miércoles, 3 de septiembre de 2014

Moonfleet (Los contrabandistas de Moonfleet) -II Parte-

"MOONFLEET": LA AVENTURA









ORIGEN Y AUTORIA: J. Meade Falkner














A galope de la imperante aventura literaria decimonónica, John Meade Falkner, novelista y poeta inglés nacido en Manningford Bruce, Witshire, el 8 de mayo de 1858, publicaría "Moonfleet" en 1898. Había sido educado en el Marlborough y Hertford College, Oxford. Profesor en la Derby School, pasó a convertirse en tutor de la familia de Sir Andrew Noble residente en Newcastle. En 1921 sería nombrado Honorary Reader en paleografía por la Universidad de Durham, y bibliotecario Honorario de la Capilla de su Catedral. Residió en Durham hasta su muerte en 1932.




Una placa en su memoria fue erigida en el claustro sur de la citada catedral. Poeta de restringida resonancia, publicó únicamente tres novelas ("The lost Stradivarius", "Moonfleet" y "The nebuly coat"), tres guías topográficas ("Oxfordshire", "Bath" y "Berkshire") y un estudio histórico de Oxfordshire ("A history of Oxfordshire").








Con "Moonfleet", deudora de aquel furor literario-aventurero que ocasionara la publicación en 1888 de la impactante "Treasure  island" del autor escocés Robert Louis Stevenson, Falkner, irresistiblemente atraído por la misma, decidió por primera y única vez adentrarse en tan significativo espíritu, muy arraigado en la secular Inglaterra del XVIII, como el que naciera entre las abruptas tradiciones costeras de la antigua Albion, capaces de impulsar, a todo lo largo del citado siglo, una forma de vida conocida por "smmugling" ("De contrabandos"). Un universo históricamente atractivo que también inspiraría "Jamaica Inn", la primera novela de éxito de la escritora Daphne du Maurier (nacida en 1907) publicada en 1936 y "The Frenchman's creek", de 1941.

Dentro de la escasa inquietud creadora de J. Meade Falkner, no deja de ser elogiable que decidiera impregnar su labor literaria, bien que por una sola vez, de aquella indiscutible riqueza imaginativa, investigadora y documentalista a un tiempo, con que se estructuraran las escrupulosas claves sociales de una época historiográficamente maltratada; y que entrando de lleno en ese clasicismo capaz de entroncarse en la aventura, pudiera también ofrendar un riguroso sentido en su precisión ambiental, de fácil lectura. En consecuencia, "Moonfleet", al igual que la precedente ya citada "Treasure island" de Stevenson, lograría conquistar unánimes elogios entre los lectores juveniles de habla inglesa, consiguiendo que una asidua lectura de la misma encajara con gran aceptación entre las preferencias de los escolares del Reino Unido. "Moonfleet" pasó así a ocupar un primer plano en la mitología aventurera de obligada lectura estudiantil inglesa,. especialmente hasta muy entrada la década de los 70.









 "MOONFLEET" DE FRITZ LANG

«Nunca he tenido el valor de poner en una de mis películas una sola toma del mar. El mar me asusta (…) y sin embargo nada me encanta más que el mar. Pero como no creo que nadie sea capaz de traducir el elemento poético del mar, ya sea en un poema, en un cuadro o en una película, yo mismo no me he atrevido nunca a hacerlo» (Fritz Lang).





El expresionismo en la aventura tiene nombre: "Moonfleet"







"Hace 200 años el brezal de Dorsetshire volvió a su estado salvaje hasta el mar. Aquí, en escondidas cuevas y solitarias aldeas, las bandas de contrabandistas realizaban su provechoso trabajo... Y aquí, en una tarde de octubre del año 1757, un muchachito vino en busca de un hombre del que creía ser su amigo"














Épico y solemne, el mar y su oleaje, que rompe contra las rocas, se impone de modo definitivo como rito premonitorio de un mundo de aventuras por llegar. Tras el caos embravecido de las aguas, bajo un inquietante cielo de anochecida, un solitario muchachito silba alegremente mientras recorre el brezal costero inglés de Dorsetshire. Inesperadamente se detendrá frente a un cartel tan espectral como una horca. Observando la señal, y como conjurando un misterio todavía indescifrable, bisbisea el nombre allí escrito: "Moonfleet"... "3 millas". Sin amedrentarse, el pequeño vagabundo, de nombre John Mohune, transita afanoso y decidido. El paisaje costero, bajo el cual se abate el furioso cabrilleo marino, se cierra definitivamente a su espalda. Pronto adivinaremos (como se refleja a lo lejos) que Moonfleet no es más que una pequeña aldea cercana al mar en el sur de Inglaterra.




Moonfleet: guarda un secreto. Su nombre proviene de una familia de la localidad antiguamente prominente, los Mohune, cuyo escudo de armas, presente en la reja de la vetusta mansión, al parecer deshabitada, incluye un símbolo misterioso en forma de “Y”.





El cementerio de Moonfleet




Un escrito materno ha abierto el único horizonte esperanzador al pequeño recién llegado a la villa de Moonfleet, tierra interior donde los hombres que en ella habitan parecen apasionarse tan sólo por las noticias que trae el mar, y entre todas ellas, las de los naufragios sin remedio que rugen frente a las costas entre sus peligrosas marolas encrespadas. Ahora, frente a él, se alza el muro de un cementerio junto al cual se detiene un instante. Bajo la anochecida, donde en tales instantes se pierde ya toda sensación de cielo, observa la imagen de un ángel de piedra de ojos fosforescentes que se alza entre las tumbas centenarias. Un fulgor espeluznante que parece proclamar el destierro penitenciario de la existencia humana hasta que se aboque definitivamente a su tiniebla última. El niño se sienta junto a la vieja pared vaciando su gastado calzado de las piedrecillas amontonadas en su largo deambular, pero un rumor inopinado en el campo santo mueve su curiosidad. Se aúpa en la tapia del callejón turbador de los túmulos entre los fuegos amoratados de la noche. No teme al ángel de piedra, porque seguramente en sus ojos encendidos tan sólo ha visto arder el destello de una lámpara de piedad por cuantos allí reposan para toda la eternidad. Pero de pronto una mano humana, terrorífica y engarfiada, surge de la tierra como si un difunto tratara de alcanzar una salida desde la abierta arista de una de las tumbas. El muchachito, sobrecogido, se retuerce en un grito de asombro y horror, participando definitivamente del pavor del lugar, donde tan sólo parecía existir la mirada  aterradora del ángel. Huye horripilado y algo o alguien entre las sombras detendrá  su carrera...






