hermosa de lapislázuli, usada como pisapapeles en su escritorio. La hizo girar y se levantó silenciosamente. El corazón era una pura llama en su pecho. Se movió hacia él y quedó de pie detrás durante un momento, en éxtasis. Él, encerrado dentro del hechizo, permaneció inmóvil e inconsciente. Entonces, rápidamente, en una llama que inundó su cuerpo como relámpago fluido y le proporcionó una satisfacción impronunciable, bajó la bola de piedra preciosa con toda su fuerza sobre la cabeza de él. Rupert, con enorme rapidez, con un movimiento de enterrarse, se cubrió la cabeza bajo el espeso volumen de Tucídides, y el golpe bajó rompiéndole casi el cuello y conmoviendo su corazón. Estaba conmovido, pero no asustado. Girándose para hacerle frente, tiró la mesa y se alejó de ella. Sus movimientos fueron perfectamente coherentes y claros, su alma estaba entera y sin sorprender. ¡No lo harás, Hermione!, exclamó Birkin.¡No te dejo!... La vio de pie, alta, lívida y atenta, aferrando tensamente la piedra en su mano. Apártate y deja que me vaya, dijo él acercándose. Ella se apartó como si hubiese sido movida por alguna mano, contemplándole todo el tiempo sin cambiar, como un ángel neutralizado haciéndole frente. No sirve, dijo Rupert cuando ya había pasado por delante de ella. No seré yo quien muera. ¿Oyes?, siguió mirándola hasta salir, para que no pudiese golpear de nuevo. Y él estaba en guardia, ella sin poder. Así se fue, y ella se quedó de pie... mientras él huía de la casa, desbordándose por las escaleras que daban al inmenso jardín..."  
"... Y cruzando el parque, Birkin se dirigió a campo abierto. El día brillante se había estropeado, caían gotas de lluvia. Paseó por una ribera salvaje donde había macizos de avellano, muchas flores, setos de brezo y pequeños haces de abetos jóvenes con suaves agujas. Era feliz en la ladera húmeda, demasiado crecida y oscura de arbustos y flores. Quería tocarlos todos, saturarse con el tacto de todos. Se quitó la ropa, paseó como si deseara que su cuerpo disfrutara de toda aquella pureza infalible. Y se sentó desnudo entre las flores, moviendo suavemente una mano sobre ellas, y luego su pie entre ellas, sus piernas, sus rodillas, sus brazos hasta las axilas, tumbándose y dejando que tocasen su vientre y su pecho. Su tacto era tan fino, fresco y sutil en toda la piel que le pareció que se saturaba con su contacto. Esto era bueno, muy satisfactorio. Ninguna otra cosa serviría, nada podría satisfacerle excepto esta frescura y sutileza de la vegetación viajando hacia la sangre de uno. ¡Qué afortunado era de que hubiese esa vegetación encantadora, sutil, atenta, esperándole como él la esperaba, que cumplido estaba, qué feliz!... Pensó en Hermione y el golpe. Notaba dolor a un lado de la cabeza. Pero, después de todo, ¿qué más daba? ¿Qué más daba Hermione, qué más daba toda la gente? Allí estaba esta soledad perfectamente fresca, tan encantadora e inexplorada. Realmente, qué error había cometido pensando que deseaba gente, que deseaba a una mujer. No deseaba una mujer... para nada. Las hojas, las flores y los árboles, ellos eran realmente encantadores, frescos y deseables; ellos entraban realmente en la sangre y se le añadían. Estaba ahora enriquecido inconmensurablemente y muy alegre."
