miércoles, 16 de marzo de 2016

The name of the Rose- (El nombre de la Rosa)

El escritor y filósofo italiano Umberto Eco (Alessandría -Piamonte- Italia, 5 enero 1932), uno de los mayores expertos  en el terreno de la semiótica, autor de "Il nome della  rosa", 1980, ("El nombre de la rosa"), entre otras no menos afamadas obras, fallecía en la noche del viernes 19 de febrero en Milán a la edad de 84 años.

Sobre la lectura: “El que no lee, a los 70 años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás”  
Sobre Dios: "Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no quiere decir que creen en nada, creen en todo" (Umberto Eco)

Vivir en una espera sin nombre -salvo el de la eternidad-, y sin rostro -salvo el de los ídolos-, ha significado únicamente una perpetua preparación para las no menos interminables metamorfosis con que el hombre ha sentenciado primitivamente su existencia. Y por ello hallar en las religiones, sean del tipo que sean, racionales fórmulas de coexistencia es un derecho que tan sólo se otorgan a sí mismos los llamados fieles, dado que la racionalidad, al convertirse en el culto señero capaz, hoy, de convertirnos en desertores de la difícil definición que significa "dios", jamás se halla preparada para recibir esta excursión sin retorno a la desaparición total del milagro de existir, y del que una vez, "tan sólo una vez", nos sentimos dueños de los días y de las noches. Somos pensamientos y proyectos de esa pertenencia libre al tiempo de los hombres, nos deslumbra todo cuanto sucede en torno nuestro por hallarnos vivos, transitamos como en sueños que nada nos enseñan pero que acaso contienen los verdaderos secretos que todavía nadie ha podido revelarnos, y cuya aclaración, situándola más allá de los límites de ese "dios", todavía inexpresable en una frase lógica, aún seguimos esperando todos en este mundo. Mas, no por eso los terrenos teológicos han dejado de mancharse con los más viles actos criminales. Será por eso por lo que el tiempo de los seres humanos sólo tiene sentido entre los vitalicios límites del dolor. Y porque en las conciencias jamás ha estado clara la frontera entre el bien y el mal. El porvenir no tiene rostro. Y como la avidez por las cosas buenas de la vida no nos provee jamás de reposo, tampoco lograremos nunca  hallar la luz total de la bondad. En medio de la estupidez y de la indiferencia de las cosas, seguimos imaginando, zahiriéndonos y temblando. ¿Nos ayudaría a vivir un joven dios con las facciones de Apolo, o una acogedora diosa con los rasgos lúbricos de Afrodita? La existencia humana y los sueños no son en realidad más que dos contrastes que se atraen y se ayudan a vivir. Y la vida eterna tan sólo posee la risa sarcástica de una fe imposible, porque tanto el mal como el bien seguirán desvirtuando sus atributos frente a la semiología que conformarían la fuerza invisible de un legendario "Hacedor" que no nos ama ni podría amarnos nunca. Y como los hombres no son mejores hoy que ayer, y siguen siendo libres para elegir el mal camino o el bueno, seguiremos viviendo en tiempos de locura y de esperanza, aguardando un nombre y una naturaleza que no nos ha sido revelada y, probablemente, nunca lo será. (Kentauro)



Sobre el amor: "El amor es más sabio que la sabiduría; mas, qué sosegada podría ser la vida sin amor, Adso. Qué segura.Qué tranquila.Y qué necia"



Sobre los villanos: "Los monstruos existen porque son parte de un plan divino, y en las horribles características de esos mismos monstruos se revela el poder del creador"

       

UMBERTO ECO








El 16 de agosto de 1968 fue a parar a mis manos un libro escrito por un tal abate Vallet. "Le manuscript de Dom Adson de Melk", traduit en français d'après l'édition de Dom J. Mabillon (Aux Presses de L'Abbaye de la Source, París, 1842). El libro, que incluía una serie de indicaciones históricas en realidad bastante pobres, afirmaba ser copia fiel de un manuscrito del siglo XIV, encontrado a su vez en el monasterio de Melk por aquel gran estudioso del XVII al que tanto deben historiadores de la orden benedictina.


La erudita trouvaille (para mí, tercera, pues, en el tiempo) me deparó muchos momentos de placer mientras me encontraba en Praga esperando a una persona querida. Seís días después las tropas soviéticas invadían la infortunada ciudad. Azarosamente logré cruzar la frontera austriaca en Linz; de allí me dirigí a Viena donde me reuní con la persona esperada, y juntos remontamos el curso del Danubio. En un clima mental de gran excitación lei, fascinado, la terrible historia de Adso de Melk, y tanto me atrapó que casi de un tirón la traduje a varios cuadernos de gran formato procedentes de la "Papeterie Joseph Gibert", aquellos en los que tan agradable es escribir con una pluma blanda. Mientras tanto llegamos a las cercanías de Melk, donde, a pico sobre un recodo del río, aún se yergue el bellísimo Stijt, varias veces restaurado a lo largo de los siglos. Como el lector habrá imaginado, en la biblioteca del monasterio no encontré huella alguna del manuscrito de Dom Adso.