"The Halberd" tavern.






Su huida y un desvanecimiento repentino producido por el miedo le arrastrará luego, inesperadamente, a un despertar no menos inquietante, viéndose observado por diversos rostros de fantasmagórica catadura. Rostros rufianescos que le sobrecogen como si varias criaturas en pena forjaran ante él una aparición de difuntos. Se trata, no obstante, de un desabrido grupo de contrabandistas, reunidos en una típica taberna costera conocida por “The Halberd”, que tratan de indagar los motivos de la presencia del pequeño John en aquellos peligrosos andurriales. El muchachito se resiste a la presión que ejercen sobre él aquellos hombres extraños. Se revuelve furioso, mientras unos de ellos revuelve su zurrón en el que encuentra una Biblia de la cual cae la carta materna que lo ha llevado hasta allí. El viejo truhán Ratsey recoge la misiva y la lee en voz alta ante el resto de bribones que amenazadoramente no pueden por menos que seguir desconfiando de la presencia inexplicable del niño en aquel burgo perdido de la costa de contrabandistas: “Mi querido hijo John: escribiré mientras tenga fuerzas. Ve a Moonfleet y allí busca a un caballero llamado Jeremy Fox, quien según he oído, ha vuelto de las colonias a la casa que fue mi hogar. No sé si habrá cambiado en estos años. Lo que sí sé es que será tu amigo en recuerdo mío. Que Dios os bendiga a ambos”.



La aparición de Jeremy Fox












Inopinadamente, se abre la puerta de la taberna y aparece un distinguido caballero acompañado por una bella joven de etnia gitana. Todos los allí presentes se contienen medrosos ante él. El recién llegado se enfrenta a unos de los contrabandistas, de nombre Greening, a quien exige explicaciones por una entrega de licores no servida a los aristócratas Ashwood. Greening se enfrenta al caballero, quien lo muele a latigazos, arrojándolo de la taberna. El pequeño John Mohune, ocultado por Ratsey, rehuye al grupo y admirado por la personalidad audaz y aventurera del recién llegado, se presenta a sí mismo a Jeremy Fox. Un solo hombre, caballero en la sombra, que parece poseer el mandato de las crónicas nefandas que se maquinan en lo oscuro del pequeño burgo valiéndose de su látigo y de una prerrogativa secreta que el niño no puede entender aunque sí admirar. La victoria de Fox contra el disidente pone fin a la calentura colectiva de los contrabandistas reunidos en la taberna. Jeremy Fox, tras leer el escrito que le entrega Ratsey, se muestra contrariado por la presencia en el lugar del pequeño Mohune. “John Mohune, el hijo de Olivia”, asiente Fox. Llevándose al pequeño vagabundo a la parte trasera de la taberna, le ofrece una bebida. El niño, da fe de su personalidad mostrando al caballero el anillo de su abuelo con el tosco grabado en forma de “Y”.  Jeremy Fox le confiesa irónico: “Será mejor que te diga que no siento ningún afecto por el nombre que ostentas. Ni lo siente nadie por aquí. Moonfleet está hasta las narices de los Mohune. ¡La justicia de Mohune, la tiranía de Mohune,... el orgullo de Mohune!... Bien, no discutamos puesto que hace poco que nos conocemos. Bebe, John Mohune. Anda, siéntate.... ¿Qué pasó con tu madre en el gran mundo? ¿Qué tal le fue cuando la familia se arruinó? (John confiesa) Después de morir mi padre enseñaba en la escuela. Y yo limpiaba parrillas y otras cosas. Y hacía recados... (Fox) ¿Y te gustaba eso?... (John) El ejercicio es bueno... (Fox, irritado) ¿Por qué te envió a mí? ¿No había otro?... (John convencido) Nadie, salvo usted, señor... (Fox sigue desconcertado) ¿Qué es lo que tengo que hacer contigo? ¿Hacer de ti otro ejemplo de sociedad como yo? (John, agotado, bosteza, y casi adormecido susurra) Gracias, señor... (Fox) ¿Qué quieres decir con eso? (John apenas puede responder) Que es bueno tener un amigo... (Fox sarcástico) ¿Un amigo? Desengáñate de esa pantomima. Tu madre se abrasó en una locura que ambos vivimos y lamentamos. Los Mohune se encargaron de ello. La casaron con el primer primo disponible, y en cuanto a mí, me mandaron al diablo por el camino más rápido. Pero el diablo y yo nos hicimos en seguida amigos. (John se ha quedado profundamente dormido y no escucha las últimas palabras de Fox) Te lo puede decir todo el mundo en Moonfleet”... Fox observa ahora casi compadecido al muchachito, y ordena a uno de contrabandistas: “Llevadlo arriba y acostadle”...











Un grito repentino de la joven gitana alerta a Jeremy Fox. Greening ha aparecido por sorpresa lanzándole una daga que se clava en una de las paredes de madera. Fox se revuelve, extrae una pistola y dispara contra el contrabandista, dándole muerte. El viejo Ratsey recita: “Como pasa el remolino así el malvado desaparece.” “Proverbios 10,25”. Jeremy Fox acompañado por la bella gitana abandona “The Halberd”, nido del "smmugling" (contrabando).













 