"...Birkin empezó a hablar de nuevo: Aborrezco a la humanidad, desearía que fuese barrida. Podría desaparecer y no habría ninguna pérdida absoluta, aunque todo ser humano pereciese mañana. La realidad quedaría intacta. Más aún, quedaría mejor. El verdadero árbol de la vida quedaría libre entonces de la cosecha más horrenda y gravosa de frutos del Mar Muerto, la intolerable losa de millones de simulacros de gentes, el peso infinito de mentiras mortales.... Entonces, ¿querrías que todas las personas del mundo fuesen destruidas?, dijo Úrsula.... Ciertamente... ¿Y que el mundo permaneciese vacío de gente?... Sí, en verdad. ¿No te parece un pensamiento hermosamente limpio el de un mundo vacío de personas, vacío de gente, sólo hierba ininterrumpida y una liebre sentada?... La agradable sinceridad de la voz de Birkin hizo a Úrsula detenerse para considerar su propia proposición. Y realmente era atractiva: un mundo limpio, encantador, sin humanos. Era realmente deseable. Su corazón vaciló y sintió júbilo. Pero seguía estando insatisfecha con él... Pero estarías muerto. ¿De qué te serviría entonces?... Yo me moriría en el acto sabiendo que la Tierra quedaría limpia de toda la gente. Es el pensamiento más hermoso y liberador. Que nunca habría otra humanidad hedionda creada para una profanación universal... No, dijo Úrsula, no habría nada.... ¿Qué? ¿Nada? ¿Sólo porque la humanidad fuese barrida? Te engañas a ti misma. Existiría todo... Pero ¿cómo, si no habría gente?... ¡Piensas que la creación depende del hombre! Sencillamente no es así! Están los árboles, y la hierba y los pájaros. Prefiero con mucho pensar en la alondra despertándose de mañana sobre un mundo sin humanos. El hombre es un error, debe desaparecer. Está la hierba, y las liebres, y las víboras, y los anfitriones invisibles, verdaderos ángeles que se mueven libremente cuando una humanidad sucia no les interrumpe..., y buenos demonios de tejido puro, ¡muy agradable... Gustó a Úrsula lo que él dijo, le gustó mucho, como una fantasía. Por supuesto, era sólo una fantasía agradable. Ella sabía demasiado bien la realidad de la humanidad, su horrenda realidad. Sabía que no podía desaparecer tan limpia y convenientemente. Le quedaba todavía mucho camino por hacer, un camino largo y espantoso... Sólo con que el hombre fuese borrado de la faz de la Tierra, la creación proseguiría maravillosamente con un nuevo comienzo no humano. El hombre es uno de los errores de la creación..., como el ictiosaurio. Bastaría con que desapareciese otra vez y surgirían cosas encantadoras de los días liberados, cosas salidas directamente del fuego... Pero el hombre nunca desaparecerá, dijo ella con conocimiento insidioso, diabólico, de los errores de la persistencia. El mundo se irá con él... Pero, ¿no crees tampoco en el amor individual, aunque no creas en el amor por la humanidad?... No creo en el amor para nada..., es decir, no creo más en él que en el odio y el pesar El amor no es algo que uno pueda proponerse..., es una emoción, uno la siente o no la siente, según la circunstancia... ¿Por qué entonces te preocupas por la gente, preguntó ella, si no crees en el amor? ¿Por qué de la humanidad?... ¿Que por qué? Porque no me puedo librar de ello... Porque la ama, persistió ella. Birkin se irritó. Sí, la amo, dijo él. Es mi enfermedad... Pero es una enfermedad de la que no quieres curarte, dijo ella con algo de fría burla. Él quedó silencioso ahora, sintiendo que ella deseaba insultarle. ¿Y si no cree en el amor, ¿en que crees?, preguntó ella irónicamente, ¿Simplemente en el fin del mundo y la hierba?..."

