domingo, 17 de enero de 2016

The member of the wedding (El miembro de la boda-Frankie y la Boda) -Final-

Doce años no permiten calcular los errores de la propia estima. Y la prudencia adulta se nos echa encima como una bruma espesísima. Es una densa borrasca para la infancia que nunca cuenta con la porción de días que le restan por vivir. Y erigiéndose como una lucha contra la lentitud de esos mimos días, abusa de los caracteres inquietos que ya desde la niñez no "se dejan vivir". La inteligencia y sus sentidos únicamente atesoran sueños que todo lo disculpan. Sueños infantiles que, cerca ya de la pubertad, insisten en apartar todas las sombras entre las que, siendo niños, existimos sin darnos cuenta, porque en la infancia el juicio claro de las cosas es lo de menos. El juego lo disculpaba todo. Pero cuando la inocencia va tras los años como un bergantín al abordaje, se vuelve de pronto, voluble e ingrata con su tiempo pasado, de corta niñez, y empezará a valerse de estratagemas para alejarse lo antes posible de aquellos sueños borrosos, buscando, con nuevas preguntas sobre la vida, fantasías de nuevo cuño. ¿Se puede estar contento a los doce años cuando el cariz de los acontecimientos que nos rodean es presentido con actitud de trágica desesperación, donde al parecer nadie nos presta atención, y nos sentimos perdidos en esta especie de roca solitaria en la que, así llegamos a creerlo, parece haberse convertido el mundo?...


"... Aquella mañana era una mañana distinta a todas las mañanas que había conocido jamás. Y, entre todos aquellos hechos y sentimientos experimentados la noche anterior frente al pequeño John Henry, que se había dormido sin entenderla, lo más fuerte de todo era ahora su necesidad de ser conocida en su verdadero ser y aceptada." (C. McCullers)... Había tomado su vieja bicicleta en dirección al centro del pueblo. Se entretuvo con un trabajador que estaba arreglando la calzada y la conocía. El olor de alquitrán derretido y de la grava ardiente, y el estrépito del tractor, llenaban el aire de ruidosa y sofocante excitación. El hombre, no obstante,  prestó atención a la alegría que Frankie experimentaba aquella mañana: el relato de la boda de su hermano cobraba vida, surgía con una desordenada ligereza de su boca, porque su plan estaba ya trazado. Y no cabían recriminaciones. Siguió pedaleando entre las aceras bordeadas de flores. El sol ardía como una plancha de hierro sobre su cabeza. Su vestido de organdí blanco, sobre la empapada combinación que se le pegaba al cuerpo, estaba húmedo, y, en algunos puntos, pegajoso. Cuando las callejas tortuosas del barrio quedaron lejanas, se abrió ante ella la calle Mayor, cuyas aceras estaban recocidas y medio desiertas bajo el tremendo resplandor blanco que desprendía el sol en aquel cielo veraniego sin nubes. Se detuvo en la tienda de su padre, muy bien situada a dos puertas de la citada calle. Era una pequeña relojería con lindas joyas de bisutería y relojes, todo ello expuesto en el escaparate. Detrás del mismo estaba el mostrador de trabajo de su padre, y al pasar por la acera se le podía ver trabajar, con la cabeza inclinada sobre los diminutos relojes y sus manos morenas moviéndose cuidadosamente sobre las piezas de los mismos. Frankie sabía que al señor Addams, su padre, se le podía considerar un personaje del pueblo, a quien todo el mundo conocía de vista y de nombre. Pero como no era un hombre orgulloso, jamás levantaba la vista de sus relojes cuando algunos transeúntes se detenían a observar su labor en el interior de la relojería. Frankie había aparcado la bicicleta junto a la puerta, se secó el sudor y entró en la tienda con aire alegre y esperanzado. Su padre, no obstante, la recriminó, preguntándole dónde había estado toda la mañana, porque Berenice había llamado ya dos veces para intentar localizarla. Frankie comentó que se había estado paseando por todo el pueblo. El señor Addams aconsejó a Frankie que lo mejor que podía hacer ahora, dado el calor abrasante de la mañana, era que volviera a casa, y la niña insistió en recordarle que le había prometido que podría comprarse un vestido para la boda, y también medias y zapatos. "Encárgalos en Mac Dougal y que luego me pasen la nota", accedió su padre. Frankie contempló largamente con cariño a su bondadoso progenitor. Pronto, después de la boda, abandonaría el pueblo en compañía de los recién casados, y sintió como una necesidad de besarle. "Te escribiré, papa", se despidió la chiquilla, mientras su padre, sin escucharla, seguía atareado escudriñando las interioridades de un reloj que trataba de arreglar.



El vestido de Frankie


... "Cuando vas a enseñarme el vestido que te has comprado para la boda?", había preguntado Berenice a Frankie. "Tengo ganas de ver qué has elegido..." Frankie esperaba sorprenderla al igual que a John Henry, que aguardaron impacientes mientras la muchacha había acudido presurosa a vestirse... Poco después gritaba: "¡No abráis los ojos hasta que os lo diga"! Era como si las cuatro paredes de la cocina, además de Berenice y John  Henry, esperasen con impaciencia contemplarla con el atavío elegido para el domingo de la boda. Berenice y John Henry aguardaron con la cabeza gacha, aunque el niño miraba disimuladamente. De pronto, se corrió la cortina del cuarto donde Frankie se había engalanado, y apareció ante ellos con la mano izquierda en la cadera. John Henry fue el primero en exclamar: "¡Qué preciosidad!", pero Berenice, observando a Frankie, la contempló de arriba abajo, pasando por la cinta de terciopelo blanco que la niña se había colocado sobre su corto cabello, hasta aquella especie de traje de noche de raso amarillo que le llegaba hasta los pies, calzados ahora con sus nuevos escarpines plateados. Pero no dijo nada, aunque no dejó de menear la cabeza con ligeras sacudidas de desaprobación: "Bueno, ahora decidme vuestra opinión", inquirió ilusionada Frankie, observando a Berenice que no dejaba de demostrar con su mirada el desconcierto que le había ocasionado aquella horrible facha que ahora lucía la chiquilla. "¿Qué pasa?", esperó Frankie. Berenice repuso que esperaba que se hubiera comprado un vestido rosa más acorde con su edad. "Sí, respondió Frankie, pero cuando estuve en la tienda cambié de opinión. ¿Qué tiene de malo este vestido? ¿No te gusta, Berenice?. El ojo oscuro de la mujer la seguía escrutando con total desaprobación: "No, no me gusta, ... no va para nada..." Frankie se miró en el espejo de la cocina. Según ella el vestido era precioso: "¿Qué quieres decir con eso de que "no va"?... La expresión de Berenice era tan tozuda como la de una vieja mula: "Pues exactamente eso; que no va". Y enfrentándose a la ilusionada Frankie, siguió con su agria diatriba: "Bueno, pues si tú no eres capaz de verlo, yo no sé cómo explicártelo. Mírate la cabeza, para empezar. Llevas el pelo rapado como un presidiario y te atas una cinta de terciopelo alrededor de la cabeza pelona" Frankie trató de disimular su encono contra Berenice, añadiendo que aquella noche iba a lavarse la cabeza, y que trataría de hacerse rizos. Berenice se rió al tiempo que exclamaba: "Pero mírate los codos. Te pones un vestido de noche de persona mayor, de raso amarillo, y llevas una costra negra en los codos. ¿Acaso pega una cosa con la otra?" Frankie se cubrió la costras de los codos con las manos, y se encogió de hombros, mientras Berenice le aconsejaba que lo más conveniente, para no hacer el ridículo, era que devolviera aquel horrible vestido que -insistió- no le "pegaba para nada" Frankie adujo, displicente: "No puedo devolverlo. Lo he comprado de saldo y no admiten devoluciones". Ante aquel problema, Berenice no tuvo más remedio que aceptar la opción de Frankie, y trató de buscar remedio al desaguisado. "Bueno, quizás podamos ajustarlo mejor por la cintura y veremos qué se puede hacer con él"... "Creo que lo que te pasa es que no estás acostumbrada a ver a nadie con traje de noche", se defendió la niña, y Berenice con su habitual gracejo autoritario, le respondió: "A lo que no estoy acostumbrada es a ver gente vestida de árbol de Navidad en agosto"... John Henry que andaba curioseando las compras de Frankie, refrendó las palabras de Berenice: "Es verdad, el vestido de Frankie parece un árbol de Navidad". Y su prima se encaró con él, insultándole: "¡Eres más falso que Judas! Ahora mismo estabas diciendo que era precioso. ¡Más falso que Judas, eso es lo que eres!" Luego le sacó la lengua, y John Henry le devolvió el gesto. Volviendo a su vestido, insistió: "¿De veras crees que no me está bien? A mí me parece muy bonito y apropiado para la boda. En serio, Berenice, dime tu sincera opinión". Berenice no dio su brazo a torcer y repitió con tono acusador: "¡Nunca he visto a nadie menos razonable! Me preguntas mi opinión sincera y te la doy. Luego vuelves a preguntarme y te la doy otra vez. Pero lo que tú quieres no es mi verdadera opinión sino que opine bien de algo que sé que está mal. ¿Qué manera de obrar es esa?... Frankie se encolerizaba de nuevo, añadiendo que lo único que quería era "estar muy guapa". Y Berenice acabó por aceptar, a fin de acabar con el tema que tanto le disgustaba: "Pues sí,... estás muy bien. Es bonito lo que parece bonito. Estás bastante guapa para ir a la boda de cualquiera, menos a la tuya. Entonces, si Dios quiere, estaremos en condiciones de hacerlo mejor. Lo que tengo que hacer ahora  es buscar un traje nuevo para John Henry y ocuparme de lo que tengo que ponerme yo..." John Henry, que había aprovechado la discusión entre ambas, apareció disfrazado con unas extrañas alas, como un ángel navideño. Berenice rió la gracia del niño, y Frankie siguió observándose al espejo, sin prestarle atención. Más tarde, desafiante, aunque tratando de ocultar su decepción ante las apreciaciones que hiciera Berenice con respecto a su lujioso atuendo, acudió a desvestirse, y apareció de nuevo en la cocina, sudorosa, y vestida con su clásica combinación veraniega...