... Hay momentos mágicos, de gran fatiga física e intensa excitación motriz, en los que tenemos visiones de personas que hemos conocido en el pasado. Como supe más tarde al leer el bello librito del Abbé de Bucquoy, también podemos tener visiones de libros aún no escritos.... Si nada nuevo hubiese sucedido, todavía seguiría preguntándome por el origen de la historia de Adso de Melk; pero en 1970, en Buenos Aires, curioseando en las mesas de una pequeña librería del viejo Corrientes, cerca del más famoso Patio del Tango de esa gran arteria, tropecé con la versión castellana de un librito de Milo Temesvar, "Del uso de los espejos en el juego del ajedrez", que ya había tenido ocasión de citar (de segunda mano) en mi libro "Apocalípticos e integrados", al referirme a otra obra suya posterior, "Los vendedores de Apocalipsis". Se trataba de la traducción del original, hoy perdido, en lengua georgiana (Tiflis 1934): allí encontré con gran sorpresa abundantes citas del manuscrito de Dom Adso. Sin embargo, la fuente no era Vallet ni Mabillon, sino el padre Athanasius Kircher (pero, ¿cuál de sus obras?) Más tarde, un erudito -que no considero oportuno nombrar- me aseguró (y era capaz de citar los índices de memoria) que el gran jesuita nunca habló de Adso de Melk. Sin embargo, las páginas de Temesvar estaban ante mis ojos, y los episodios a los que se referían eran absolutamente análogos a los del manuscrito traducido del libro de Vallet (en particular, la descripción del laberinto disipaba toda sombra de duda). A pesar de lo que más tarde escribiría Beniamino Plácido, el abate Vallet había existido, y, sin duda, también Dom Adso de Melk.



Todas esas circunstancias me llevaron a pensar que las memorias de Adso parecían participar precisamente de la misma naturaleza de los hechos que narran, envueltas en muchos y vagos misterios, empezando por el autor y terminando por la localización de la abadía, sobre la que Adso evita cualquier referencia concreta, de modo que sólo puede conjeturarse que se encontraba en una zona imprecisa entre Pomposa y Conques, con una razonable probabilidad de que estuviese situada en algún punto de la cresta de los apeninos, entre Piamonte, Liguria y Francia (como quien dice entre Lerici y Turbia).



En cuanto a la época en que se desarrollan los acontecimientos descritos, estamos a finales de noviembre de 1327; en cambio, no sabemos con certeza cuando escribe el autor. Si tenemos en cuenta que dice haber sido novicio en 1327 y que cuando redacta sus memorias, afirma que no tardará en morir, podemos conjeturar que el manuscrito fue compuesto hacia los últimos diez o veinte años del siglo XIV.

"El nombre de la Rosa": 
Gran literatura 
entre fascinantes
imágenes cinematográficas.



Fray Guillermo de Baskerville


 ... La apariencia física de Fray Guillermo era capaz de atraer la atención del observador menos curioso. Su altura era superior a la de un hombre normal, y, como era muy enjuto, parecía aún más alto. Su mirada era aguda y penetrante; la nariz afilada y un poco aguileña infundía a su rostro una expresión vigilante, salvo en los momentos de letargo. 




También la barbilla delataba una firme voluntad, aunque la cara alargada y cubierta de pecas -muy común como a menudo observé en la gente nacida entre Hibernia y Northumbría- parecía expresar a veces incertidumbre y perplejidad. Con el tiempo me di cuenta de que no era incertidumbre sino pura curiosidad, pero al principio lo ignoraba casi todo acerca de esa virtud, a la que consideraba, más bien, una pasión del alma concupiscente y, por tanto, un alimento inadecuado para el alma racional, cuyo único sustento debía ser la verdad, que (pensaba yo) se reconoce de forma inmediata...



Fray Guillermo: más allá del fantasmal mundo Medieval  













... Durante el período que pasamos en la abadía, siempre vi sus manos  cubiertas por el polvo de los libros, por el oro de las miniaturas que había tocado en el hospital de Severino. Parecía que sólo podia pensar con las manos, cosa que entonces me parecía más propia de un mecánico... Pero incluso cuando sus manos tocaban cosas fragilísimas, como ciertos códices cuyas miniaturas aún estaba frescas, o páginas corroídas por el tiempo y quebradizas como pan ácimo, poseía, me parece, una extraordinaria delicadeza de tacto, la misma que empleaba al manipular sus máquinas maravillosas. Las máquinas, decía, son producto del arte, que imita a la naturaleza, capaces de reproducir, no ya las meras formas de esta última, sino su modo mismo de actua. Así me explicó los prodigios del reloj, del astrolabio y del imán. Sin embargo, al comienzo temí que se tratase de brujerías, y fingí dormir en ciertas noches serenas mientras él (valiéndose de un extraño triángulo) se dedicaba a observar las estrellas. Los franciscanos que yo había conocido en Italia y en mi tierra eran hombres simples, a menudo iletrados, y la sabiduría de Guillermo me sorprendió. Pero él me explicó sonriendo que los franciscanos de sus islas eran de otro cuño: "Roger Bacon, a quien venero como maestro, nos ha enseñado que algún día el plan divino pasará por la ciencia de las máquinas, que es magia natural y santa. Y un día por la fuerza de la naturaleza se podrán fabricar instrumentos de navegación mediante los cuales los barcos navegarán únicamente "homine regente", y mucho más aprisa que los impulsados por velas o remos; y habrá carros "ut sine animali moveantur cum impetu inaestimabili, et instrumenta volandi et horno sedens in medio instrumenti revolvens aliquod ingenium per quod alae artificialiter compositae aerem verberent, ad modum avis volantis". E Instrumentos pequeñísimos capaces de levantar pesos inmensos, y vehículos para viajar al fondo del mar"




Cuando le pregunté dónde existían esas máquinas, me dijo que ya se habían fabricado en la antigüedad, y que algunas también se habían podido construir en nuestro tiempo: "Salvo el instrumento para volar, que nunca he visto ni sé de nadie que lo haya visto, aunque conozco a un sabio que lo ha ideado. También pueden construirse puentes capaces de atravesar ríos sin apoyarse en columnas ni en ningún otro basamento, y otras máquinas increíbles. No debes inquietarte porque aún no existan, pues eso no significa que no existirán. Y yo te digo que Dios quiere que existan, y existen ya sin duda en su mente, aunque mi amigo de Occam niegue que las ideas existan de ese modo, y no porque no podamos decidir acerca de la naturaleza divina, sino porque no podemos fijarle límite alguno". 