"... En Shortlands encontró a Gerald de pie en la librería con la espalda hacia el fuego, tan inmóvil como un hombre completo y vacuamente desasosegado, radicalmente hueco. Era muy amargo para Gerald, que hasta entonces no había conocido jamás ese aburrimiento, que había ido de actividad en actividad sin detenerse jamás. Ahora gradualmente todo parecía estar deteniéndose en él. Ya no deseaba hacer las cosas que ofrecían estímulo. Él rumiaba en su mente qué podría hacer para salvarse de esa miseria de nulidad, para aliviar la tensión de ese vacío. Y sólo había tres cosas capaces de activarle, de hacerle vivir. Una era beber o fumar  hashish, la otra ser calmado por Birkin, y la tercera las mujeres. Cuando vio a Birkin su rostro se iluminó con una sonrisa súbita, maravillosa... Gerald se sentó junto al fuego. ¿Qué estabas haciendo?, preguntó Birkin. ¿Yo?, nada. Estaba mal justamente ahora, todo parece venir de canto, y no puedo trabajar ni jugar. No sé si será un signo de vejez... ¿Quieres decir que estás aburrido?... No sé si estoy aburrido. No puedo concentrarme en nada. Y siento que el diablo está o muy presente dentro de mí o muerto... Birkin levantó la vista y le miró a los ojos. Podías intentar golpear algo... Gerald sonrió... Quizá, si encuentro algo que merezca ser golpeado... Olvidas la lucha, dijo Birkin... Supongo que sí, dijo Gerald. ¿Has boxeado alguna vez?... No, creo que no, dijo Birkin. Gerald levantó la cabeza. Pensé que podríamos celebrar un asalto. Quizás es cierto que deseo golpear algo. Es una sugestión... ¿Y piensas que podrías golpearme a mí?, dijo Birkin... ¿A ti? Bueno..., quizá..., no sé. De un modo amistoso, naturalmente. Siento que si no me ando con ojo me descubriré haciendo algo estúpido... ¿Por qué no hacerlo?, dijo fríamente Birkin. Gerald escuchó con rápida impaciencia. Seguía mirando a Birkin, como si buscase algo en el otro hombre. Yo solía hacer algo de lucha japonesa, dijo Birkin. Vivía con un japonés y me enseñó algo... ¡Caramba!, exclamó Gerald. Esa es una de las cosas que jamás he visto. ¿Quieres decir jiu-jitsu?... Intentaremos entonces el jiu-jitsu. Pero me temo que no podrás hacer mucho dentro de una camisa almidonada... Desnudémonos entonces para hacerlo adecuadamente. El criado de Gerald apareció entonces y trajo una bandeja, depositándola sobre la mesa. No entre más, dijo Gerald. La puerta se cerró. Entonces ¿nos desnudaremos y empezaremos? ¿Prefieres beber algo antes?... No, no deseo beber... Ni yo. Gerald cerró el cerrojo de la puerta y apartó los muebles. El cuarto era grande, con espacio de sobra, espesamente alfombrado. Entonces se quitó rápidamente sus ropas y esperó a Birkin. Este, blanco y delgado, se aproximó a él. Ahora te enseñaré lo que aprendí y lo que recuerdo. Déjame cogerte así... Y sus manos se cerraron sobre el cuerpo desnudo del otro. Al momento siguiente había volteado con ligereza a Gerald, que quedó cabeza abajo contra su rodilla. Relajado, Gerald se puso de pie de un salto con ojos chispeantes. Eso es ingenioso, dijo. Inténtalo otra  vez... Los dos hombres empezaron a luchar. Eran muy distintos. Birkin, alto y estrecho, de huesos muy finos y delgados. Gerald, mucho más pesado y plástico. Sus huesos eran fuertes y redondos, sus miembros redondeados, todos sus contornos estaban hermosa y plenamente moldeados. Parecía tenerse en pie con un peso adecuado sobre el rostro de la tierra, mientras Birkin parecía tener el centro de gravedad en su propia mitad. Y Gerald tenía una fuerza rica,, como friccional y más bien mecánica, pero repentina e invencible, mientras Birkin era abstracto hasta el punto de ser casi intangible. Chocaba con el otro invisiblemente, sin parecer tocarle apenas, como una tela, pero de repente atacaba de un modo tenso y bello que parecía penetrar hasta la médula misma del ser de Gerald.... Así se entremezclaron y lucharon el uno contra el otro, más y más cerca. Era como si toda la inteligencia física de Birkin penetrase en el cuerpo de Gerald, como si su energía fina y sublimada penetrase en la carne del hombre más lleno como una especie de potencia, lanzando una red fina, una cárcel, sobre los músculos y hacia las profundidades mismas del ser físico de Gerald. Siguieron luchando veloz y apasionadamente, resueltos y sin mente al fin. Una y otra vez se oía un agudo jadeo o un sonido semejante a un suspiro, el ruido extraño de carne escapando bajo carne... Al final, Gerald quedó tumbado de espaldas, inerte, alzándose su pecho con un gran jadeo lento, mientras Birkin se arrodillaba sobre él casi inconsciente. La tierra parecía balancearse y oscilar, y una oscuridad completa estaba cubriendo su mente. No sabía qué pasaba... Sin embargo, Gerald estaba aún menos consciente que Birkin. Esperaron oscuramente, en una especie de no-ser, durante muchos minutos desconocidos, sin contar... Me sorprendió, jadeó Gerald, la fuerza que tienes. casi sobrenatural... Durante un momento, dijo Birkin. Su espíritu se aproximaba. Y la violenta palpitación de la sangre en su pecho estaba aquietándose, permitiendo a su mente el regreso. Comprendió que estaba apoyándose con todo su peso sobre el cuerpo suave del otro hombre. Sacó la mano para sujetarse. Tocó la mano de Gerald, y la mano de su amigo se cerró cálida y repentina sobre la de Birkin. Permanecieron exhaustos y sin aliento con las manos entrelazadas estrechamente... Pero, luego, la mano de Gerald se retiró lentamente. Fue una verdadera lucha ¿no?, dijo Birkin. Vive dios, que sí, respondió Gerald... Somos íntimos mental, espiritualmente; en consecuencia, debiéramos ser íntimos también físicamente, en mayor o menor medida..., es más completo, propuso Birkin... Es bastante asombroso para mí, dijo Gerald... Sí, afirmó Birkin, aunque no sé por qué tendría uno que justificarse... Los dos hombres empezaron a vestirse... También pienso que eres bello, dijo Birkin a Gerald, y eso es gozoso. Uno debiera gozar de lo que es dado... ¿Piensas que soy bello?...¿Quieres decir físicamente, preguntó Gerald con destellos en los ojos... Sí. Tienes un tipo septentrional de belleza, como luz reflejada desde la nieve, y un cuerpo bello, plástico. Sí, existe eso también para ser gozado. Deberíamos gozar de todo, fue el razonamiento de Birkin... No sé, rió Gerald... En cualquier caso, uno se siente más libre y más abierto ahora..., y eso es lo que deseamos, afirmó algo decepcionado Birkin... Ciertamente, dijo Gerald taxativo... Birkin no dejó de observar la hermosa figura del otro hombre, apuesto en la elegante prenda que ahora  vestía, y se quedó pensando en la diferencia entre ellos..." 