Sin entendimiento posible

"A ver, ¿de qué estábamos hablando?"(se preguntaba ahora Berenice, movida por la significativa intención de despistar a Frankie, mientras servía el almuerzo y los tres se diponían a comer sentados ya a la mesa) "De cosas raras... Bien" (volvió a la carga con su maternal ironía Berenice) "Pues, por Dios que he visto y he oído cosas muy raras durante toda mi vida. Pero una cosa que nunca he oído decir desde que nací, ¡no señor!, es que alguien se haya enamorado de una boda. Y después de pensarlo mucho, he llegado a la conclusión (con la vista fija en Frankie) de que tú en lo que debes estar pensando es en un novio guapo"... (Frankie, turbada, estalló) "¡Yo no quiero ningún novio! ¿Para qué sirven? ¿Te refieres a algo como un soldado que tal vez me llevara al  "Blue Moon"?"... (Berenice contestó con juicio crítico) "¿Quién ha dicho nada de soldados? Hablo de un guapo muchacho blanco de tu misma edad. ¿Qué te parece el joven Barney, el de la casa de al lado?" (Frankie replicó con su tono ácido y provocativo) "¿Barney McKean? ¿Ese chico tan odioso?"... "El mismo" (Asintió Berenice) "Podrías arreglarte con él hasta que encontraras otro mejor"... (Frankie protestó escandalizada y casi ofensiva) "¡Eres la mujer más loca de la ciudad!" (Berenice se rió, exclamando) "¡El "loco llama al sano "loco"!" (Frankie volvió a encogerse de hombros y comentó misteriosa) "Él y una chica del vecindario van al callejón donde está el garaje de tía Pat. Creo que fuman o hacen algo. Y no dejan que nadie se acerque allí"... "¡Yo les vi una vez!" (confirmó con su intensa vitalidad inocente John Henry, y Frankie se mostró interesada) "¿Y qué hacían?"... (John Henry, cuya niñez vivía en el reflejo flotante de su mundo diferente y remoto, salió del atolladero con un gesto de ángel alado, por  cierto aún con las alas puestas) "No sé... yo no les vi fumar" (La mirada comprensiva de Berenice arropó la inocencia de los dos niños. De pronto, a través del barullo de las conversaciones mantenidas por los tres en la cocian, empezó a sonar una música estridente de piano desde la casa de enfrente. Era una melodía cascabeleante y absurda. Frankie empezó a protestar, mientras aquella matraca sonora se volvía a repetir una y otra vez.) "¡Uff, el afinador de pianos!" (Y Berenice replicó) "Esto es lo que nos faltaba para acabar de arreglarlo"... "¡Estoy de acuerdo!" (dignificaba el enfado John Henry, que parece decir "también estoy yo aquí, y me fastidia")... "O es la tonta de Mary Littlejohn con sus lecciones" (protestaba de nuevo Frankie, que se alzó de la mesa, cogió una especie de papelera de mimbre y se la colocó sobre la cabeza) "Me han dicho que en Houghtonville cuando quieren castigar a los locos, los atan y los obligan a escuchar al afinador de pianos"... "Podemos enchufar la radio" (acabó sugiriendo Berenice) "Así lo ahuyentamos"... (Frankie no se mostró entusiasmada) "Ahora no quiero escucharla. Pero te aconsejo que la pongas cuando me haya marchado de aquí" (fantaseó Frankie) "Estoy segura de que nos oirás hablar en la radio"... "¿Hablar? ¿A quién.. y sobre qué? ¿Se puede saber?" (se mostró sorprendida Berenice, y la niña alzó los hombros) "Todavía no lo sé exactamente, pero es probable que presenciemos algún suceso importante y nos pedirán que hablemos" (Berenice acabó riéndose, mientras John Henry, que se había quitado el disfraz de ángel, se apresuró también a interesarse inocentemente) "Frankie, ¿quién tendrá que hablar por la radio?" (Frankie aclaró sarcástica) "Cuando he dicho "nosotros", ¿pensabas que me refería a ti, Berenice, y a John Henry? ¿Hablar vosotros por la radio? Os juro que es lo más gracioso que he oído desde que nací"... "¿Por qué?" (se extrañó inocentemente John Henry, que no recibió contestación de su prima. Frankie aporreó ahora la radio, sabiendo que sus fantasías no tenían peso alguno. De pronto, el grupo de chicas que se había reunido en la casa de al lado para elegir a una nueva integrante del club pasaba por el jardín de los Addams, y John Henry exclamó) "¡Son las chicas del club, Frankie!" ... (Frankie, fuera de sí, se asomó por la ventana, gritándoles) "¿Por qué pasáis por mi jardín, cursis? ¿Cuántas veces tengo que deciros que no pongáis un pie en la propiedad de mi padre?"... (Las chicas salieron corriendo. Y John Henry, graciosamente, gesticuló amenazándolas con su puño en alto, gritando también) "¡Largaos de aquí!" (Berenice aconsejó con cariño a Frankie) "Yo, en tu lugar, ignoraría a esas chicas. Haz como si no las vieras pasar" (Frankie irritada, exclamó) "¡Ojalá se murieran todas!"... "Sabes Frankie, el tío Charles ha muerto"... "Ya lo sé, me lo dijo papá en la tienda" (dijo Frakie, e insistió) "¡Ojalá se murieran también todas ésas!"... "No deberías decir esas cosas" (reprobó Berenice) "Todos moriremos algún día" (John Henry, observando a Berenice, le preguntó con acento de gravedad) "¿Tú te moriras, Berenice?"... (Ella sonríó dulcemente) "Ya lo creo, cariño; todos tenemos que morir"... (John Henry empezó a mostrarse cada vez más preocupado) "¿Todo el mundo?...¿Tú te vas a morir, Frankie?" (La niña se volvió a encoger de hombros, y negó) "Lo dudo. La verdad, creo que nunca me moriré"... (John Henry conmocionado) "¿Qué es morir, Frankie?"... "Debe ser terrible estar muerto" (divagó Frankie). "¡Sólo negro, negro, negro!" (Berenice sentimental) "Así es, pequeños"... (John Henry) "Y tú, ¿a cuántos muertos conoces, Berenice?"... (Entonces respondió Frankie) "Yo conozco a seis muertos en total, sin contar a mi madre"... "Ludie Freeman también está muerto" (recordó de pronto John Henry al fallecido marido de Berenice. Frankie observó por un momento la mirada contristada de Berenice, tras pronunciar John Henry el nombre de su difunto esposo) "Sí, cariño"... (afirmó Berenice)... "Bueno, no sería justo que contara a Ludie, porque murió antes de que yo naciera" (Aclaró Frankie... Y del súbito silencio que se hizo a continuación, la muchacha observó a Berenice, que había tomado la escoba silenciosamente dispuesta a barrer la cocina, y dedujo que ahora estaba recordando a todas las demás personas muertas que había conocido. Los muertos andaban siempre por el corazón de Berenice, en especial el del hombre a quien más había querido en su vida: Ludie Freeman)  
 