Esta fue la única proposición contradictoria que escuché de sus labios. Sin embargo, todavía hoy, ya viejo y más sabio que entonces, no acabo de entender cómo podía tener tanta confianza en su amigo de Occam y jurar al mismo tiempo por las palabras de Bacon, como hizo en muchas ocasiones. Pero también es verdad que aquellos eran tiempos oscuros en los que un hombre sabio debía pensar cosas que se contradecían entre sí.  


Salvatore: la gárgola humana


El ser situado a mis espaldas parecía un monje, aunque la túnica sucia y desgarrada le daba más bien el aspecto de un vagabundo, y su rostro no se distinguía de los que acababa de ver en los capiteles de la iglesia. A diferencia de muchos de mis hermanos, nunca he recibido la visita del diablo, pero creo que si alguna vez éste se me apareciese, incapaz por decreto divino de ocultar completamente su naturaleza, aunque quisiera presentarse con rasgos humanos, no me mostraría otras facciones que las que vi aquella vez en el infeliz Salvatore. La cabeza rapada, pero no por penitencia sino por efecto remoto de algún eczema viscoso, la frente tan exigua que, de haber tenido algún cabello en la cabeza, éste no se hubiese distinguido del pelo de las cejas (densas y enmarañadas), lo ojos redondos, de pupilas pequeñas y muy inquietas, y la mirada no sé si inocente o maligna, o quizás alternando por momentos entre la inocencia y la malignidad. La nariz sólo podía calificarse de tal porque entre los ojos sobresalía un hueso, que tan pronto emergía del rostro como volvía a hundirse en él, transformándose en dos únicas cavernas oscuras, enormes ventanas llenas de pelos. La boca unida a aquellas aberturas por una cicatriz, era grande y grosera, más ancha por la derecha que por la izquierda, y, entre el labio superior, inexistente, y el inferior, prominente y carnoso, emergían, con ritmo irregular, unos dientes aguzados, como de perro. El hombre sonrió (o al menos eso creí) y, levantando el dedo como en una admonición, dijo: -¡Penitenciagite! ¡Vide cuando draco venturus est a rodegarla el alma tuya! ¡La mortz est super nos! ¡Ruega que vinga lo papa santo a liberar nos a malo de tutte las peccata!¡Ah, ah, vos pladse ista nigromantia de Domini Nostri Iesu Christi! ¡Et mesmo jois m'es dols y placer m'es dolors!... ¡Cave il diablo! ¡Semper m'aguanta en algún canto para adetarme las tobillas! ¡Pero Salvatore non es insipiens!... Cuando apareció Guillermo se sintió atemorizado. Guillermo le recriminó: ¡Has gritado penitenciagite!... Salvatore, valiéndose otra vez de su ininteligible idioma, trató probablemente de disculparse, y huyó...





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Crímenes en la abadía

... En ese momento entraron tres porquerizos y, con el terror en el rostro, se acercaron al Abad para susurrarle algo. Al comienzo éste hizo un ademán de calmarlos, como si no desease interrumpir el oficio, pero entraron otros sirvientes y los gritos se hicieron más fuertes: "¡Es un hombre, un hombre muerto!", dijo alguien, y otros: "¡Un monje...!" El Abad salió a toda prisa, haciéndole una señal al cillerero para que lo siguiese. Guillermo fue tras ellos, pero ya los otros monjes abandonaban sus asientos y se precipitaban fuera de la iglesia. Detrás del coro, frente a los chiqueros, un extraño objeto casi cruciforme asomaba del borde de una tinaja, como dos palos clavados en el suelo. Pero eran dos piernas humanas, las piernas de un hombre clavado de cabeza en la vasija llena de sangre. El Abad ordenó que extrajeran el cadáver del líquido infame (ninguna persona viva habría podido permanecer en aquella posición obscena) Vacilando, los porquerizos se acercaron al borde de la tinaja, y, no sin mancharse, extrajeron la pobre cosa sanguinolenta. Se acercó un sirviente con un cubo de agua y lo arrojó sobre el rostro del miserable despojo. Otro se inclinó con un paño para limpiarle las facciones. Y ante nuestros ojos apareció el rostro blanco de Venancio de Salvernec...


... De nada valía tratar de ocultar los crímenes que se habían cometido, porque, si llegara a suceder alguna otra cosa, los legados pontificios por llegar pensarían que existía una conjura contra ellos. Por tanto, sólo quedaban dos soluciones. O bien Guillermo descubría al asesino antes de que llegase la legación (y aquí el Abad lo miró fijamente, como reprochándole sin palabras que aún no hubiera aclarado el asunto), o bien se imponía informar directamente de lo que estaba sucediendo al representante del Papa, y pedirle que se ocupara de que la abadía estuviese bajo estricta vigilancia. Tanto Guillermo como el Abad lamentaban el cariz que estaban tomando las cosas, pero no tenían demasiadas alternativas. Entre tanto sólo podían confiar en la misericordia divina y en la sagacidad de Guillermo...


El cadáver de Berengario

...Ocultas había una serie de cubas. Los monjes las usaban para su higiene los días que fijaba la regla, y Severino las usaba por razones terapéuticas, porque nada mejor que un baño para calmar el cuerpo y la mente. En un rincón había una chimenea que permitía calentar el agua sin dificultad. Vimos que estaba sucia de cenizas recientes, y ante ella había un gran caldero volcado. El agua se sacaba de la fuente que había en un rincón. Miramos en las primeras bañeras que estaban vacías. Sólo la última estaba llena, y junto a ella se veían, en desorden, unas ropas. Cuando la iluminamos desde arriba, vislumbramos en el fondo, exánime, un cuerpo humano desnudo. Lentamente, lo sacamos del agua: era Berengario. Como dijo Guillermo, su rostro sí era el de un ahogado. Las facciones estaban hinchadas. El cuerpo, blanco y fofo, sin pelos, parecía el de una mujer, salvo por el espectáculo obsceno de las fláccidas partes pudendas. Me ruboricé, y después tuve un estremecimiento. Me persigné, mientras Guillermo bendecía el cadáver...
 