El rapto







En el oscuro atardecer del día siguiente, un carruaje llega hasta la taberna en busca del pequeño John Mohune. El cochero confiesa su prisa por llevarse al niño de la misma. John pregunta insistentemente si es el caballero Jeremy Fox quien envía por él. Y ante sus insistencia y desconfianza es introducido en el interior del carruaje forzadamente por el tabernero de “The Halberd”. John comprenderá de inmediato que se trata de una añagaza para librarse de él. Una vez en marcha, y enfurecido por el rapto, logra saltar por una de las ventanillas, y perderse de nuevo en una de las sendas que conducen hasta Moonfleet. Al alzarse del suelo se le eriza toda la piel. Las piernas de un ahorcado penden frente a él. De pronto, suena la voz de una niña que ha aparecido en el camino montando un bello caballo blanco: “¡Chico, chico” ¿Quién eres? (John Mohune, tras su caída,  se sacude el polvo y contesta) Busco al señor Fox. ¿Sabes dónde vive? (La niña, de nombre Grace, explica) Vive en la casa señorial. Yo te la enseñaré. Somos vecinos. ¡Vamos!... (John musita) Gracias... (Grace) Te olvidas el sombrero. (Cuando John se agacha para recoger su sombrero caído junto al ahorcado, no puede evitar preguntar a Grace) ¿Quién es éste?... (Grace le responde despreocupadamente) Un contrabandista... (John) ¿Y qué contrabandeaba? (La niña sonríe y enumera) Cognac... y seda... y tabaco. (Compadecido, John inquiere) ¿Y por qué no viene su gente de noche y lo baja de ahí? (Grace explica) El señor Maskew no lo permitiría... ¿Quién es el señor Maskew?... Es el Magistrado. Dice que Moonfleet es un nido de contrabandistas. Y ha querido dar un escarmiento con este. (John se escandaliza) Debe ser una bestia. (Grace aclara casi divertida) Es mi  tío. Yo también lo creo. Pero no se puede evitar. ¡Vamos!... Los dos niños llegan ante la gran casa señorial que antaño perteneciera a los Mohune. En el gran portalón enverjado puede verse una gran “Y” “Esta es la casa señorial de los Mohune (aclara Grace) Oye, John, ¿cuánto tiempo estarás aquí? (El pequeño Mohune ratifica) Siempre...” Aparece el carruaje del Magistrado Señor Maskew, quien al ver a su sobrina ordena detener el coche. “Grace, ¿quién está contigo?... Es John Mohune, tío. Un amigo de del señor Fox.... ¿Del señor Fox? (Se extraña el Magistrado) ¿De veras? El señor Fox tiene unos amigos muy interesantes. Felicítale de mi parte. Con los respetos del señor Maskew. (Ironiza) Siempre he deseado conocer a mi mejor vecino, el señor Fox y a sus amigos. ¡En marcha...”. 

 

La Mansión Mohune





Cuando Grace y el carruaje desaparecen, John Mohune logra penetrar a través de una brecha que se abre en la destartalada verja que se halla al arrimo mural de la propiedad en ruinas. El jardín semeja un olvidado despojo del tiempo. Escaleras desportilladas, estatuas destrozadas que se arrumban como exvotos en las rinconadas repletas de un follaje humedecido, y que una vez formaron parte del lujo privilegiado de la mansión que ahora palidece acartonada de barrizal y miseria. Junto a los escalones se destila una cruda claridad de vidrieras. Y tras ella resuena una música zíngara. John Mohune observa el interior donde se significa una parte de esa vida de voluptuosidades y regaladas perversiones en la que ahora se sumerge Jeremy Fox.




 

John Mohune en la gran casa













En el interior de la vieja mansión de los Mohune se remansa una luminosidad gozosa, resguardada del silencio que puebla Moonfleet. Jeremy Fox agrupa en sus reuniones nocturnas las pretendidamente augustas visitas de una aristocracia que, presidida por Lord Ashwood, personaje dudoso, hijo de una estirpe opresora y propicia a todo tipo de abyección humana, teje la única leyenda áulica de una hidalguía de pureza enjuta, ruin y triunfante, frente a la fealdad y desprestigio social en que se goza el pueblo contrabandista de Moonfleet. Gypsy, la bella muchacha de etnia gitana, baila desenfrenada y lujuriosamente, entre la exaltación de todos los convidados, que beben sin cesar, con los ojos dilatados que les produce la orgía colorista y desenfrenada que sugiere su danza.  Tan sólo Ann Minton, la amante despechada de Jeremy Fox, observa a Gypsy con angustiado aborrecimiento, dado el interés sensual que ésta despierta en Jeremy, y, abrasada en su desengaño amoroso, preside aquel arrogante tumulto masculino ahogado en la irresistible avidez de la bebida e igualmente prendado por el salaz baile de la gitana, y los convierte con su pensamiento en merecedores de las iras del Señor. Cuando Gipsy deja de bailar, y recibe los aplausos de todos los concurrentes, los requiebros inspirados por la bebida, y el libidinoso parabién acariciante de Jeremy Fox, Ann decide retirarse de la sala, temblorosa, con aspereza, e impotente bien que resignada ante la situación despreciativa que hacia su amor por Jeremy Fox, éste le impone con la presencia bochornosa de la gitana. De pronto, en la entrada del caserón resuena la voz infantil de John Mohune, cuya paso es detenido por el criado del anfitrión de la vieja mansión. Ann Minton, detenida en la escalera, atiende a la escena que allí tiene lugar con suma atención y curiosidad: (El pequeño John se resiste ante el sirviente y exclama) “¡Quiero ver al señor Fox! Él me está esperando. (Jeremy Fox atiende a Lord Ashwood, perceptiblemente bebido, quien le expresa su descontento al no aceptar alguna misteriosa oferta de su parte) (Lord Ashwood) ¿Qué clase de hombre es usted? Le estoy ofreciendo la oportunidad de su vida y le encuentro... pensando en otras cosas (observando la mirada apasionada de Gipsy) (Jeremy Fox le contesta con ironía) Debe saber, Ashwood, que hay temporadas de negocios y tiempo para “otras cosas”... (En la entrada de la sala, aparece de nuevo la imagen imponente de Ann Minton, quien sonriente y con marcada socarronería en su voz, comunica a su amante): “Jeremy, tienes visita” (Tras ella se oculta la figura del pequeño John Mohune, que irrumpe en la sala presentándose educadamente ante Fox) “Soy yo, señor... (Jeremy se queda asombrado, no dando crédito a sus ojos) Pero, ¿qué demonios?... (El niño se excusa inocentemente) Le ruego que me perdone, señor. No sabía que hubiera señoras presentes (Resuena una carcajada general de todos los allí presentes, junto con la mirada divertida de Gipsy y la agraviada de Ann) (John se disculpa de nuevo) Debo retirarme, señor... (Fox exclama) ¡No!, antes de que te hayas explicado... (John Mohune se dirige a él bajando su voz como tratando de contarle un secreto) Señor, me han secuestrado... ¡No me digas! (dice Fox) ¿Y qué has hecho con mi cochero? ¿Le venciste? ¿Le dejaste tirado?... ¿Señor? (se queda intrigado el pequeño John) (Fox, levemente irritado, explica) Fui yo quien ordenó que te sacaran de Moonfleet para llevarte a una escuela en el Norte, donde pasarás todo lo que te queda de niñez, muerto de hambre y golpeado hasta ser un acabado caballero inglés... (John conmocionado) ¿Es esa su decisión, señor?... (Fox) ¡Lo es! (John trata de mantenerse conciliador)  ¿Le importaría discutirla, señor?... (Fox) ¿Tienes otra idea mejor sobre el asunto? (John decidido) Si, señor. Preferiría quedarme aquí.... (Interviene Lord Ashwood, con voz de borracho) El chico tiene razón. No puedes culparle que que prefiera una alegre compañía. ¡Toma mi copa, chico!... (John la rechaza) No, gracias, señor... (Lord Ashwood insiste divertido) ¿O preferirías bailar con esa joven de ahí. (señalando a Gipsy)... No, gracias, señor. No sé bailar (se excusa educadamente John, ante la mirada casi condescendiente de Jeremy Fox) (Ashwood exclama de nuevo) ¡Bueno! ¿Qué sabes hacer? ¿Sabes cantar? ¡Eso es, cántanos una canción obscena! Si nos gusta le diremos a Fox que te quedes aquí. (Fox interviene sarcástico) ¿Qué te parece, John? ¿Conoces alguna canción?... Conozco una, señor... Bien, cántala (El niño entona la melodía y canta) “¡¡¡Había dos pájaros sentados en una piedra. ¡La, la, la la! Uno marchó volando, y entonces solo quedó uno. ¡La la la la! El otro le siguió y no quedó ninguno... (Jeremy Fox observa a John con mirada nostálgica, puesto que la canción le trae algún recuerdo olvidado)... Y entonces la pobre piedra se quedó sola!!! (Cuando acaba la canción, todos aplauden. John pregunta) Y ahora, señor ¿puedo quedarme?... (Fox con la mirada endurecida) ¿Quién se ocupará de tu educación?... Usted, señor... (Interviene malintencionado Ashwood) No sea egoísta, Fox. Si el chico se siente inclinado por una carrera pícara, nadie mejor que usted en Inglaterra para darle ejemplo. (John se muestra disconforme) Señor, protesto por esa observación... ¿Cómo es eso?... Usted no comprende, señor (John empuja a Lord Ashwood, quien se revuelve y le insulta) ¡Pequeña bestia salaje! (Fox, exclama) ¡Te disculparás ante Lord Ashwood!... (El pequeño Mohune se niega) ¡No, señor. Él le insultó. Todos ellos le insultaron. (Fox con rostro socarrón) Eres un cabezota y un maleducado, muchacho. (Llama a su criado) ¡Tooley! Dale alojamiento para esta noche a este potrillo. (Ashwood molesto) ¡Mándele a la escuela, cuanto antes mejor! Que aprenda buenas maneras... (Fox se sonríe) He cambiado de opinión, Ashwood. Me gusta tal como es. (John Mohune oye el comentario de Fox desde la escalera y también se sonríe complacido. Mientras tanto, Ann Minton se acerca a Jeremy e inquiere con sorna) ¿Y cuanto tiempo se quedará aquí?... (Fox, despectivo) Mientras me divierta. (Ann encrespada) ¿Y qué intentas hacer con él? ¿Depravarle y destruirle a él también? (Fox con la misma mordacidad) Hay mucho más peligro de que sea él quien me destruya a mí...”