Berenice y Ludie Freeman


 













(La voz de Berenice, mientras barría ahora la destartalada cocina, se expresaba con una voz tierna, predispuesta a abrir su corazón a los niños, que la atendían ensimismados, contándoles ese doloroso relato de su vida. Frankie no dudó en preguntarle) "¿Sueles acordarte muy a menudo de Ludie?"... (Berenice, con tristeza) "Sabes que sí. Pienso en aquellos maravillosos cinco años que pasamos juntos, y en lo mal que he estado desde que él murió. A veces desearía que Ludie nunca hubiera existido. Desde que se fue, estoy muy sola. Vuelvo del trabajo por la noche y me invade una terrible sensación de soledad. He intentado superar ese sentimiento con hombres miserables" (Frankie) "Pero T.T. no es un miserable"... (Berenice) "No me estaba refiriendo a T.T. Él es un caballero de color con mucha clase, que ha vivido en estado de gracia su vida". (La curiosidad pudo de nuevo con Frankie) "¿Y cuando vas a casarte con él?"... (Berenice negó riendo y barriendo) "No voy a casarme con él"... "Pero si acabas de decir que"... "Escucha, cariño, lo que he querido decir es que siento un profundo respeto por T.T., y que además le quiero sinceramente. Pero T.T. no logra hacerme temblar"... (Frankie se dirigió entonces a Berenice con una extraña expresión) "Oye Berenice, hay algo que quiero contarte. Es algo que me ha ocurrido hoy cuando paseaba por la ciudad. No sé cómo explicarte lo que quiero decir"... "¿De qué se trata"... (Berenice, dejando de barrer y John Henry, sentado frente a la mesa, atendieron ahora ansiosos el misterio que trataba de exponer la niña) "Verás... iba paseando en bicicleta por ese callejón que está entre las dos tiendas, el sol era abrasador, y cuando pasaba por allí, me ha parecido ver algo con el rabillo del ojo izquierdo. Una sombra. Doble y oscura. Entonces me ha venido a la mente con mucha claridad mi hermano y su novia, y he parado. apenas me atrevía a mirar a ver lo que era. Luego me he vuelto despacio. He mirado, ¿y sabes lo que había allí?" (John Henry tenía ahora la mirada fija en su misteriosa prima) "Sólo un par de muchachos, eso es todo. Pero ha sido una sensación muy extraña"... (Berenice observó ahora comprensiva a Frankie) "Esa es la historia más increíble que jamás me haya contado alguien"... "Pero, Berenice, lo que quiero decir es"... "¡Lo sé,... sé lo que quieres decir. Es algo que descubres en un instante con el rabillo del ojo. Crees haber visto algo. Un temblor te recorre el cuerpo. Te das la vuelta y te quedas de pie, sin saber qué mirar. Pero no es Ludie, no es quien tú quieres. Y por unos momentos te sientes como si hubieras caído en un pozo"... "¡Sí, eso es! Me parece extraordinario" (asintió Frankie, conmocionada. Y Berenice insistió ahora) "Eso es lo que me ha estado sucediendo a mí toda la vida. Y ahora, por primera vez, lo oigo explicado en palabras. Es lo que sucede cuando se está enamorado". (Frankie, desconcertada) "Quizás. No obstante, yo siempre he dicho que no creo en el amor". (John Henry intervino de pronto, con su habitual inocencia) "Yo tampoco creo en el amor". (Berenice, dejando la escoba optó por sentarse de nuevo a la mesa con los niños, y dijo) "Tengo que deciros una cosa, y se trata de un aviso. ¿Me oyes, Frankie? ¿Me oyes, John Henry?" (El pequeño asintió de inmediato) "Sí, te escucho Berenice"... "Primero quiero deciros que fui muy feliz. Ningún ser humano fue tan feliz como yo mientras estuve enamorada, y eso incluye a todo el mundo". (Frankie interesada) "¿Los cinco años que estuviste con Ludie?" (Berenice asintió emocionada) "Desde la mañana de otoño en que le vi por primera vez en aquel camino que había frente a la gasolinera de Campbell, hasta la noche en que murió. Noviembre de mil novecientos cuarenta" (Frankie intervino) "Justo el mismo año en que a mí me trajeron al mundo"... (Berenice siguió con el relato de su vida) "Era jueves. Jueves, alrededor de las seis. No me acuerdo del día, sólo del mes. Recuerdo que iba por el pasillo y abrí la puerta de la calle. Estaba oscureciendo. Se oía soplar el viento allá, a lo lejos. Luego regresé y me acosté en la cama de Ludie. Me tendí sobre su cuerpo,... sobre Ludie. Le rodeé dulcemente con mis brazos y puse mi cara sobre la suya. Me puse a rezar y le pedí al Señor que le contagiara todas mis fuerzas. ¡Todas mis fuerzas! ¡Todas!" (Sollozaba ahora Berenice) "Incluso le pedí al Señor que se llevara a otra persona. Pero que por favor, no se llevara a Ludie. Me quedé junto a él, y recé. Recé durante mucho tiempo. Hasta la noche. Pero esa noche murió. Os digo que Ludie murió. Ludie Maxwell Freeman murió". (Berenice, tratando de detener sus sollozos, empezó a musitar una melopea espiritual. Frankie, muy afectada por todo lo que acababa de oír, confesó) "Me parece que siento más la muerte de Ludie que la de cualquier otra persona. aunque no le conocí. Sé que a  veces debería llorar por mi madre, pero no puedo hacerlo. Pero sí por Ludie. Tal vez porque yo nací poco después de que él muriera". (Berenice se había levantado de la mesa, empezando a preparar la masa de las galletas que serviría en la boda. Frankie, como saliendo de un sueño, preguntó) "Ahora que recuerdo, ¿no querías avisarnos de algo?" (Berenice, sonrió) "Sí, ¿acaso no lo entiendes? Amaba a Ludie. Fue el primer hombre al que yo amé. A partir de entonces, me empeñé como una loca en recuperar lo que había vivido, y lo que hice fue casarme con los pedacitos de Ludie que iba encontrando en mi camino. Pero con la mala fortuna de que lo que encontré no eran los auténticos pedacitos. Ahora sé que la única intención era repetir aquel gran amor. ¿Lo entiendes?" (Frankie asintió) "Ya veo adónde quieres llegar. Pero no entiendo la relación que tiene todo eso conmigo"... "¿No? Pues te lo explicaré" (insistió Berenice seriamente) "Tú y la boda de mañana. Te lo he estado avisando. Sé lo que pasa por tu cabeza, no creas que no. Piensas que mañana, durante la ceremonia, vas a desfilar hacia el pastor al lado de tu hermano y su novia. Piensas que vas a ser la protagonista de la boda, y Dios sabe qué más piensas"... (Frankie empezó a ponerse frenética) "¡No!, ¿me oyes?,... no me veo caminando hacia el cura entre los dos". (Berenice volvió a la carga) "Lo veo a través de tus ojos. No me lo discutas. Y lo que intento decirte todo el rato es que si ahora estás enamorada de una cosa tan inaudita como una boda, ¿qué va a ser de ti después? Seguramente intentarás interferir en las bodas el resto de tu vida". (Frankie, fuera ya de sí, se tapó los oídos y empezó a gritar) "¡Me pone enferma oír hablar a la gente que no tiene sentido común! ¡Tú te limitas a hablar de Ludie, eso es todo, y no tiene nada que ver conmigo!" (Berenice siguió intentando hacerle comprender su error) "Tú misma te estás preparando una trampa que luego te causará graves problemas. Y tú lo sabes"... (Frankie insisitó en su decisión, un tanto extenuada) "¡Me llevarán con ellos! ¡Espera y verás!" (Berenice trató ahora de mostrarse más comprensiva con la obsesión de Frankie) "Yo sólo intentaba hacerte entrar en razón, pero veo que es inútil" (Frankie rebatió de nuevo los argumentos de Berenice) "¡Lo que pasa es que estás celosa, y lo que quieres es privarme del placer de dejar esta apestosa ciudad! ¡Eso es lo que te pasa!" (De pronto, volvió a sonar la melopea insoportable del piano de la casa de enfrente, y Frankie gritó desaforadamente) "¡Do! ¡Re! ¡Mi! ¡Fa! ¡Sol! ¡La! ¡Sí! ¡Sí! ¡Si!... Ese maldito piano va a volverme loca! ¡Va a volverme loca!" (Tras recorrer como un animal enjaulado la cocina, Frankie se volvió ahora a Berenice, ya más calmada) "Oye Berenice, no nos has contado nada más de Willis Rhodes. ¿Por qué te casaste con él? ¿Tenía el pulgar aplastado u otras cosas peores?"... "¡Qué va!" (repuso riendo Berenice) "Eso, eso habría sido lo de menos"... (Frankie siguió afirmando) "¿Sólamente fue entonces que te robó los muebles, y que se portó tan mal que tuviste que llamar a la policía?"... "No eso no es todo, siempre estaba huyendo de algo. Escuchadme" (se mostró misteriosa Berenice) "Imaginaos una noche muy fría de enero, si es que podéis. Estoy sola, tumbada en la cama de la sala porque es sábado por la noche, y todo el mundo ha salido. A mí, como ya sabéis, no me gusta dormir sola en una cama vacía. En fin, ya son más de las doce de esa fría y cruda noche de invierno"... (John Henry observó a Berenice con expetación, asintiendo con la cabeza) "Pues bien, de pronto se oyen pasos en la calle y un ¡tac! ¡tac! en la ventana. Entonces"... (Berenice, de pronto, lanzó una sonora carcajada, mientras Frankie inquiría atenta) "¿Y qué más? ¿Qué más pasó?"... (La voz de Berenice resultaba ahora jocosa e irónica) "¡Vaya!, ¿qué os pasa? ¿Qué estáis mirando de ese modo? Perdonadme. De repente había olvidado que sois todavía unos niños"... (Frankie insisitó enfadándose) "Pero ¿qué pasó?" (Berenice aparcó el relato, y exclamó) "Vamos, pequeños, amasemos la pasta de las galletas para la boda" (Frankie y John Henry se miraron desconcertados, hasta que la muchacha dio un golpe sobre la mesa, acto que John Henry imitó, y se lamentó) "Si hay algo que me revienta especialmente es que alguien empiece a contar algo, se gane el interés de la gente y luego se calle".  (Berenice sonrió) "Lo admito y lo siento mucho. Pero esta es una de esas cosas  que de pronto he descubierto que no puedo contar ni a ti ni a John Henry"... "¿No podrías echarlo y decírmelo?" (propuso Frankie) "No, cariño. Berenice no es capaz de algo así". (Frankie, aunque decepcionada, trató de restar importancia a la historia de Berenice, aunque sin dejar de mostrarse algo viperina) "¡Bah!, la verdad es que me importa un bledo lo que pasó. ¡Ojalá Willie Rhodes hubiese aparecido y te hubiera rajado la garganta!" (Berenice de espaldas a Frankie, reprendió) "¡Ojalá dejaras alguna vez de soltar groserías!" (Y dirigiéndose a John Henry, dijo) "Toma, cielo mío,... toma este pellizco de pasta y haz unas cuantas galletas". (John Henry se alzó de la mesa, alegre, exclamando) "¡Galletas, galletas, galletas!..." 