Una vez que el Abad y los demás monjes se hubieron alejado, el herbolario y mi maestro examinaron el cadáver, con la frialdad propia de los médicos.-Ha muerto ahogado -dijo Severino-, de eso no hay duda. El rostro está hinchado, el vientre tenso. -Pero no ha sido otro quien lo ha ahogado -observó Guillermo-, porque se habría resistido a la violencia del homicida y habrían huellas de agua alrededor de la bañera. En cambio, todo está limpio y en orden, como si Berengario hubiese calentado el agua, hubiera llenado la bañera y se hubiese tendido en ella por su propia voluntad. -No me sorprende  -dijo Severino- Berengario sufría de convulsiones, y yo mismo le dije más de una vez que los baños tibios son buenos para calmar la excitación del cuerpo y del alma. En varias ocasiones me pidió autorización para entrar en los baños.


No me detendré a describir cómo informamos al Abad, cómo toda la abadía se despertó antes de la hora canónica, los gritos de horror, el espanto y el dolor pintados en todos los rostros. No sé si aquella mañana el primer oficio se celebró de acuerdo con las reglas, ni quiénes participaron en él. Yo seguí a Guillermo y  a Severino, que hicieron envolver el cuerpo de Berengario y ordenaron que lo colocasen sobre una mesa del hospital. -El rostro está hinchado, el vientre tenso- dijo Severino- Insisto en que ha muerto ahogado. Bien pudiera haber decidido tomar un baño esta noche. -La anterior -observó Guillermo-, porque, como puedes ver, este cuerpo ha estado al menos un día en el agua. -Es posible que haya sucedido la noche anterior- admitió Severino -Y es curioso porque el otro día  observé las manos del cadáver de Venancio, una vez que su cuerpo estuvo limpio de manchas de sangre, y caí en un detalle al que no atribuí demasiada importancia. Las yemas de los dedos de su mano derecha estaban oscuras, como manchadas por una sustancia de color negro. Igual que las yemas de estos dos dedos de Berengario, ¿ves? En este caso, aparecen también algunas huellas en el tercer dedo. En aquella ocasión pensé que Venancio había tocado tinta del scriptorium. -Muy interesante -observó Guillermo pensativo, examinando mejor los dedos de Berengario- El índice y el pulgar están manchados en las yemas, en medio sólo en la parte interna. Pero también hay huellas, más débiles, al menos en la mano izquierda y el pulgar. Ahora Severino estaba frotando levemente los dedos del muerto, pero el color oscuro no desaparecía. Observé que se había puesto un par de guantes: probablemente los utilizaba para manipular sustancias venenosas. Olfateaba, pero no olía nada.-Podría mencionarte muchas sustancias vegetales que dejan huellas de este tipo. Algunas letales, otras no. A veces los miniaturistas se ensucian los dedos con polvo de oro.-Adelmo (otro de los asesinados) era miniaturista -dijo Guillermo- Supongo que al ver su cuerpo destrozado la noche en que murió no se te ocurrió examinarle los dedos. -Pero estos otros podrían haber tocado algo que perteneció a Adelmo. No sé qué decir -comentó Severino-Dos muertos, ambos con los dedos negros. ¿Qué deduces de ello? -Que por ejemplo existe una sustancia que ennegrece los dedos del que la toca. Completé triunfante el silogismo: ¡Venancio y Berengario tienen los dedos manchados de negro, ergo han tocado esa sustancia! -Muy bien, Adso -dijo Guillermo-, lástima que tu silogismo no sea válido. Signo de que no está bien elegida la premisa mayor. No debería decir: todos los que tocan cierta sustancia tienen los dedos negros, pues podrían existir personas que tuviesen los dedos negros sin haber tocado esa sustancia. Debería decir: todos aquellos y sólo aquellos que tienen los dedos negros han tocado sin duda determinada sustancia. Venancio, Berengario, etcétera. Con lo que tendríamos un impecable tercer silogismo de primera figura. -¡Entonces tenemos la respuesta!- exclamé entusiasmado...

La carnalidad de la rosa

... Me he comprometido a contar, sobre aquellos hechos remotos, toda la verdad, y la verdad es indivisible; y para flagelación de mi culpa me dispongo a contar ahora cómo puede caer un joven en las celadas que le tiende el demonio... Cuando la iluminé con mi lamparilla, vi que se trataba de una mujer. ¡Qué digo! De una muchacha. Como hasta entonces mi trato con los seres de ese sexo había sido muy limitado (y gracias a Dios siguió siéndolo en lo sucesivo), no sé qué edad podía tener. Me mostré asustado, vigilante, con ella tras de mí. Era joven, casi adolescente. Quizá tuviese dieciséis o dieciocho primaveras, y me impresionó la intensa, concreta, humanidad que emanaba de aquella figura... La muchacha extendió sus manos y besó las yemas de mis dedos, acariciando luego mis mejillas aún imberbes. Sentí como un desvanecimiento, pero en aquel momento no sospeché que podía haber pecado alguno en todo ello. Tal es el poder del demonio, que quiere ponernos a prueba y borrar de nuestra alma las huellas de la gracia...