 La pesadilla de John Mohune




Una gran tormenta se abate sobre la costa de Moonfleet. Una tempestad que estremece el silencio contenido de aquella suntuosidad letárgica que convierte a la gran mansión en una especie de perturbadora tumba fantasmal. Jeremy Fox permanece en su dormitorio como atrapado por una melancólica evocación, mientras más allá del ventanal se vislumbra el estrépito de los relámpagos y el viento aúlla sobre los despojos del gran jardín abandonado. Fox, bajo la entornada luz de la vela, lee una vieja y oculta misiva conmemorativa: “El día de mi 16 cumpleaños: 5 de marzo de 1742”... Y de lo profundo del pasillo, en la habitación asignada al pequeño John Mohune, parte un jadeo de pesadilla, acompañado por las voces del niño que sueña: “¡No, no! ¡Socorro! ¡Me quieren matar!...” (Jeremy Fox, sobresaltado, acude presuroso a la estancia a fin de remediar el mal sueño que acomete a John) ¡Despierta! (exclama. Pero el niño, hundido en su pesadilla, sigue con sus exclamaciones) “¡Me están mordiendo!... (Fox) ¡Basta, despierta!... (El chico abre por fin los ojos) ¿Es usted, señor?... (Fox sonríe) Bueno, parece que te salvé la vida en el momento crítico. (John explica su sueño) Me estaban mordiendo... toda la manada... (Fox se estremece por un segundo bajo la llama negra de sus ojos, e inquiere) ¿Quién?... (El niño se muestra espantado todavía) ¡Los perros! ¡En el invernadero!... (Jeremy Fox parece verse atrapado por un trance desconocido, como si no pudiera dar crédito a las palabras del pequeño Mohune, que sigue explicando) Mi sueño era... como... ¿Cómo qué? (insiste consternado Jeremy Fox) (John) Como algo que me contó mi madre... (Fox demudado) ¿Qué te dijo?... Era sobre un amigo, señor, que llegó una noche hasta ella en el invernadero y le echaron los perros. ¡Casi lo descuartizan! (Fox aparta su mirada y finge aceptar con asombro aquella historia) Tu madre tenía una imaginación delirante... (Ann Minton ha aparecido en la entrada del dormitorio del pequeño, y lo ha oído todo con vivo interés. Fox sigue tratando de restar importancia al sueño de John y refiriéndose de nuevo a su madre, recrimina) ¡Hizo mal en llenarte la cabeza con tantas tonterías!... (La situación embriaga la exaltación de Ann, que exclama) ¡Jeremy! ¿Por qué le mientes al chico? (Se acerca a su amante, y con acritud inesperada y triunfante desgarra la camisa de Fox, mostrando su espalda llena de cicatrices. Jeremy se indigna, apartándola de sí con desdén y abandona la estancia. Una ráfaga de horror se cierne sobre el pequeño John Mohune. Ann Minton, atrapada por lúgubres pensamientos de distancias y tiempos que desconoce, inquiere nerviosamente  al niño) ¿Quién era tu madre? ¿Por qué te mandó a él? ¿Por qué?... ¡Contesta! ¡No sabes hablar!... (A John le duele la visión de la espalda de Jeremy Fox como una tremenda herida renovada por el tiempo, y musita) Es él... Aquellos le echaron los perros (El niño llora) ¡Ellos!... ¿Quién,... quién? (se impacienta Ann) (John) ¡Los Mohune!... (Ann, angustiada por su acción, corre hasta Jeremy que observa la tormenta en silencio desde un ventanal. Ann acaricia su espalda temerosa del desabrimiento que le sigue mostrando su amante) Jeremy, ¿por qué no me lo dijiste? (Fox murmura sombrío) Está muerta... (Ann insiste) No para ti, Jeremy. Por eso tuvimos que abandonar las islas ¿verdad? Para volver a esta maldita mansión... ¡A su casa! Hubiera sido mejor para ambos si me lo hubieras dicho... (Fox, sin mirarla, con ironía despectiva, pregunta) ¿Para que pudieras consolarme y compadecerme? (Ann, arrepentida) No, Jeremy. Pero por lo menos hubiera sabido lo que me esperaba. Y lo tonta que fui al estar celosa de las otras. Las mujeres con las que juegas para llenar el vacío que es tu vida. (Fox se vuelve por fin hacia Ann, la observa burlón tomando su barbilla, y dice con sarcasmo) Tienes razón, Ann. No deberías haber venido aquí para compartir una vida que te parece vacía. (Ann atisba cierta esperanza. Aún así, Fox mantiene su mordacidad) Lo arreglaré para que puedas volver a las islas. (Ann se muestra ahora alarmada) Pero si no tengo nada allí que me ate para volver. Ya lo sabías cuando te seguí...(Fox, hastiado de Ann, le informa autoritario) ¡Te irás en el Buenaventura dentro de una semana! (Deja a Ann Minton angustiada por lo que acaba de oír, y al pasar por el dormitorio del pequeño John, hace caso omiso de la llamada del niño) ¡Señor Fox!... La tormenta se intensifica. Sigue batiendo contra los ventanales y los abre de par en par. Penetra el viento y  John Mohune intenta cerrarlas. En el jardín palpita la noche encrespada. Un árbol se desmorona sobre las viejas estatuas que presiden la antiguas balaustradas de la mansión.



