La fortaleza interior de sus personajes nos golpea, nos reconforta, nos deprime, y nos hunde tanto en la ira como en la emoción. Un retrato duro, turbio, sensual y revalorizador del mundo de D.H. Lawrence, cinematográficamente inusual a todas luces. Cine que acaba penetrando en la casa del espíritu, para mostrar los pliegues más profundos de la conciencia y el velo más sutil de la ironía sexual. La persistente sensación física a través del contacto diurno, entre una escala de valores social y moralmente precisos, primero entre hombres y mujeres. El odio-amor que la orgullosa  Hermione Roddice -Eleanor Bron- vuelca sobre el hombre al que se halla prometida. La joven maestra Úrsula Brangwen -Jennie Linden- sensible, expectante y confiada, inevitablemente atrapada en el poderoso sentimiento amoroso que el amante de Hermione despierta en ella, pese a las primeras y frías reticencias de él, que parece mostrarse neutralizado y poseído por aquella altanera mujer triunfante, sutilmente demoníaca que es Hermione, como si fuese su destino indiscutible. Y más tarde, amparados por la oscuridad, valiéndose de la necesaria amistad, entre hombre y hombre. Seres del mismo sexo que, bajo la luz nocturna, parecen refugiarse así de ciertas presiones sociales insoportables. Entregándose incluso a una encubierta carnalidad que se vale, en este caso, de una amistosa y desnuda lucha cuerpo a cuerpo. Desnudez que enmascara ciertas afinidades secretas inaceptables en el marco de la Inglaterra "Edwardiana". Y que no impide, pese a todo, que aflore la identidad homosexual de su principal protagonista, Rupert Birkin, que un grandioso Alan Bates asume sin vacilaciones, perfectamente ilustrada por su labia ingeniosa, culta, desafiante y férreamente antiburguesa. Gudrun Brangwen, el sensual personaje femenino que interpreta Glenda Jackson (y por el cual fue "Oscarizada") tratará, como Rupert, de liberarse del puritanismo social y agobiante que la asfixia, y no duda en penetrar en el laberinto del ingenio, de claves simétricas a las de Rupert Birkin. Así, movida siempre por un fetichismo obsesivo y personalismo hacia una intelectualidad por aquel entonces vedada a las mujeres, no cejará en su búsqueda de ese nuevo renacer a la belleza liberadora, sin importarle sacrificar su sensualidad, y decidida a aceptar que es mucho mejor hundirse en las arenas movedizas de ciertas devociones prohibidas en compañía del excéntrico homosexual Loerke (que interpreta el inquietante Vladek Sheybal), disfrutando de sus actos insolentes y de su privilegiada inteligencia, en cierto modo incongruente y maniática, y, por supuesto, de su intelectual cinismo, tan mordaz como despiadado con los prejuicios de la época. A través de Loerke, el subversivo y despreocupado bufón que jamás exigirá de ella las complacencias del sexo, se acentúan en Gudrun las características más acusadas y fuertes de su inconformismo, de una oculta, dura y hostil sensibilidad, y de su profundo hastío sexual, que la enfrenta al personaje atormentado y débil de Gerald Crich (gran composición interpretativa de Oliver Reed), su adinerado pretendiente, al que, una vez demostrado su más hondo desprecio por él y su mediocridad, no dudará en abandonar empujándole al suicidio. El destino reparte así sus cartas peligrosamente en "Women in Love". Únicamente Rupert Birkin y Gudrun Brangwen, sabiendo que no hay lugar para augurios felices, se atreven a gritar sus insatisfacciones a los cuatro vientos, y a rehuir, con sus respectivas rebeldías, las estructuras con que les oprime una sociedad turbia, hipócrita, y reaccionaria. Y en la que se fomentan las insoportables mascaradas de una vida enclaustrada en el engaño, la cursilería, y una moral oscurantista. "Women in Love" resquebraja así los que parecían indestructibles cimientos de cuantos principios morales asfixiaban aquella pacata Inglaterra "Edwardiana".
Alan Bates-Rupert Birkin 
Oliver Reed-Gerald Crich
Jennie Linden- Ursula Brangwen
Eleanor Bron-Hermione Roddice