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¿Por qué no cambiar de nombre?
                                                               
... La cocina se iba oscureciendo. Berenice y John Henry se dedicaban a sus galletas, Frankie remoloneó todavía observando el jardín, y se mantuvo en silencio. Luego aceptó el hecho de que todavía tenía mucho que hacer. La boda, suceso ya inminente la próxima mañana dominical, reclamaba de ella una participación efectivamente extraordinaria, y por más que Berenice le llevara la contraria, no cejaba en la idea de que, tras la ceremonia, huiría con su hermano y su mujer de aquella "apestosa cocina" para no volver más. Con toda probabilidad fuera esta la última vez en que los tres se hallarían juntos. Leía una reseña periodística, cuando dijo: "Debo empezar ya mismo a prepararme", pensó, y luego añadió en voz baja: "Esta noche voy a tomar dos baños. Con mucho jabón y un cepìllo para poder quitarme esa costra oscura de los codos". Berenice celebró de inmediato tal decisión: "Eso me parece una gran idea. Me gustará mucho verte limpia de una vez". John Henry intervino: "Yo también me voy a bañar", y con su característico gracejo infantil, se puso los zapatos de tacón alto de Berenice y su sombrero, y se paseó por la cocina. "John Henry, quítate en seguida mis zapatos, mi sombrero y mi bolso" John Henry obedeció de inmediato: "Gracias, te lo agradezco mucho, cielo mío" Frankie, inesperadamente, preguntó: "¿Por qué"... "¿Por qué qué?", repuso Berenice que había tomado el periódico tratando de escudriñar lo que se hallaba impreso en él, y se hallaba ahora de espaldas a Frankie: "¿Por qué es contrario a la ley cambiarse de nombre?"... "Ya te lo puedes imaginar", dijo Berenice. "Menuda confusión"... "Pues no sé por qué", se empecinó Frankie. "¿Qué tienes encima de los hombros?, replicó Berenice. "Yo creía que era una cabeza. Piensa un poco. Supón que de pronto se me ocurriera llamarme Mrs. Martha Ferrusola, y que tú te empezases a llamar Jamie Puigjol, y John Henry intentara pasar por Olieguin Puigjol? ¿No te das cuenta de las consecuencias que esto nos traería a todos?"... "Berenice, lo que estás diciendo son bobadas", refutó Frankie. "Lo que yo quiero decir es cambiar  un nombre que no te va bien por otro que prefieras. Como yo me he cambiado Frankie por F. Jasmine..." "Seguiría siendo una confusión terrible", insistió Berenice, "Nadie sabría nunca de quién se está hablando. Todo el mundo se volvería loco"... "No veo por qué"... "Porque alrededor del nombre de uno se amontonan muchas cosas", trató de aclarar Brenice. "Los nombres importan mucho porque alrededor de ellos se juntan muchos hechos, cosas que ocurren unas detrás de otras. Si son malas, tendrás mala reputación, y no podrás salir nunca de tu nombre por más que intentes cambiarlo. Y si tu nombre es bueno y tienes buena reputación, deberías estar contenta y satisfecha"... Frankie empezó a irritarse de nuevo: "Pero ¿qué tengo yo amontonado alrededor de mi antiguo nombre? Nada. ¿Lo ves? No significa nada" Berenice suspiró, sabiendo que resultaría inútil hacer entrar en vereda a Frankie cuando empezaba de nuevo con sus  reflexiones sin sentido: "Me estás pinchando otra vez y yo no puedo ya aclararte nada con seguridad. Si pudiera, sería pitonisa. Y no estaría sentada aquí en esta cocina, sino viviendo tan ricamente en Wall Street como adivinadora. Todo lo que puedo decirte es que pasarían cosas, y algunas podrían ser muy graves... Exactamente cuáles, pues eso no lo sé"... Frankie seguía elucubrando: "Lo que yo quiero decir es que tú vas por la calle y te encuentras con alguien. A cualquiera. Os miráis, y tú eres tú y él es él. Luego cada uno se va por distintas partes del pueblo, y quizás no volvamos a vernos nunca. ¿Ves ahora lo que quiero decir?..." "¡No!", replicó Berenice... "Te estoy hablando de este pueblo. Hay por ahí toda esa gente que no conozco, ni siquiera de vista o de nombre. No hay entre nosotros ningún enlace. Y ahora yo voy a marcharme de este pueblo, y ahí está toda esa gente a quien nunca conoceré"... "Pero ¿a quién quieres conocer?"... "¡A todos! ¡A todo el mundo!" La voz de Frankie se quebraba de nuevo, y Berenice, nerviosamente, se agitaba en su silla escuchando a la niña. "No sé de qué diablos estás hablando ni sé qué te ocurre ahora!"... Frankie empezó a hablar de prisa, de forma inconveniente, casi enfebrecida: "¡Cuando salga de Winter Hill con Jarvis y Jasmine iremos a más sitios de los que tú has imaginado nunca, ni siquiera sitios que tú has sabido que existieran! ¡Después de un sitio iremos a otro! ¡Siempre en movimiento!" -empezó a revolotear por la cocina- "¡Siempre en movimiento los tres!: ¡¡Alaska, China, Islandia, Sudamérica!! ¡Viajaremos en tren, montaremos en motocicleta, volaremos por todo el mundo, hoy aquí, mañana allí! ¡Por todo el mundo!"..."¡Oye, Frankie, para ya! ¡Estáte quieta, loca!", exclamó Berenice. Pero Frankie seguía exaltada alrededor de la mesa, con los brazos alzados: "Y hablando de cosas que pasan. ¡Sí pasarán tan de prisa que no podremos darnos cuenta! ¡El capitán Jarvis Addams será condecorado Presidente con muchas medallas! ¡A la señorita F. Jasmine Addams la elegirán Miss América en un concurso de belleza! Conoceremos a todos. No haremos más que tropezar con gente... ¡Tendremos millares, millares y millares de amigos!" Frankie corría ahora hacia la puerta de entrada de la cocina, abriéndola y exclamando:"¡Iremos a New York! ¡Pasaremos por una calle y veremos una gran casa. Llamaremos y sus dueños vendrán a recibirnos y dirán: "¡Entrad, entrad!, por favor! ¡Y conoceremos aviadores, y a estrellas de cine! Tendremos miles de amigos, y perteneceremos a tantos clubs que no recordaremos sus nombres! ¡Seremos miembros de todo el mundo!"... "¡Niña, calla, calla!", dijo Berenice asustada, y la sujetó por la enagua, atrayéndola más cerca, hasta rodearla por el talle: "¡Te estás volviendo loca de remate! Estás sudando como una mula. Déjame que te toque la frente. ¿Tienes fiebre? ¡Estás temblando!"... Frankie, por fin, apoyó su cara en el cuello sudoroso de Berenice, sollozando: "Niña, ven con Berenice. Berenice sabe. Berenice te comprende. Y ahora Berenice quiere que te sientes en su regazo para que pueda consolarte. Intentas crecer demasiado rápido". John Henry, un poco celoso, hizo una mueca de enfado e intentó echar a Frankie del regazo de Berenice de un manotón. Berenice le detuvo:"Deja a Frankie en paz. Ahora no te está molestando". John Henry eclamó mimoso: "¡Estoy enfermo!". Berenice le contradijo: "Eso no es verdad. Además, no puedes negarle a tu prima un poquito de amor". John Henry protestó, pegando a su prima: "¡Frankie es mala y antipática!"... "John Henry, ¿qué es lo que está haciendo de malo en este momento?, aclaró cariñosamente Berenice. "Está sentada aquí, conmigo, sin hacerte nada. Intentando descansar" Frankie, lanzando un sollozo, dijo: "Si tengo que ser yo durante el resto de mi vida, acabaré volviéndome loca. A veces siento que ya no voy a respirar nunca más. Siento unas ganas tremendas de destrozar toda la ciudad" Berenice le sonrió comprensiva: "Eso lo dices a menudo, pero no serviría de nada. Vemos la vida intentando primero una cosa y luego otra. Y aun así nos descubre. Es inútil, al menos así lo ve mi entendimiento". John Henry cubrió de pronto los ojos de Berenice, echándole la cabeza hacia atrás, y preguntó:"¿Con qué ojo ve tu entendimiento, Berenice?"..."No me dobles la cabeza de ese modo, cielo mío", protestó ella. "Frankie y yo no vamos a abandonarte y salir flotando a través del techo". Y Frankie ya más calmada, reflexionó: "¿Has pensado en que estamos aquí ahora mismo, en este momento, y mientras estamos hablando, este mismo minuto no volverá jamás. Habrá desaparecido. Cuando se vaya , se habrá ido y nada podrá devolvérnoslo". Ahora John  Henry rodeó también el cuello de Berenice. Frankie, apoyada la cabeza contra el hombro de Berenice, sentía contra su espalda los grandes pechos de Berenice, y su tripa ancha y blanda, y sus calientes y sólidas piernas. Los tres, abrazados, estaban de espaldas a la ventana, y delante la cocina estaba casi totalmente oscura. Y, de pronto, sucedió, aunque ninguno de ellos supo cómo ni por qué: John Henry empezó a entonar una canción del modo que tan a menudo, en aquellas tardes de verano, habían empezado a cantar, todos juntos, fuese una canción de Navidad o una canción como "His Eye is on the Sparrow": "¡¡¡Canto porque soy feliz, canto porque soy libre. Los ojos del gorrión me están observando"!!! Y Berenice entonó también: "¡¡¡¿Por qué tendría que ensombrecerme? ¿Por qué mi corazón ha de sentirse solo lejos del cielo y del hogar... si Jesús es parte de mí? Mi mejor amigo es Él... Y los ojos del gorrión me están observando. Por eso canto, porque soy feliz!!!" ... Finalmente, Frankie, John Henry y Berenice repitieron a coro: ¡¡¡¡"Por eso canto, porque soy libre, y porque los ojos del gorrión sé que me están observando...!!!!" Berenice, una vez acabado el canto, añadió cariñosamente: "Frankie, te aseguro que tienes el cuerpo más huesudo que jamás hayan podido abrazar mis manos"...