En el jardín




El pequeño John, al día siguiente, tras el temporal nocturno que se ha abatido sobre la costa inglesa de Moonfleet, se sumerge en el abandonado jardín de la que fuera noble casa de los Mohune. En medio de la soledad y de la desolación de la finca silenciosa, se cierra la quietud. Todo el lugar ofrenda el cuadro lóbrego de un panteón familiar, entre los que sobresalen las arboledas maltratadas por el viento, los lechos destrozados de las columnas y los restos de viejas estatuas que una vez concedieran brillantez a la ajardinada zona de la mansión. John Mohune recoge una de las cabezas de las estatuas caídas. Luego, entre aquella especie de soledad arqueológica, permanece hundido en sus cavilaciones. Inesperadamente, desde el fondo del que fuera una vez el invernadero familiar, resalta la voz de la pequeña Grace: “¡John! Llevo más de una hora esperándote aquí. (El chico se acerca hasta ella y le pregunta con curiosidad) ¿Cómo entraste?... (Grace le responde con ese sabor a misterio que tanto enardece la infancia ) Te lo mostraré si me prometes que no se lo vas a decir a nadie, o no podré venir a verte nunca más. (John asiente, y ambos se acercan a un pequeño escondite del muro oculto por los matorrales) Mira (señala Grace), hay una brecha en la pared ¿Ves?... ¿Quieres que venga a verte, ¿verdad?... Entonces, bien, vamos. No sentaremos en el invernadero. (El niño se muestra muy interesado en el contorno, como si hasta él volviera la inchorente fuerza de su pesadilla) ¿Qué te ocurre? (inquiere extrañada Grace, observando las intensas miradas de su amigo que parece sentir miedo de sus pensamientos, puesto que fueron aquellas estancias ahora destartaladas las que presenciaron el ataque de los perros cebándose en la persona de Jeremy Fox) ¿De qué estás asustado?... No eres muy hablador, ¿verdad? ¿Te comió la lengua el gato? (Como el pequeño John no responde, Grace se muestra descontenta y añade) Bien, pues no puedo quedarme mucho tiempo, ¿sabes? Es hora de ir a la iglesia... (Luego se hace eco de lo sucedido tras el temporal, tratando de interesar a John) El viento arrastró anoche la marea hasta el cementerio. Y pasó sobre el muro hasta la misma puerta de la iglesia. Se llevó algunas lápidas. ¿Has oído hablar alguna vez de Barbarroja? (John Mohune se muestra ahora interesado por las palabras de Grace, y pregunta) ¿Barbarroja?... (Grace emplea de nuevo su voz misteriosa y fantasea) Ha estado en el cementerio otra vez. Y se ha llevado a otro hombre... (John no da crédito a lo que oye) ¿Qué?... (Grace se reafirma) Sí, al pastor Greening. Dicen que fue Barbarroja el que se lo llevó... (John inquiere con solicitud) ¿Crees en los fantasmas? (Grace se muestra displicente, tratando de disimular el miedo infantil a la noche) Creo que la gente no debería estar en el cementerio de noche. Mientras Barbarroja ande por allí en busca de su diamante. (John con cierta osadía) Si yo supiera donde está, no me mostraría asustado. Vendería el diamante y reconstruiría la casa señorial. Cuando mi madre vivió aquí decía que la casa tenía cien habitaciones y cuadras hasta para cien caballos, y fuentes con peces dorados y plateados que jugaban todo el tiempo... (Grace rompe los sueños de John) Pero no es tuya. Ahora pertenece al señor Fox... (John asevera) Vamos a vivir aquí juntos. Es mi amigo... (De pronto se oye el redoble metálico de una campanada) (Grace) Esa es la campana de la Iglesia. Mi tío está esperando. ¿Quieres venir?... 