GLENDA JACKSON
Nacida el 9 de mayo de 1936 en Birkenhead, condado de Merseyside, Gran Bretaña. En 1992 decidió retirarse de la actuación para dedicarse a la política. En 2008 entró a formar parte del Parlamento Británico en el Partido Laborista.
Hija de un constructor y de una limpiadora. Pudo educarse en el West Kirby County Grammar School para chicas, y allí, en su adolescencia, perteneció al Townswomen's Guild, grupo dramático donde inició sus pinitos interpretativos. En 1954 logra formar parte de la Royal Academy of Art Dramatic,  e inicia su debut en 1957 con la obra de Terence Rattigan "Separate Tables", formando parte del repertorio de la Royal Academy durante seis años. Aparece en "This sporting Life"1963, de Karel Reisz, su primer papel cinematográfico. En 1965 se une a la compañía del director teatral Peter Brook, en sus representaciones de "Theatre of Cruelty". E interpreta a Charlotte Corday, la asesina del revolucionario Marat, en la obra de Peter Weiss "Marat-Sade. La obra se representa en Broadway en 1965 y en París sucesivamente. Y en 1967 Glenda Jackson retoma su papel en la versión cinematográfica de 1967. Ese mismo año inerpreta a Ophelia en la versión teatral de "Hamlet" dirigida por el prestigioso Peter Hall. Su magnífica caracterización de la joven Ophelia recibió magníficas críticas, en especial de Penelope Gilliat, que aseguró que Glenda podría haber sido al mismo tiempo un perfecto Hamlet. Fue importante su aportación interpretativa en "Tell me lies", dirigida por Peter Brook en 1968, irónica protesta británica contra la guerra del Vietnam. Ese mismo año protagonizó el drama psicológico "Negatives", dirigido por Peter Medak, que funcionó mal en taquilla pero le valieron un gran reconocimiento interpretativo a la joven promesa Glenda Jackson.
Actriz ya celebrada como enérgicamente indómita, es elegida por Ken Russell para encarnar en la pantalla a la heroína de la novela de D.H. Lawrence "Women in Love", 1969, Gudrun Brangwen al que da vida apasionadamente, capaz de reconfortar, deprimir, mostrarse implacable y áspera, y entregarse a las emociones más inesperadas sin recato ni vergüenza, siempre dotada de una fuerza interior admirable y seductora, en un film en el que las perpetuas obsesiones amorosas humanas pueden llevar a sus personajes a auténticos deliriums tremens Glenda Jackson y su protagonismo se enzarza así en una pugna de propósitos tan amorales como de honda intelectualidad, ofreciéndonos una visión insólita de su dominio carnal ante el sexo opuesto. Merecidamente premiada con el Oscar de Hollywood a la mejor interpretación femenina, repetiría con Ken Russell en "The Music Lovers", 1970, un controvertido biopic de la atormentada vida sexual del músico ruso Piotr Illish Chaikovski, dando vida a su despechada esposa Antonina Miliukova. El polémico film de Russell pretende mostrarse en todo momento como una realización minuciosa y perfeccionista en su exagerado discurso ideológico con respecto a las posturas eróticas contrapuestas de sus dos personajes principales. La homosexualidad patente de Chaikovski, encarnado por el famoso galán de la época Richard Chamberlain, que incurre en el desprecio más absoluto por avenirse a complacer las necesidades sensuales de su esposa Antonina, y las consecuencias dramáticas que provoca en ella, hasta arrastrarla a la locura. Fue un proyecto trabajoso y complicado, un love story de cierta infernal negrura, un tanto inasimilable para el contradictorio espectador de la época, que no logró superar la ardiente experiencia casi panteista, en la que también se entrecruzaban los sentimientos eróticos humanos con una fuerza casi espontánea, y dotada del fascinante look inglés, de su inolvidable antecesora "Women in Love".