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Frankie y la boda














En la vieja casa de los Addams se mezclaban las impresiones florales que ahora adornaban el salón donde habría de celebrarse la boda de Jarvis y Janice. Toda la familia de la novia  y el resto de convidados estuvieron amables con Frankie y John Henry. Frankie había desdeñado el trajecito blanco de su primo, porque ella había tenido que recurrir a su gastado vestido dominical de organdil, carente ya de todo atractivo. Frankie se hallaba junto a la escalera por donde habría de bajar Janice con su ramo de novia, muy cerca de la la mirada escrutadora de Berenice. Frankie sintió que se le hacía un nudo en la garganta cuando Janice apareció en lo alto de la escalera.Vestía un sencillo traje blanco de calle, pero estaba radiante ante la explosión de beneplácitos que lanzaron todos los convidados allí presentes. Frankie ya había preparado la maleta a escondidas. La mantuvo a su lado, pegada a la escalera por donde acababa de descender Janice, preparándose para salir de inmediato antes que los novios, sin esperar a que acabase la ceremonia nupcial, y colarse de rondón en el coche en el que los cónyuges iban a emprender su viaje de luna de miel durante los tres días de permiso que le habían concedido a Jarvis. No obstante, Frankie empezó a tener la sensación, observando la mirada inquisidora de Berenice, de que algo iba a marchar tremendamente mal. En efecto, porque la boda era como un sueño sobre el que ella no tenía poder alguno o como una comedia que ella no podía dirigir, y en la que se suponía no haber de tomar parte. Todo el salón estaba lleno. Los novios recibían ya las bendiciones del clérigo en el improvisado altar doméstico. Luego todos besarían a la novia, y en medio de la agitación y el estrépito de los plácemes: "¡Vivan los novios! ¡Salud y a brindar!", Frankie temía que, si esperaba, Jarvis y Janice no iban a llevarla en su viaje, y éste era el único pensamiento que no podía soportar. Por ello, empezó a retroceder, dirigiéndose a hurtadillas hacia la cocina. Y Berenice, que no le quitaba ojo, creyó oír los pensamientos de la niña, como si le estuviera diciendo: "Prepárate Berenice, porque te estoy preparando una gran sorpresa". Y cuando retrocedió lentamente para tomar la maleta y escapar del salón por la cocina, donde T.T. preparaba los ponches del convite, Berenice se aprestó a seguirla y arrancarle la maleta de las manos: "¡Niña, dame esa maleta ahora mismo", exclamó Berenice, mientras Frankie, enfebrecida con su idea de acompañar a los recién casados, le gritaba: "¡¡Déjame en paz!!"... Lo único que importaba era huir de allí, y atravesó el jardín en dirección al coche de Jarvis seguida por Berenice y sus recriminaciones: "¡¡Frankie... Frankie... no seas loca, niña!!" Jarvis y Janice revoloteaban ya hacia el exterior bajo una lluvia de arroz y la alegría de todos: "¡Buen viaje!... ¡Adiós!... ¡Buena suerte! "... Y cuando Jarvis se aprestó a abrir la puerta del automóvil y vio a Frankie acomodada con impaciencia en la parte de atrás, no dio crédito a las palabras que le lanzaba ahora su hermana: "Jarvis, me voy con vosotros, por favor..." "¿Con nosotros?, repitió su hermano asombrado. "Frankie, eso no puede ser, haz el favor..." La niña no dio tiempo a que su hermano acabara, exclamando: "Os quiero. Tenemos que estar juntos. Iré donde vosotros vayáis"...  Janice, ya junto a su marido y observando a la muchacha ofuscada en su idea y sin decidirse a bajar del automóvil, intervino de inmediato, y cariñosamente trató de hacerle comprender: "Frankie, es nuestra luna de miel..." Tras la pareja, se hallaba también el Sr. Addams, preguntando: "¿Qué pasa?"... Jarvis empezaba a encolerizarse: "¡Frankie, sal de ahí ahora mismo!"... El Sr. Addams se pegó entonces a la ventanilla y llegó hasta él la voz crispada de su hija, insistiendo: "Jarvis y Janice me llevan con ellos"... El Sr. Addams abrió la portezuela y trató de agarrar a Frankie, que retrocedió hasta el fondo del asiento, resistiéndose y haciendo oídos sordos a las reconvenciones de su padre: "Frankie, esto sobrepasa todos los límites. ¡Si no sales de ahí, te sacaré yo!"... Janice intervino de nuevo: "Papá, déjeme a mí, por favor"... Entró en el coche y trató con su habitual dulzura de que la niña comprendiera lo ilógico de su comportamiento: "Frankie, tu hermano y yo nos hemos casado. Sólo tenemos tres días antes de que regrese a la Base. No querrás estropearlo todo. Yo sé que nos quieres y nosotros te queremos a ti, pero..." La niña lanzó un sollozo desesperado: "¡Nosotros!"... Cuando dices "nosotros" te refieres a ti y a Jarvis, y yo no estoy incluida" Su hermano, fuera ya de sí, le gritó: "¡Frankie, estás estropeando la boda!"... "¡No, no es cierto! ¡No es cierto! ¡Llevadme, llevadme!", siguió gritando Frankie con tono enloquecido. Su padre había dado la vuelta y abrió la portezuela del otro lado, decidido a acabar de una vez con el grotesco espectáculo que la niña estaba ofreciendo ante todos los invitados: "¡Que diablos! ¡Te sacaré de ahí aunque sea a la fuerza! ¿Me oyes? ¡Sal de ahí ahora mismo! ¡Estoy harto de tantas tonterías!" Y agarrando a Frankie, que seguía gritando: "¡No, no,... llevadme, llevadme!", tiró de ella con fuerza, hasta que la niña y la maleta rodaron por tierra. Jarvis y Janice emprendieron la marcha de inmediato, y mientras el coche se alejaba de ella, siguió llorando sobre el reseco alquitranado de la calle. Berenice se adelantó y la recogió entre sus brazos: "¡Vamos, pequeña, vamos, entremos en casa!" Así abrazadas, entraron en la cocina de sus tardes y noches de tertulia, y Frankie, sentándose entre sollozos, dejó caer su cabeza sobre la mesa familiar. John Henry, que junto al Sr. Addams había ido tras todos ellos, exclamó burlón, convencido de que su prima estaba rematadamente loca: "¡Han expulsado a Frankie de la boda! ¡La han sacado del coche!"... "¡Ya basta, John Henry, deja a Frankie en paz!", le reconvino su tío Addams, que dejaba en aquel momento en un rincón la maleta de su hija, cuyos lamentos no cesaban: "¡Me siento tan desgraciada!"