¿Qué vi? ¿Qué sentí? Solo recuerdo que las emociones del primer instante fueron indecibles, porque ni mi lengua ni mi mente habían sido educadas para nombrar ese tipo de sensaciones. Entonces la criatura se acercó aún más, y volvió a acariciar mi rostro. Y mientras, yo no sabía si escapar de ella o acercármele aún más. Mi cabeza latía como si las trompetas de Josué estuviesen a punto de derribar los muros de Jericó. La deseaba, pero tenía miedo de tocarla. Ella sonrió de gozo, lanzó un débil gemido de cabra enternecida, se quitó el vestido harapiento, y quedó ante mí como Eva debió haber estado ante Adán en el Jardín del Edén... Mientras la muchacha me colmaba de goces comprendí que de allí, del amor, surgen al mismo tiempo la unidad y la suavidad y el bien y el beso y el abrazo... Cuando mi placer estaba por tocar el cenit, pensé que quizá estaba siendo poseído y de noche por el demonio, e inmerso en esas sensaciones de inenarrable goce interior me adormecí. Y más tarde, cuando volví a abrir los ojos, tendí la mano hacia un lado, y no sentí el cuerpo de la muchacha. Volví la cabeza: ya no estaba...

Inquisición: Bernardo Gui y los condenados
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... El Abad nos esperaba con rostro sombrío y preocupado. -Acabo de recibir una carta del Abad de Conques-dijo- Me comunica el nombre de la persona a quien nuestro monarca Juan  ha confiado el mando de los soldados franceses, y el cuidado de la indemnidad de la legación -¿Quién será?- dijo inquieto Guillermo. -Bernardo Gui, o Bernardo Guidoni, como queráis llamarlo- explicitó el Abad. Guillermo profirió una exclamación en su lengua, que ni yo ni el Abad entendimos, y quizá fue mejor para todos, porque la palabra que dijo tenía resonancias obscenas. -El asunto no me gusta-añadió en seguida- Bernardo ha sido durante años el martillo de los herejes en la región de Toulouse y ha escrito una "Practica officii inquisitionis heretice pravitatis" para uso de quienes deban perseguir y destruir a las sectas de los valdenses, begardos, terciarios, fraticelli y dulcinianos. 

(Celestino V había sido sustituido por Bonifacio VIII, y este papa dio muy pronto muestras de extrema severidad con los espirituales y los fraticelli. Cuando el siglo ya fenecía firmó una bula: "Firma cautela", por la que condenaba de un solo golpe a los terciarios y vagabundos pordioseros que se movían en la periferia de la orden franciscana)...

... Al ver al infeliz, que sin duda había pasado durante la noche un interrogatorio no público, y más severo, sentí una gran compasión. Ya expliqué que el rostro de Salvatore era horrible. Pero aquella mañana parecía aún más animalesco que de costumbre. No mostraba signos de violencia, pero la manera en que el cuerpo encadenado se movía, con los miembros dislocados, casi incapaz de desplazarse, arrastrado por los arqueros como un mono atado a una cuerda, demostraba bien la forma en que debía haberse desarrollado el atroz responsorio. -Bernardo lo ha torturado-dije por lo bajo a Guillermo. -¡Loco!- gritó Remigio da Varagine, el cillerero, acusado por Bernardo de dulciniano- ¿Esperas salvarte? ¿No sabes que también tú morirás como un hereje? ¡Di qué has hablado para que no siguieran torturándote! ¡Di que lo has inventado todo!... Sonó entonces compungida y conmovedora la verborrea ininteligible de Salvatore: -Qu...sé yo, señor, cómo se llaman estas rejías... Paterinos, leonistos, arnaldistos, esperonistos, circuncisos... No soy homo literatus, peccavi sine malitia e el señor Bernardo muy magnífico el sabe, et ispero en la indulgentia suya in nomine patre e filio et spirits sanctis...- Vi que el Abad se sobresaltaba. No había acusación más insidiosa que la de recoger reliquias de herejes, y Bernardo estaba mezclando hábilmente los crímenes con la herejía, y el conjunto con la vida del monasterio. Interrumpieron mis reflexiones los gritos del cillerero, que juraba no haber tenido parte alguna en los crímenes. Bernardo, con tono indulgente, lo tranquilizó. Por el momento no era esa la cuestión que se estaba discutiendo; el crimen por el que debía responder era el de herejía. -¡Un juramento!-dijo Bernardo- ¡He aquí otra prueba de tu maldad! ¡Quieres jurar porque sabes que sé que los herejes valdenses están dispuestos a valerse de cualquier ardid, e incluso morir, con tal de no jurar! ¡Y cuando el miedo los posee fingen jurar y barbotean falsos juramentos! ¡Pero sé muy bien que no perteneces a la secta de los pobres de Lyon, maldito zorro, e intentas convencerme de que no eres lo que no eres para que no diga que eres lo que eres! Entonces, ¿juras? Juras para ser absuelto, ¡pero has de saber que no me basta con un juramento! Puedo exigir uno, dos, tres, cien, todos los que quiera. Sé muy bien que vosotros, los seudo apóstoles, acordáis dispensas al que jura en falso para no traicionar la secta. ¡De modo que cada juramento será una nueva prueba de tu culpabilidad!... ¡Basta, basta!-siguió exaltado Bernardo-, te pedimos una confesión, no un llamamiento a la masacre. Muy bien, no sólo fuiste hereje, sino que lo sigues siendo. No sólo fuiste asesino, sino que sigues matando. Entonces dime cómo mataste a tus hermanos en esta abadía y por qué. ¡Eres un discípulo del diablo! ¡Confiésalo!- El cillerero dejó de temblar. Miró a su alrededor como si acabase de salir de un sueño. -¡Sí, soy un discípulo...-exclamó con desgarro-, pero con los crímenes de la abadía no tengo nada que ver. He confesado todo lo que fui, pero no me hagáis confesar lo que no he hecho... -El interrogatorio ha concluido. Los acusados, reos confesos, para escrupulosa salvaguarda de la verdad y la justicia, serán quemados... Entonces Guillermo, frente a la mirada feroz de su declarado enemigo Bernardo Gui, se alzó, enfurecido con aquella farsa, y adujo que Remigio y Salvatore eran inocentes en cuanto a los crímenes cometidos en la abadía...
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La guarida del monstruo: "Finis Africae"