 La misa fantasmal





La imagen del ángel que preside el cementerio y la entrada en la iglesia se transparenta bajos los oscurecidos cielos de Moonfleet. El cántico de los rezos de los feligreses se arrastra al igual que una vibración de élitros como si todas las voces se refugiasen en un acto penitenciario al abrigo de la rigidez que habrá de imponerles la reprimenda escandalizada del párroco Parson Glennie, que una vez  acabada la oración increpa a toda la comunidad: “¡No tendréis ni pondréis a extraños dioses ante mí!... ¡Así está escrito! ¡Pero aún adoráis a los oscuros dioses de la superstición y falsedad como otros tantos bandidos salvajes! (Indicando la estatua que se yergue con una gran espada abocada hacia tierra de Sir John Mohune en el interior de la iglesia) ¡Susurráis de un hombre muerto hace tiempo a quien llamáis Barbarroja! (El pequeño Mohune se vuelve a observar la imagen que se halla al fondo) ¡Le atribuís poderes sobrenaturales, poderes de vida y muerte! ¡Barbarroja, en verdad Sir John Mohune, era un oficial de la corona (aparece la lápida de su tumba) que traicionó su confiado secreto, denigró a su rey, y vendió su honor por un diamante de gran precio! Murió en Hollisbrooke, loco, y burlado del disfrute de su mal adquirido tesoro. Y ahora, muerto, no se puede creer que a un hombre semejante se le tolerara desafiar la ley divina, y deshonrar los lugares de reposo de nuestros muertos cristianos. (Todos los feligreses asienten) ¡Amén! (Una asustada anciana inquiere al párroco) Padre, pero si no fue Barbarroja ¿quién mató a Cracky Jones el invierno pasado? (Interviene luego Félix Ratsey) ¿Y ahora Nat Greening? ¿Quién se lo llevó? (El párroco, encrespado, exclama) ¡Silencio Granny Clark!, y tú Ratsey, que deberías saberlo. Cuando recomendé que se organizase una búsqueda de Nathaniel Greening, que llevaba dos días ausente, se me dijo que era inútil; que fue visto por última vez en el cementerio después de la puesta del sol, y que debió encontrar un monstruoso destino a manos de Barbarroja. Y os dije que esto es blasfemia,... y os dije que si persistíais en estas creencias paganas os burláis de Dios en Su propia casa. ¡Y esto no os será perdonado aquí ni en el más allá! ¡Amén!... (Cuando los feligreses abandonan la iglesia, el pequeño John permanece junto a la imagen de su antepasado, observándolo muy detenidamente. El párroco Parson, mientras va apagando las velas del templo, pregunta) ¿Quién es? (John) Soy yo, señor, John Mohune. (El sacerdote) ¡Ah!, el chico de Olivia Mohune. Le tenía gran cariño a tu madre. Mucho cariño. Viéndote hoy aquí en la iglesia fue para mí un gran consuelo, en un día de gran cólera. (John se interesa) Párroco Glennie ¿qué fue del diamante? El diamante por el que vendió su honor (señala el niño la imagen de Barbarroja. El sacerdote afirma) Ese secreto yace enterrado con Sir John. Quizás sea mejor así... (El niño insiste) Pero si yo lo encuentro, será mío, ¿verdad? (El párroco le reprende cariñosamente) ¿Tan joven y tu corazón con afán de posesiones? (John trata de justificarse) Pero si lo destinara a un buen fin. (Parson Glennie ironiza) Si lo encontraras triunfarías donde generaciones fracasaron. Ahora, chico, estamos a punto de la oscuridad primitiva. ¿No tienes miedo de atravesar el cementerio solo ¿verdad? (John) No, señor. (El párroco le enciende un pequeña lámpara y se la entrega) De todos modos, será mejor que te lleves esto. Puedes devolvérmelo por la mañana. Me encanta la idea de poder hablar contigo... Gracias, señor... Buenas noches, muchacho. Dios te bendiga...”












































La cripta del contrabando





El pequeño John Mohune no siente miedo, tan sólo cierto grado de curiosidad que le mueve a acercarse al siniestro ángel que preside el cementerio e iluminar su imagen con el farol que lleva consigo. En realidad, la figura del ángel semeja un alma en pena, un siervo de un templo de muerte,  para guarda de cuanto desamparo se extiende bajo los anochecidos cielos de Moonfleet. Cuando, finalmente, John retrocede como rehuyendo el pavor del lugar, su cuerpo se precipita por una tumba abierta, y tras lanzar un grito se halla en el interior de una enorme cueva excavada bajo tierra donde se aspira ese silencio característico de cualquier cementerio que oculta sus catacumbas. Varios ataúdes  envejecidos se alinean en las paredes de la cripta, nichos como hornacinas abiertos a la vista y en los cuales aún pueden leerse los nombres de quienes allí se hallan inhumados. La lámpara aún permanece encendida. Más allá, en una especie de gran charca, cuya agua parece manar directamente desde el mar próximo, flotan algunos barriles de mercancías que, junto con otros que se amontonan fuera del agua, deben de ser fruto del contrabando de Moonfleet. Pero el niño, más intrigado por los sarcófagos, acerca un barril y se alza hasta uno de ellos en los que pueden leerse el nombre de John Mohune. De pronto el barril cede, y se agarra al ataúd, que cae sobre él dejando ver el esqueleto del hombre muerto sobre cuyos huesos, colgando de una cadena, se halla un enorme broche, que el chico guarda consigo. Un eco instantáneo de voces que llegan hasta la cueva le mueve a esconderse en una oquedad de la misma y escuchar las conversaciones de quienes llegan. Varios contrabandistas iluminan el interior de la cripta: “¡Pon la escalera de pie! (exclama uno de ellos) La mitad del tejado se está cayendo. ¡Diablos, vaya un sitio!... ¡Saca esos barriles del agua!... Fueron los barriles de coñac danzando por ahí no Barbarroja... (ríe uno de los contrabandistas refiriéndose, probablemente a la muerte de Nat Greening que tanto intriga al pueblo ) Me imagino que el párroco no se huele una... Pero si la marea sigue subiendo se llevará los barriles hasta la iglesia... (Ahora habla Félix Ratsey) ¡Malditos cobardes! ¿Qué les pasa? ¿Están asustados desde el asunto de Greening? ¡Imbéciles! (Uno aventura) ¡Seríamos veinte contra uno! (John no entiende de qué están hablando, pero se huele que se trata de un pequeño conato de rebelión)  Pero la cuestión es... ¿quién sería ese uno?... (De pronto se oyen nuevos pasos en la cripta y el niño no da crédito a sus ojos. Aparece Jeremy Fox, que se enfrenta al grupo de contrabandistas allí reunidos): “¡Caballeros! (exclama) De camino a casa de Lord Ashwood recibí un mensaje. Decía que podía encontrar mejor diversión aquí. ¿Quién se ha ido de la lengua? (se enfurece de golpe Fox). Puedo dedicaros cinco minutos. (Uno de los contrabandistas se enfrenta a él) ¡Bien, hablemos claro! Los hombres han perdido su ilusión en este asunto. (Fox, irónico) ¿Y qué quieren los hombres?... Clara y sencillamente (sigue el contrabandista), que antes de hacer otro cargamento, quieren mejor participación... (Otro también protesta) No está bien que algunos corran todos los riesgos, mientras otros se embolsan todos los beneficios. Puede darse cuantos aires quiera, señor “besamanos” Fox, pero en su interior no es mejor que nosotros. (Jeremy Fox se encoleriza) ¡¡Vosotros estúpidos, cobardes, bastardos, carne de horca!! Antes de estar yo al frente os considerabais unos desgraciados si pasabais dos barriles al mes en una carga de caballa. Yo convertí vuestra pequeña estafa en un comercio que vale miles. Y exijo la parte del capitán porque me la gano. Ahora, caballeros, ¿hay algo más que deseen discutir? (Todos guardan silencio) ¿No? Entonces, si me disculpan... (Fox se marcha y los contrabandistas se sienten derrotados por la labia y el mando definitivo que sobre ellos ejerce Jeremy Fox. Ratsey, según acostumbra, reza un salmo sarcásticamente. Deciden abandonar la cueva. John, finalmente, se queda sólo en la cripta, y uno de los contrabandistas toma el sombrero del niño equivocadamente. Trata de sujetarlo a su cabeza, y se extraña de que no le quepa. Una vez fuera de la tumba abierta, uno de ellos indica a su compañero que insiste en que no le entra el sombrero): ¡No me encaja! ¡No es mi sombrero! ¡Es demasiado pequeño!... Oye, mejor será que te ocupes de esto (refiriéndose a la cueva) ¡Tápalo! (Y bromea, riendo) Es posible que se te haya hinchado la cabeza con el coñac! (Los contrabandistas recogen una gran losa y cubren con ella el acceso a la cripta) ¡Bien! ¡Bien!... Ahora ya nadie puede entrar ni salir... (El pequeño John Mohune trepa entonces por la escalerilla dejada allí por los contrabandistas y al sentirse encerrado se oyen únicamente sus gritos en demanda de socorro):“¡¡¡ Señor Fox! ¡¡Socorro!! ¡¡Señor Fox!!!... (Una anciana que merodea cerca del cementerio con su carga oye los gritos del niño, y creyendo que se trata de un alma en pena, corre aterrorizada hasta la iglesia pidiendo ayuda. Aparece Félix Ratsey...)”
 