... "Pero, Frankie, ¿por qué tienes tantas ganas de dejar a tu pobre padre?, se dolió éste, mostrándose algo compungido. "¡Los quiero tanto que...!", no acabó la frase la muchacha, mientras John Henry rogaba ahora: "¡Frankie, no llores más!"... Berenice acariciaba a la niña, y el Sr. Addams rogó de nuevo: "Vamos, Frankie, por favor, sé razonable!"... "¡Ojalá se muriera todo el mundo!", se salía ahora de sus casillas la niña. Intervino Berenice: "Oye, dimé que quieres y yo intentaré dártelo si está dentro de mis posibilidades"... Pero aquellas promesas pueriles le seguían poniendo los nervios de punta: "¡Lo único que quiero es que ningún ser humano de la tierra vuelva a hablarme jamás mientras viva!"... "¡Adelante pues, martirízate!", recriminó Berenice, mientras el Sr. Addams aducía: "Bien, me parece que se ha acabado la función y se ha muerto el mono"... Frankie se mostró entonces desafiante con su padre: "Eso es lo que crees, pero te equivocas"... "Vamos, cálmate cariño", insisitió el Sr. Addams. "¿Por qué no vienes mañana a la tienda a ayudarme? Podrías pulir la plata con la gamuza. Y si quieres te dejaré jugar con los relojes"... Pero Frankie de nuevo se enfrentó amenazante con él, y al tiempo que Berenice gesticulaba con auténtico enfado, exclamó: "¿Crees que todo ha acabado? Eso prueba lo poco que me conoces. ¡Ya lo verás!"... 




La huida de Frankie

 











"Querido papá, esta es una carta de despedida. No soporto más vivir aquí. Te he cogido once dólares. Te los devolveré. Tuya: Frances Addams"... Escapar del hogar durante aquella noche espesa y pegajosa, dejando tras de sí una nota de despedida tecleada con lentitud en la vieja máquina de escribir de su padre "producía ahora en la mente de Frankie un efecto parecido al de la varita de virtud de los cuentos" (C.McCullers) No iba a ser una aventura fácil y lo sabía. Se incorporaba por primera vez a aquel mundo nocturno, desconocido y ruidoso, de su ciudad, a la cual únicamente conocía a la luz del día... Las calles del centro, bajo la oscuridad de la noche y la luz de las farolas, hacían pensar a Frankie en una especie de feria carnavalesca. Reinaba en ellas el mismo aire libre de fiesta. Nunca había visto Front Avenue por la noche hasta entonces. Los bares estaban abiertos, y los anuncios de neón formaban una mezcla de variadas luces que daban a la avenida un aspecto acuático. Los ruidos eran ruidos borrosos de fines de verano. Los edificios, ennegrecidos, olían a ladrillos soleados y las aceras aún estaban calientes. Entre las luces aparecían rostros gesticulantes, se oyó la voz estridente de una mujer que peleaba con su  pareja desde algún piso alto, y que luego salió disparada hacia la calle. Finalmente, aunque dudosa, Frankie se detuvo ante el bar "Blue Moon". Al mismo tiempo, en la cocina de la vieja casa, Berenice celebraba con T.T. el éxito de su ponche en la fiesta de bodas: "Todos los invitados lo han alabado, tienes buena mano para los licores" T.T. no dudó en reconocerlo: "Si tengo buena mano, y creo que eso se debe a que mantengo el licor a una distancia prudente de mí"... Tras las risas de ambos, había aparecido Honey en un estado de profunda agitación. Berenice se temió alguna nueva trastada de su hermano. En efecto, Honey había robado un coche aquella noche y atropellado a un traseúnte. Berenice se sintió tan irritada y asustada, pensando en cómo podría sacar a su hermano de aquel atolladero que no prestó atención a otra figura compungida que se arrinconaba en la cocina. Era su angelito, el pequeño John Henry que insistió una vez y otra en que se hallaba muy mal: "No, no es cierto, John Henry", le rebatió Berenice, "Lo que quieres es que estemos pendientes de ti, y ahora hay cosas mucho más importantes que solucionar, así que vuelve a tu cuarto, porque ahora no estoy en condiciones de bromear contigo"... Frankie, ajena a todo lo que sucedía en su casa, seguía frente al cristal de "Blue Moon", observando ahora un joven soldado de los muchos que paseaban a aquellas horas de la noche, tras su día de permiso, con muchachas mayores, y que jugaba, con palpables signos de embriaguez, en la máquina trgabolas. Decidiéndose a entrar en el bar se acercó a él y le dijo que le había estado observando con curiosidad a la espera de que la invitara. Se sentaron juntos y tomaron cerveza. El soldado le había preguntado que adónde se dirigía con aquella maleta. "A Savannah, supongo...", dudó Frankie. "Yo tengo que volver al campamento mañana", repuso el soldado. "Tengo unas ganas locas de salir de esta ciudad. He estado dos días aquí y ni siquiera me han dicho hola" Frankie miró ahora hacia la puerta: habían aparecido un par de policías, y volvió su rostro hacia otro lado asustada. "¿Qué te pasa?", preguntó el soldado. "Creo que vienen a buscarme", dijo Frankie, "Mi padre debe haberlos llamado. Verás es que he decidido fugarme de casa... "Atrás hay una habitación", propuso el soldado, "Podemos ir allí y escondernos. Anda, coge la cerveza" Una vez en el oscuro trastero del bar, el embriagado soldado, intentó besar a Frankie, que lo apartó de sí aterrorizada. Y ante la nueva acometida del muchacho, aplastó contra su cabeza una de las botellas de cerveza que se hallaba sobre la destartalada mesa frente a la que se habían sentado. La huida se convirtió esta vez para Frankie en una auténtica pesadilla. La noche acabó por aterrorizarla mientras corría por los patios y callejones oscurecidos. Había vuelto de nuevo a su hogar, ahora silencioso y en penumbra. Llamó a su padre y a Berenice, y al no recibir respuesta se dirigió hacia el patio, llamando a John  Henry a la espera de que asomara por su ventana. Pero fue Berenice la que asomó desde allí, instando a Frankie a que guardara silencio: "John Henry está muy enfermo", explicó apesadumbrada. "No hagas ningún ruido" Frankie se dispuso a subir, pero ahora su padre exclamó desde arriba: "Quedate en casa, Frankie. El doctor aún no sabe lo que tiene John Henry. Puede ser contagioso"... "Pero él se alegraría de verme", insitió Frankie. Berenice, llorosa repitió que su pobre angelito se hallaba muy mal. "¿Tan enfermo está, Berenice?", se asustó Frankie. "Lo está...", insisitó Berenice con lágrimas en sus ojos, y apartándose definitivamente de la ventana.