Tras intervenir en 1971 en  la BBC televisiva, encarnando a la reina Tudor en la serie "Elizabeth R", consigue el premio Emmy a la Mejor Actriz en una Serie Dramática y Mejor Intérprete en una miniserie. Papel que repetiría ese mismo año junto a Vanessa Redgrave en "Mary, Queen of Scots" de Charles Jarrott. 

 













 Glenda, que ya parece tocada por un halo mágico, interviene en 1971 en "Sunday bloody sunday" de John Schlesinger, y "A touch of class", 1973, comedia de trama poco complicada para un sofisticado romance sin baches aparentes, dirigida en 1973 por Melvin Frank junto a George Segal. La Jackson, convenientemente adaptada al americanismo imperante, subraya su efectividad interpretativa, su carácter fuerte y yéndose por las ramas de la comicidad de amores cargados muchas veces de mala milk, consigue su segundo Oscar de la Academia. En 1975 vuelve a ser nominada por la obsesiva empatía con que aborda la personalidad de la heroína del dramaturgo Henrik Ibsen "Hedda Gabler" dirigida por Trevor Nunn. Seguirían "The romantic englishwoman" de Joseph Losey,  "The incredible Sarah", como la diva Sarah Bernhardt que dirige Richard Fleisher, de nuevo un estadounidense y "Nasty Habits",1977, junto a Melina Mercouri y Geraldine Page, concediendo una visión insólita de un convento de monjas donde dos de ellas, hermana Alexandra (Glenda) y hermana Gertrude (Melina), luchan denodadamente para ponerse a la posición de cabeza del cenobio. En 1984 es nominada al Golden Globe por la miniserie televisiva, "Sakharov", dirigido por Jack Gold, junto a Jason Robards. Glenda Jackson asume espléndidamente el drama de altura que significó ponerse en la piel de la famosa Yelena Bonner, activista de los derechos humanos en la Rusia Soviética. De nuevo para la televisión británica caracteriza de forma descarnada y angustiosa el rol de principal en "La casa de Bernarda Alba", la obra cumbre de Federico García Lorca, dirigida por Stuart Burge y la española Nuria Espert. Recibió la Orden del Imperio Británico en 1978, y en 1992 se retira de la interpretación para ejercer sus funciones como miembro del Parlamento Británico.

Compendio de belleza extrema, lúcida, inteligente, enérgica y compleja en todos y cada uno de sus empeños interpretativos, muy alejada de los clasicismos cinematográficos al uso, Glenda Jackson se convertiría en uno de los más brillantes mitos cinematográficos ingleses. La resuelta asimilación de sus fascinantes personajes han alcanzado así su máxima plenitud, recorriendo la potente familia del Séptimo Arte con una infinita sabiduría que hicieron progresar el lenguaje del cine en cuantos films intervino.

Mahler




"Mahler", como películas tardía de Ken Rusell,  aún nos coge, sin embargo, por sorpresa. Contiene todavía algo de aquella compostura infinita y bella que tuvo "Women in Love". Naturalmente, la música del gran compositor a quien está dedicada la engrandece. Hay en este biopic un homenaje a "Morte a Venezia" del gran Luchino Visconti que nos conmueve. Otro desmadre de Mr. Russell, teniendo en cuenta que Mahler desapareció mucho antes de que su genial "Adaggieto" sirviera de fondo a film tan majestuoso. Pero, no importa. Puestos a revalorizar todo lo que en el film se trata de ofrendar, sin excesiva retórica, sino más bien como ilustrador melodrama surrealista, sobre la torturada existencia del genial músico que fue Gustav Mahler, hace progresar, desde su primigenio arrojo, el lenguaje incomparable del cine, que tantas veces ha brillado con especial encanto en las reconstrucciones de ese gran teatro de la memoria histórica y de quienes la han protagonizado.

Robert Powell se cree su personaje y lo vive a conciencia. Las escenas surrealistas, por ser tan psicopáticas, tienen su picazón, ¡y ahí quedan! Los flashes naturalistas de la vida del gran Gustav son magníficos. ¡Y la música, un manjar de dioses!
¿Hay que agradecer a Ken Rusell que se atreviera a tanto? ¡Pues sí!...







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