Al final del pasadizo bastaba empujar una puerta de madera para estar en la cocina, detrás de la chimenea, al pie de la escalera de caracol que conducía al scriptorium. Estábamos empujando la puerta, cuando oímos a nuestra izquierda unos ruidos apagados, procedentes de la pared que había junto a la puerta, donde terminaba la fila de nichos llenos de huesos y calaveras. Entre el último nicho y la puerta había un lienzo de pared sin aberturas, hecho con grandes bloques cuadrados de piedra; en el centro se veía una vieja lápida con unos monogramas ya gastados por el tiempo... Subimos al scriptorium y de allí al laberinto, donde no tardamos en llegar al torreón meridional. En dos ocasiones tuve que frenar la carrera porque el viento que aquella noche entraba por las hendiduras de la pared producía corrientes que, al meterse por aquellos vericuetos, recorrían gimiendo las estancias, soplaban entre los folios desparramados sobre las mesas, y me obligaban a proteger la llama con la mano... Pronto llegamos a la habitación del espejo, ya preparados para el juego de deformaciones que nos esperaba. Alzamos las lámparas e iluminamos los versículos que había sobre el marco: "super thronos viginti quatuo"... Ahora el secreto ya estaba aclarado: la palabra quatuor tiene siete letras, había que actuar sobre la q y sobre la r... Cuando Guillermo tiró de la q se oyó un golpe seco, y lo mismo sucedió cuando tiró de la r. Se sacudió todo el marco del espejo y la placa de vidrio saltó hacia adentro. El espejo era una puerta, cuyos goznes estaban a la izquierda. Guillermo metió la mano en la abertura que había quedado entre el borde derecho y la pared, y tiró hacia sí. Chirriando, la puerta se abrió hacia nosotros. Guillermo entró por la abertura, y yo me deslicé tras él, alzando la lámpara por encima de mi cabeza. Dos horas después de completas, al final del sexto día, en mitad de la noche en que se iniciaba el séptimo día, habíamos penetrado en el finis Africae...











El libro oculto: "La poética de Aristóteles"

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..."Nos encontramos en el umbral de una habitación cuya forma era similar a la de las otras tres habitaciones ciegas heptagonales, y donde dominaba un fuerte olor a cerrado y a libros macerados por la humedad... Vimos en el centro una mesa cubierta de pergaminos, y detrás de ella una figura sentada, que parewcía esperarnos inmóvil en la oscuridad, suponiendo que aún estuviera viva. Antes, incluso, de que la luz iluminase su rostro, Guillermo habló. -Buenas noches, venerable Jorge -dijo- ¿Nos esperabas?... Ahora que habíamos dado unos pasos hacia adelante, la lámpara iluminó el rostro del viejo, que nos miraba como si pudiese ver. -¿Eres tú, Guillermo de Baskerville?- preguntó- Hace ya bastantes días que os estoy esperando... -Habéis tenido que venir volando para llegar antes que nosotros- dijo Guillermo-... -Habéis descubierto muchas cosas desde vuestra llegada a la abadía, pero el atajo a través del laberinto no figura entre ellas -aclaró Jorge- Bien, pues, ¿qué es lo que queréis?... -Quiero ver el libro en griego que, según vos, jamás fue escrito -dijo Guillermo- Un libro dedicado a la comedia a la cual vos odiáis tanto como odiáis a la risa. Quiero ver la que, seguramente, es la única copia existente del segundo libro de "Poética de Aristóteles", probablemente realizada por un árabe, o por un español, que vos encontrasteis, cuando siendo ayudante de Paolo de Rimini, conseguisteis que os enviaran a vuestro país, para recoger los más bellos manuscritos del Apocalipsis en León y Castilla. Ese botín os hizo famoso y estimado en la abadía, y os permitió obtener el puesto de bibliotecario, cuyo titular debía haber sido Alinardo, diez años mayor que vos. Quiero ver esa copia griega escrita sobre pergamino de tela, material entonces muy raro, que se fabricaba precisamente en Silos, cerca de vuestra patria, Burgos. Quiero ver el libro que robasteis allí, después de haberlo leído, y que habéis escondido aquí, porque no queriáis que otros lo leyesen, protegiéndolo con gran habilidad, pero que no habéis destruido, porque un hombre como vos no destruye un libro: sólo lo guarda, y cuida de que nadie lo toque-...-¡Ah, qué magnífico bibliotecario hubiéseis sido, Guillermo! -dijo Jorge, con tono de admiración y disgusto al mismo tiempo- De modo que lo sabes todo. Acércate. Creo que hay un escabel al otro lado de la mesa. Siéntate. Aquí tienes tu premio- Guillermo se sentó y apoyó la lámpara, que yo le había pasado, sobre la mesa, iluminando desde abajo el rostro de Jorge. El viejo cogió el volumen que tenía delante y se lo entregó. Reconocí la encuadernación: era el mismo que en el hospital había tomado por un manuscrito árabe. -Leédlo, pues, hojead sus secretos, Guillermo -dijo Jorge-Habéis ganado- Guillermo miró el libro, pero no lo tocó. Extrajo del sayo un par de guantes; no los suyos, abiertos en la punta de los dedos, sino los que llevaba puestos Severino cuando lo encontramos muerto Lentamente, abrió el volumen, gastado y frágil. Me acerqué y me incliné por encima de sus hombros. Con su oído finísimo, Jorge escuchó el ruido que hice.-¿Estás también tú aquí, muchacho? Pues también te lo mostraré a ti después...- Guillermo hojeó rápidamente las primeras páginas. -Según el catálogo, es un manuscrito árabe sobre los dichos de algún loco. ¿De qué se trata?... -Oh, estúpidas leyendas de los infieles. Según ellos los locos son capaces de decir cosas tan ingeniosas que provocan incluso el asombro de sus sacerdotes y el entusiasmo de sus califas... -El segundo manuscrito está en sirio, pero según el catálogo es la traducción de un libelo egipcio sobre la alquimia. ¿Por qué figura en este volumen? -Es una obra egipcia del tercer siglo de nuestra era. Está en la misma línea que la obra siguiente, aunque no es tan peligrosa. ¿Quién prestaría oídos a los delirios de un alquimista africano? Atribuye la creación del mundo a la risa divina... -alzó el rostro y recitó, con su prodigiosa memoria de lector que desde hacía ya cuarenta años repetía para sí lo que había leído cuando aún gozaba del don de la vista-: "Apenas Dios rió, nacieron siete dioses que gobernaron el mundo; apenas se echó a reír, apareció la luz; con la segunda carcajada apareció el agua; y al séptimo día de su risa apareció el alma" ¡Locuras! Como también el texto que viene después, obra de uno de los innumerables idiotas que se pusieron a glosar la Coena... Pero no son estos textos los que te interesan- En efecto, Guillermo había pasado rápidamente las páginas hasta llegar al texto griego. Advertí de inmediato que los folios eran de otro material, más blando, y que el primero estaba casi desgarrado, con una parte del margen comida, cubierto de manchas pálidas como las que el tiempo y la humedad suelen producir en otros libros. Guillermo leyó las primeras líneas, primero en griego y después traduciéndolas al latín, y luego siguió en esta última lengua, para que también yo pudiera enterarme de cómo empezaba el libro fatídico.