Frankie halla su "nosotros"

 








... Muchos cambios se habían producido en pocos meses. Entre ellos la desaparición de John Henry, a causa de una meningitis, y la forma de vestirse de Frankie, ahora más acorde con su sexo y su ya aceptada pubertad. El aire estaba fresco y día tras día el cielo estaba ahora de color verdeazul claro, pero lleno de luz, del color de una ola poco profunda. Frankie había vuelto repetidas veces a observar la ventana de John Henry durante aquellos meses pasados. Aquella mañana de octubre tenía lugar un traslado de casa. Ella y su padre iban a vivir con la tía Pat, y los transportistas se encargaban, entrando y saliendo por la cocina, de llevarse los muebles. Berenice, bien ataviada con la piel de zorro, regalo de su difunto marido Ludie, se hallaba sentada sobre un cajón, mientras observaba tristemente la cocina ahora vacía, donde tantas tardes había compartido con Frankie y John Henry. Frankie apareció tras ella suspirando, casi compungida. Y apoyándose en la fregadera dijo: "Resuena toda la casa. Me da escalofríos ver cómo se llevan todos los muebles. A veces, cuando hay tanto silencio, tengo una rara sensación. Es como si John Henry deambulara por la cocina, con aspecto solemne, como un fantasma" Berenice le respondió profundamente conmovida: "No entiendo por qué tuvo que sufrir tanto mi pobre angelito"... "Nunca creí que John Henry moriría", confesó Frankie. "Es curioso. Me sentía tan triste y le echaba mucho de menos. Pero ahora apenas puedo imaginármelo. Es como un pequeño fantasma blanco que se aleja más y más"... "Y pensar que le dije: vuelve a casa, cielo mío, que ahora no tengo tiempo para bromear contigo", se lamentó Berenice. "Es un castigo de Dios"... "Lo estoy olvidando", se sintió mal Frankie. "Hay días que no pienso en él ni un sólo minuto". Berenice se mostró comprensiva: "Es natural, estás creciendo..." Y dirigiéndose a los transportistas, exclamó: "¡Les agradecería que no zarandearan la máquina de coser de esa manera ¡Le he sacado veintidos años de provecho, y aún puede servirme unos años más!"..."¡Está bien, está bien!, exclamaron aquéllos. Frankie insistió ahora a Berenice para que no se fuera: "No entiendo por qué tienes que dejarnos sólo porque nos mudemos de casa"... "Con tu tía Pat a cargo de la casa, tu papá no me necesitará", respondió a Frankie que hojeaba ahora una partitura: "¿Qué es eso?"... Frankie se mostró entusiasmada: "¡¡Rachmaninoff!! ¡Estoy maravillada con Rachmaninoff! Mary está preparando un concierto. Tal vez lo toque en su debut cuando cumpla dieciocho años. Mary tocará el piano y toda la orquesta de la ciudad la acompañará. ¿Te lo imaginas?... Berenice, recordando las tardes de verano en que a Frankie sacaban de quicio las clases de piano de su vecina, preguntó asombrada: "¿Mary Littlejohn?"... "¡No sé por qué siempre tienes que emplear con ella ese tono despectivo", se sintió molesta Frankie. "¿Acaso he dicho algo contra ella?, se disculpó Berenice. "Lo único que digo es que es una pesada, que está descolorida, y que me pone nerviosa verla sentada chpándose las coletas"... "¡Las trenzas!", rectificó Frankie, "Además, es inútil seguir discutiendo contigo sobre ella. Tú nunca llegarías a entenderla, no estás a su altura"... "De acuerdo, dejémoslo", se avino Berenice. "No me apetece que nos peleemos la última tarde que estamos juntas"... Frankie la abrazó conmovida: "Yo tampoco quiero pelear. Además, esta no será nuestra última tarde; vendré a verte muy a menudo". Berenice sonrió dudando de la promesa de la muchacha: "Sé que no vendrás, pequeña. Tendrás muchas cosas que hacer. El camino que tú has de seguir ahora es muy distinto al mío" Frankie prefirió cambiar de tema: "Aún tienes la piel de zorro que te regaló Ludie. Pero no sé por qué hoy me parece más triste y delgado. Tiene cara de zorro listo y triste"... "Tiene motivos sobrados para estar triste con lo que ha pasado los últimos meses", aventuró Berenice. "No logro entender que he hecho para merecer esto. La mirada de Honey cuando lo condenaron a diez años. John Henry, mi ángel pequeñito, se fue..." Frankie se mostró pensativa y exclamó: "Qué raro, todo ha sucedido tan rápido. Cogieron a Honey,... luego, la misma semana, murió John Henry, y entonces conocí a Mary. Es una ironía del destino que tuviéramos que conocernos frente al mostrador de barras de labios y cosméticos de Woolworth... y fue la semana de la feria..." Una voz masculina y juvenil llamó entonces a Frankie desde el jardín: "¡¡Frankie, Frankie!!". La muchacha corrió hacia la puerta: "¡Hola Barney! ¿Está Mary contigo?"... "¡No!"... "Es Barney McKean", explicó Frankie a Berenice. "He quedado con ella en la casa nueva a las cinco", se dirigió de nuevo al joven. "¿No quieres entrar, Barney?"... "De acuerdo"... Frankie suspiró: "Barney McKean,... me recuerda a un dios griego..." "¿Que Barney McKean te recuerda a qué?", se asombró Berenice, recordando cuando Frankie no lo podía soportar... "A un dios griego", repitió Frankie. "Mary me dijo que a ella también le recordaba a un dios griego"... Berenicé se mostró sarcástica: "De repente me parece que ya nunca podré entender nada de lo que me dices"... "Ya sabes que en el pasado los griegos adoraban a sus dioses", trató de explicarse Frankie... "¿Y qué tienen que ver los griegos con Barney McKean?", siguió ironizando Berenice. "Pues que tiene el mismo aspecto que un dios". Apareció el muchacho en la cocina, y Berenice bromeó: "Hola, dios griego Barney McKean. Esta tarde he visto tus iniciales escritas en la acera: M.L. quiere a B.M."... El joven exclamó con enfado: "Si supiera quien ha escrito eso, lo borraría con su cara. ¿Has sido tú, Frankie?"... "Yo no haría una niñería como esa. Y me molesta mucho que me lo preguntes. Me ha molestado mucho", insistió Frankie... "De todos modos, a Mary no le gusto", aclaró Barney McKean. "Por supuesto que le gustas", afirmó Frankie. "Es mi mejor amiga, por eso lo sé. Y la verdad es que te ha hecho algunos cumplidos encantadores. Me voy con el camión de mudanzas a la otra casa. ¿Vienes conmigo?"... "Bien, de acuerdo", decidió Barney... "Puedes ir detrás, junto a los muebles. Yo iré delante junto al conductor. Hemos recibido carta de Janice y Jarvis esta tarde. A Jarvis lo han destinado con las Fuerzas de Ocupación a Alemania. Y dice que se fueron de vacaciones a Luxemburgo. ¡Luxemburgo!", repitó extasiada Frankie. "¿No crees que es un nombre precioso, Berenice?"... "Un nombre muy bonito", repitió ella para ñadir de inmediato con su habitual ironía: "En realidad, me hace pensar en agua sucia"... Frankie no atendió las palabras de Berenice, y volviendo a sus expresiones de exagerada esperanzas con respecto al futuro que tenía po delante, exclamó: "¡Seguramente Mary y yo pasemos por Luxemburgo! ¡Sí, cuando demos la vuelta al mundo!" La misma Frankie que se había entusiasmado con la boda de su hermano durante el verano pasado, exultaba ahora de emoción ante la mirada de nuevo entristecida de Berenice. No obstante, antes de abandonar la cocina junto a su dios griego Barney McKean, se volvió corriendo hacia ella y abrazándola, prometió: "¡Te veré pronto, Berenice!". Y una vez fuera de la estancia, quedó tan sólo la respuesta apagada de Berenice en el silencio de la vieja cocina: "Claro, querida".  Luego entonó el murmullo musical de alguna de sus habituales canciones parroquiales. Unas lágrimas se quedaron titilando en sus grandes ojos negros. Quizás su ángel pequeñito, su adorado John Henry le habría preguntado dulcemente pero con curiosidad: "Berenice, ¿con cuál de los dos ojos lloras más, con el bueno o con el de cristal?..."