 





 
 
 Los piratas Lord y Milady Ashwood






La mansión de los Ashwood acoge en sus reuniones, tertulias de juego y bailes, el rastrero acomodo pseudoaristocrático de Moonfleet. En sus fiestas mundanas se renueva el placer de quienes viven del beneficio de rentas inexplicables, mediante concesiones nobiliarias heredadas, o perpetrando los consabidos abusos latifundistas de bienes financieramente sostenidos por influencias casi siempre misteriosas con los que llegaron a constituirse generalmente los pilares despóticos, provocadores, de amplia autonomía y dudosos poderes, las organizaciones sociales de cuantas arribistas noblezas han poblado Europa. El caballeroso Jeremy Fox goza de su porte elegante y de los elogios que esparcen las damas que recorren con remilgos y malicias las estancias de la mansión. Pero una mujer de entre todas concreta con mayor afán sobre Fox sus falsas voluptuosidades gentiles: Milady Ashwood, quien se retirará de inmediato de la mesa de juego, ofreciéndole su compañía privada en una de las salas del caserón. “Buenas tardes, señor Fox... Milady... Creí que no vendría. La mansión de Ashwood parece tener muy poco para atraerle a usted. Ni siquiera la música gitana... (Fox ironiza) Ya veo que Lord Ashwood la tiene bien informada. (Milady Ashwood) Jamie no tiene secretos para mí. ¿Y usted para él? (Se besan) ¿Por qué será?... Mujeres... (sonríe Fox cuando observa a Milady Ashwood guardar de inmediato en uno de los muebles de la estancia las ganancias obtenidas en el juego) Tienen una forma de combinar la pasión y la previsión, y las alegrías del momento con un providencial cuidado del futuro. (Milady Ashwood intrigante) Tengo derecho a pensar en mi futuro. Especialmente ahora que usted forma parte de él. (Fox) Ese es un honor que escasamente merezco. (Milady coquetea con sarcasmo) No hay ningún hombre en Inglaterra que lo merezca menos. Creo que es cínico, despiadado, y casi seguro ¡cruel! Un hombre de mal carácter y de mala reputación... Tiene toda la razón, Milady (asiente Fox con el mismo sarcasmo). Pero nunca he creído en la atracción de los polos opuestos. Creo que hay mayor afinidad entre iguales... (Milady) Me alegro que no sea verdad ese rumor que oí... (Fox inquiere) ¿Rumor?... (Milady) Que renunció a los placeres de la soltería a favor de un hijo adoptivo. (Fox aclara) Milady, si quisiera un hijo ¿cree realmente que no tengo otro medio que el de adoptar uno? (Milady sigue intrigando) Sin ataduras en este país se puede viajar libremente ¿verdad? (Fox la contradice) Pero no tengo semejante intención... Cambiará de opinión cuando haya hablado con Jamie. Nos vamos fuera de Inglaterra. Y usted viene con nosotros, como socio de Jamie. (En ese momento, entra en la estancia Lord Ashwood, y se hace eco de las últimas palabras de su esposa) No creo que le moleste ser mi socio, ¿verdad, Fox? (Fox) Su señoría estaba justamente insinuando las ventajas que tal arreglo podría significar para mí. (Jamie Ashwood) ¿Ah, sí? Ya tengo tres barcos equipándose en Rotterdam. Los están armando para llevar a cabo operaciones de guerra contra las flotas mercantes de ciertas naciones hostiles... ¡Piratería! (asiente Fox con rechazo) (Lord Ashwood) Eso no debería preocupar a un hombre como usted, Fox. Un hombre con cerebro, valor y capital... ¿Capital? (se muestra extrañado Fox.) (Lord Ashwood sigue con su oferta) A partes iguales. Haríamos una fortuna, sin duda. (Milady Ashwood repite el ofrecimiento de su marido) ¡Sí, a partes iguales! (Ashwood) Si acepta, le llevaremos con nosotros a Rotterdam... (Fox sonríe) ¿Quiere decir que vendría con nosotros, Milady?... (Jamie Ashwood) No pensará que voy a empezar una nueva aventura sin el apoyo moral de Milady Ashwood. ¿Y bien, Fox? ¿Por qué titubea? (Fox se muestra reticente) Toda asociación tiene dos cosas en común. El socio que engaña y el socio que es engañado. (Lord Ashwood ) Mi querido Fox, sabe que confío en usted por completo. ¿No pensará que le iba a engañar yo? (Aparece un criado de Lord Ashwood con una nota para Jeremy Fox) Milord, un mensaje en mano para el señor Fox.... Discúlpeme (Fox toma la misiva y lee) “El chico Mohune hallado en una tumba y llevado al Halbord” Ratsey. (Fox se despide) ¿Se va, Fox?... Me temo que debo hacerlo, Milady Ashwood... ¿A esta hora? Parece que es cosa de vida o muerte... Lo es, Milady (Jamie comenta con su esposa cuando Fox abandona la estancia) Veo que nuestra oferta no fue tan atractiva como tú pensabas. (Milady Ashwood se justifica malintencionada) Fue tu oferta la que rehusó, Jamie, no la mía...”

