Las fuerzas del infierno


El viejo calló. Tenía las dos manos abiertas sobre el libro, como si estuviese acariciando las páginas, como si quisiese protegerlo de la rapiña. -Sin embargo, todo eso no ha servido de nada-le dijo Guillermo- Ahora todo ha concluido, te he encontrado, he encontrado el libro, y los otros han muerto en vano. Entonces Jorge con sus manos descarnadas y translúcidas empezó a desgarrar lentamente, en trozos y en tiras, las blandas páginas del manuscrito, y a meterse los jirones en la boca, masticando lentamente como si estuviese consumiendo la hostia y quisiera convertirla en carne de su carne. -No te esperabas este final, ¿verdad, Guillermo? Por gracia del señor este viejo gana otra vez- Y como Guillermo intentó quitarle el libro, Jorge apretó el libro con su mano izquierda, mientras que con la segunda seguía desgarrando las páginas y metiéndoselas en la boca. La roja claridad de mi lámpara iluminó su rostro, ya horrible. Los ojos, normalmente de una blancura mortal, estaban inyectados en sangre. Al sentir el calor, dejando caer trozos de folio de la boca, emitió un sonido ahogado, casi un rugido. Su mano derecha soltó el libro, buscó la lámpara y, de un golpe, me la arrancó, lanzándola hacia adelante. La lámpara fue a parar justo al montón de libros que habían caído de la mesa. Se derramó el aceite, y todo sucedió en pocos instantes: una llamarada se elevó desde los libros como si aquellas páginas milenarias llevase siglos esperando quemarse. Guillermo tuvo un arranque de ira, y dio un violento empujón al viejo que fue a dar contra un armario, se golpeó contra una arista y cayó al suelo. Pero Guillermo volvió a los libros. Demasiado tarde. El "Aristóteles", o sea lo que había quedado de él  después de la comida del viejo, ya ardía. Ahora no había un incendio en la sala sino dos. Guillermo se dio cuenta de que no podríamos apagarlos con las manos y decidió salvar los libros con otros libros. -¡Nunca lo lograremos! Ni siquiera con todos los monjes de la abadía. La biblioteca está perdida, Adso. ¡La biblioteca, la biblioteca!-... Se escuchó un estruendo: una parte del piso del laberinto había cedido y sus vigas ardientes habían caido sobre el scriptorium, porque ahora también se veían las llamas entre los muchos libros y armarios que también lo poblaban. Escuché gritos de desesperación procedentes de un grupo de copistas que se cogían la cabeza con las manos. Guillermo apareció por fin en la puerta del refectorio, cargado con varios libros, y con el rostro chamuscado. Y ambos nos fundimos en un abrazo...


"La abadía ya estaba condenada. Casi todos sus edificios eran, en mayor o menor medida, pasto de las llamas. Y los que aún estaban intactos pronto dejarían de estarlo, porque todo, desde lo elementos naturales hasta la acción caótica de los que trataban de luchar contra el fuego, contribuía a propagar el incendio. Sólo se salvaban las partes no edificadas, el huerto y el jardín que había frente al claustro. -Era la mayor biblioteca de la cristiandad- dijo Guillermo- Ahora -añadió- es verdad que está cerca el Anticristo, porque ningún saber impedirá su llegada. Esta noche hemos visto su rostro- -¿El rostro de quién?-pregunté desconcertado. -Hablo de Jorge. En ese rostro devastado por el odio hacia la filosofía he visto por primera vez el retrato del Anticristo, que no viene de la tribu de Judas, como afirman los que anuncian su llegada, ni de ningún país lejano..."