Frankie Addams






Nació Julia Ann Harris, el 2 de diciembre de 1925 en Grosse Pointe Park, Michigan. Hija de William Picket Harris, banquero de inversiones y de Elsie Smith, de profesión enfermera.graduada. Julie estudió en The Grosse Pointe School, importante escuela local que, tras fusionarse con otros colegios, crearía la University Ligget School. Una vez alcanzada la adolescencia, con el permiso paterno, se trasladó a New York para estudiar en Hewitt School. Anteriormente había asistido a las clases de Arte Dramático de Perry-Mansfield Performing Arts School & Camp; Colorado, donde su mentor Charlotte Perry le dio sus primeros impulsos hacia el arte interpretativo, asistiendo, durante un año, a las clases del Yale School of Drama. 

En 1952, tras intervenir en la obra teatral "I am a Camera" (que luego interpretaría también en su versión cinematográfica de 1955), obtuvo el premio Tony a la Mejor Actriz. Afincada ya como joven intérprete de renombre en Broadway intervino en numerosas obras  de la mejor dramaturgia como "Macbeth", "The member of the Wedding", "A shot in the Dark", "The Glass Menagerie", "A Doll's House". La prodigiosa ascensión teatral de Julie Harris, la haría merecedera de poseer el mayor récord de nominaciones (diez ern total) a los Premios Tony. En 1966 conseguiría también el Premio Sarah Siddons por sus actuaciones teatrales en Chicago.





Su gran prestigio en los escenarios apuntalaron su paso a la Gran Pantalla, estrenándose con la versión cinematográfica que ya había interpretado en el teatro: de "The member of the Wedding", dirigida por el gran realizador Fred Zinnemann en 1952, y por cuyo papel recibiría su primera nominación al Premio Oscar de la Academia de Hollywood. Julie Harris prendió entonces con tal fuerza en los medios cinematográficos, que Elia Kazan, que la había admirado en algunas representaciones que la joven realizó en el famoso Actor's Studio, la requirió como pareja ideal de James Dean, (pese a tener cinco años más que el recién llegado y malogrado actor) en su magnífica versión de "East of Eden", 1955. Su imagen cristalina, no excesivamente bella, pero de una sugestiva y desbordante ternura, se incorporó como un elemento clave al que se añadía un nuevo capítulo glorioso en el mosaico de la mitología en que se perpetuarían las mejores películas del afamado director que fue Elia Kazan. En 1963 actuó como la etérea Eleanor Lance en la película de terror "The Haunting", de Robert Wise. Junto a Paul Newman se transformó en un personaje de mujer intrigante y peligrosa en "Harper", 1966. John  Huston la consagraría de nuevo, potenciando de nuevo la dimensión intelectual y luminosamente emotiva de Julie Harris, ofrendándole uno de sus roles más recordados, al encarnar a Alison Langdon (al que la actriz concedería ese principio mágico de los más estimulantes y fascinadores recursos interpretativos de los que siempre hizo gala) en su versión de la gran novela de Carson McCullers, "Reflections in a Golden Eye", 1967, film en el que compartió cartel con Marlon Brando, Elizabeth Taylor y Brian Keith.     























Julie Harris fallecería el 24 de agosto de 2013 de una insuficiencia cardíaca en su hogar de West Chatham, Massachusetts a la edad de 87 años. El crítico teatral Ben Brantley escribió: "Julie Harris era capaz de alzarse tan luminosamente en los escenarios neoyorkinos como si se tratase de "la estatua de la Libertad de Broadway". El actor Alec Baldwin, que intervino junto a Harris en la serie televisiva "Knots Landing", que se mantuvo en CBS hasta 1993, le dedicó uno de los más bellos elogios que se han concedido a una actriz: "Su voz era como la lluvia. Sus ojos se conectaban directamente a la canalización de las profundidades de su poderoso y tierno corazón. Su talento era un auténtico don de Dios"

ETHEL WATERS (1896-1977) -Berenice


                   BRANDON DE WILDE (1942-1972) - John Henry



Fred Zinnemann, al transportar a la pantalla la obra de Carson McCullers, como antes había conseguido con la versión teatral de la misma, vuelve a insuflar en este drama adolescente, mantenido con un sostenido y fascinante crescendo de sensitiva sutileza, (valiéndose esta vez de  la imperecedera imagen cinematográfica), un nuevo jalón decisivo en la evolución mimética que nos lleva de los escenarios hasta la Gran Pantalla. Tres personajes bastan para convertir este precioso film en una auténtica e inspiradísima pequeña "sinfonía coral", de ejemplar sobriedad y simplicidad lineal, donde la pincelada individual de cada uno de sus protagonistas adquiere una combinación de genial maestría, rítmica, precisa, que potencian un pequeño retablo humano de emoción purísima, especialmente el que conduce la lucha por la transformación de niña a adolescente de su protagonista Frankie Addams. La inspiración poética de la novela de McCullers está presente en cada imagen. Y ante al sentido irónico, fascinante, enternecedor del que hace gala la maravillosa Berenice, Zinnemann recurre magistralmente al desarrollo realista de acciones paralelas de la que participan, no tan sólo la espoleada inquietud que transpira la muchachita soñadora que es  Frankie, deseosa por integrarse con la mayor celeridad posible al mundo adulto, sino también el inocente artificio infantil de alternancia entrometida, atractiva, ágil y conmovedora, que concede una portentosa y sensible frescura al relato, de mano del pequeño John Henry. "The member of the wedding" hace brotar con fuerza la falsedad del decorativismo social estadounidense. Posee el mérito indiscutible de ofrendarnos claramente los límites de los melodramas que enturbian el vigor pintoresquista de un realismo aquí elaborado con toda pureza. El carácter mítico de su origen literario se halla encarnado con tan deslumbrante, desprendida y emotiva inocencia en cada una de las presencias mágicas de sus tres grandes intérpretes, que acaba por concederle a la película una espontaneidad tan sentimental como fresca y regocijante, que, hoy, le añade un valor tan significativo como el de haberse agigantado, con el paso del tiempo, como un hechizo inmortal. ¡Una preciosa joya del Séptimo Arte Norteamericano, revalorizada, además, por un sound track entrañable del gran Alex North! ¡Imprescindible!  
          

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