 Atrapado





La aparición inesperada del pequeño John Mohune en una de las tumbas del cementerio, precisamente en la cueva del contrabando, descubierta por Ratsey, convierte al niño en un posible peligro que puede conducirles a la horca. Alarmada la facción contrabandista le retienen a la fuerza en la Halbord Tavern. Ratsey lo mantiene aparte. El grupo faccioso, reunido al otro lado discute sobre el fin que deben poner práctica para librarse el pequeño John. Uno de ellos exclama: “No me imagino matando al chico... Pues así ha de ser. No tiene ningún sentido dejar de hacer lo que hay que hacer... Yo digo que hay que esperar. No quiero meterme en ningún jaleo con el señor Fox... ¡Mira estoy harto de servir al señor Fox!... Entonces, ¿qué vamos a hacer con el chico?... Es fácil, una pequeña barca navega... un pequeño chapoteo... y todo ha terminado tan limpiamente como si nada... Llevadle al muelle (Ratsey, mientras John escucha los preparativos para su fin que proponen los contrabandistas, trata de abrir el medallón encontrado por el chico en el catafalco de Barbarroja. Los contrabandistas están decididos) ¡Fuera con él! ¡Terminemos con el asunto! (John trata de huir) ¡Eh, que se escapa! (Ratsey lo detiene haciéndole la zancadilla. De pronto golpean en la puerta de entrada a la taberna) ¡Abran! ¡Abran en nombre del rey! ¡Hay hombres en todas las puertas! (El capitán Maskew Hawkins se dirige a Elzevir Block, dueño de la Halbord, e indica a uno de sus guardias) Entréguele el documento: “Autorización de Registro” ¿Alguna objeción?... No... (Hawkins) Eso pensé. ¡Las llaves! (Empieza el registro de toda la taberna, mientras Ratsey retiene a John Mohune en el interior de la pequeña sala posterior amenazándole con un cuchillo en la espalda para que no escape) (Hawkins, extrañado) ¡Vaya!, ¿a quien tenemos aquí? Es el joven amigo del señor Fox. Me asombra usted, señor Mohune. Esta no es compañía adecuada para un caballero... Señor (trata de explicar el chico, pero Ratsey se lo impide, y comenta) El señorito John es capaz de hacer concesiones. Ve a través de nuestras rudas maneras nuestros buenos corazones. ¿Verdad que sí, señorito John? (Ratsey predica según acostumbra) “Para el puro todas las cosas son puras”... Señor... (intenta de nuevo de llamar la atención del capitán el chico) ¿Y bien? (espera Hawkins. Ratsey se entromete) El señorito John va... (Hawkins) Deje que hable por sí mismo. Ven aquí, chico. (John Mohune logra saltar por encima de la mesa y exclama dirigiéndose al capitán) ¡Por favor, señor! Iban a llevarme a una barca y... (Inesperadamente, se abre la puerta de la posada y aparece el porte caballeresco, autoritario y cínico de Jeremy Fox, que exclama) ¡Maskew! Apenas puedo creer lo que ven mis ojos. Un magistrado del rey divirtiéndose en una taberna de pescadores... ¿Y por qué no, señor Fox? (responde Hawkins) ¿No estoy en buena compañía? ¿No soy yo mismo de algún modo el pescador? (Ratsey ha logrado mientras tanto abrir el medallón de Barbarroja.  Maskew sigue comentando) Extiendo mis redes para coger toda clase de peces, grandes y pequeños. ¿Conoce usted a un hombre llamado Greening, señor Fox?... Nunca tuve el placer... (Maskew) La madre de Greening creía que estaba metido en el negocio del contrabando. Sospecha que hubo alguna actuación algo rara por parte de sus compañeros. (Fox) Entonces su camino está claro. ¡Cuélguelos a todos!... (Maskew amenaza) No lo dude, señor Fox. A su debido tiempo, y con las pruebas haré que cada bribón de esta parroquia se balancee de una cuerda al amanecer. (Fox, irónico) Espero estar allí para verlo... (El capitán con idéntico sarcasmo) Estará, señor Fox. Con mi invitación personal... Hasta entonces... (le despide Jeremy Fox) (Maskew) ¡Un momento! Señor John, creo que ibas a decirme algo. ¡Vamos! Dijiste... ¡si!, que iban a llevarte en un bote, y... sigue por favor... habla, muchacho... (John se retracta) Eso es todo, señor (El registro de la taberna ha acabado, y uno de los guardias indica a su capitán) Nada de particular, señor. (Jeremy Fox ironiza de nuevo) Alégrese Maskew. No puede ahorcar a un hombre todas las mañanas (La guardia abandona la taberna, y Ratsey lee la nota encontrada en el interior del medallón. Se trata de varios versículos bíblicos detallados de forma incongruente. Uno de los contrabandistas profiere) ¡Nos libramos por poco! El chico no habló. Y podía haberse salvado...”






















































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