"... Mi maestro me dio muchos consejos buenos para mis futuros estudios, y me regaló las lentes que le había fabricado Nicola. Aún era joven, me dijo, pero llegaría el día en que me serían útiles. Después me estrechó entre sus brazos, con la ternura de un padre, y me dijo adiós. No volví a verlo. Mucho más tarde supe que había muerto durante la terrible peste que se abatió sobre Europa hacia mediados de este siglo. Ruego siempre que Dios haya acogido su alma y le haya perdonado los muchos actos de orgullo que su soberbia intelectual le hizo cometer... Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: "stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus"...





Al desangrar el Medioevo (nunca mejor dicho), Umberto Eco desangró para goce de sus ávidos lectores el temporal concepto de tan terrorífico y siniestro ciclo europeo. Y es que al mismo tiempo lo convirtió en un Medioevo tan filosófico como histórico y policíaco. Tras Eco nos quedaron, ya para siempre, dos Medioevos: el de antes de su "Nombre de la rosa", y el de después de ella. El primero ya no parece interesar demasiado; y es el segundo el que sigue sangrándonos a todos con sus espinas. ¿Es posible, por tanto, que el único Medioevo creíble nos siga pareciendo el de el gran Umberto Eco?


Un film de
Jean-Jacques Annaud
(Octubre de 1943, Juvisy-sur-Orge -Francia-)

La obtención del Premio de la Academia de Hollywood a la Mejor Película de Habla Extranjera con su primer largometraje ""La victoire en chantant", 1976, abre ante este director francés una nueva expansión internacional, que se complementará con sus dos nuevos films: "La guerre du feu", 1981 y "L'Ours", 1988. Su potente personalidad perfeccionista se alía con un deslumbrante esplendor formal en los films citados. Su exuberante vitalidad meridional posee resonancias que recuerdan a grandes directores clásicos como David Lean o a la densidad palpitante y espectacular complejidad de Ridley Scott, bien patentes en sus súper producciones "The name of the rose", 1986, "Enemy at the gates", 2001, y "Sa majeste Minor", 2006. "Le dernier loup", 2015, es, hasta el momento, su última película. No dudó tampoco, tras el enorme éxito alcanzado por su adaptación de la novela de Umberto Eco, en dirigir con concienzuda agudez de entomólogo, un desenfrando relato erótico como "L'amant", 1992, basándose en la famosa obra de Marguerite Duras.  


Adaptar la versión críptica, plena de simbologías, prácticamente inaccesible para la pantalla del original literario de Umberto Eco, mueve al director francés a intentar llevar a buen puerto un retrato verista de un Medioevo inédito que, no obstante, entre exteriores e interiores espectaculares, habrá de concurrir en el terreno de la dramaturgia tradicional, con la confesada influencia del cine americano. Todos los esfuerzos artísticos del film se deberán, pues, concentrar en el gran misterio que subyace en un terrorífico convento medieval donde su principal personaje, Guillermo de Baskerville -de clara resonancia a Conan Doyle y a su infalible personaje Sherlok Holmes- (excelentemente matizado por la gran interpretación que del personaje lleva a cabo, con poderoso aliento renovador, el afamado actor Sean Connery), deberá enfrentarse a una siniestra investigación detectivesca de unos inexplicables crímenes que tienen lugar en el citado convento. El aspecto psicoanalítico de los hechos que allí acaecen se subraya con la fuerza del raciocinio y de la demostración palpable que, forzosamente, alejan a Baskerville de los postulados absurdos de la Fe, poniendo en marcha los mecanismos mentales, más humanos y laicos, de la deducción razonada. Y cuando este "Nombre de la rosa" se adentra en el terreno teológico y nos somete  al crudo espectáculo de un diálogo enloquecido sobre los temas de la eternamente cacareada Fe, ya rechazada, será cuando nos hallaremos ante la perfecta mascarada, grotesca, gargoliana y tradicional que nos impone la caracterización del inquisidor Bernardo Gui, -convencionalmente expuesta por el siempre excesivo F. Murray Abraham-, hasta hacernos chocar de nuevo con esa Iglesia que no duda en seguir negando el conocimiento como derecho racional del hombre libre en un mundo de intolerancia y superstición como fuera la Edad Media. Y es que, pese a haberse repetido hasta la saciedad: la Fe ciega no admitiría jamás en aquel truculento Medioevo ni el menor análisis ni dilema alguno que pusiera en duda su supremacía, ya fuera frente a la ignorancia o frente a la esencial inteligencia perquisitiva del hombre. La investigación de Guillermo de Baskerville, monje franciscano también anatematizado por la Inquisición, no se convertirá así ante los ojos de los espectadores en una simple resolución de cuantos inexplicables crímenes se están cometiendo en la abadía, sino que se erigirá en una admirable postura ante la tortuosa e intolerante ambigüedad moral de una Iglesia que se permite arbitrariamente, bajo pena de muerte en la hoguera, prohibir al hombre el uso natural de la Razón, y el disfrute de los sentidos (o el de su simple usufructo, como sucede con el encuentro carnal del joven monje Adso de Melk -prodigioso Christian Slater- y la muchacha vagabunda que, muy al gusto de la etapa medieval que se retrata, será posteriormente tratada de bruja y también condenada a la hoguera).


Jean-Jacques Annaud, frente a las imposiciones comerciales de la taquilla,  se ciñe, pues, a los aspectos más sencillos del críptico original literario (para escandalo de los fans de la palabra escrita), y favorece la digestión de los cinéfilos, más apegados a la imagen y al entendimiento del enigma fácil, aunque no reniega en ningún momento de cierto clasicismo muy al gusto del cine mudo, usando de la inocencia perseguida y martirizada que había tenido su más alta culminación en "La passión de Jeanne d'Arc", 1928, del  gran director danés Carl Th. Dreyer, al que utilizará como modelo absoluto, con sus monjes y su época oscurantista e inquisidora, a fin de conceder a la película una ansiada calidad plástica y una sobria fidelidad a la textura expresionista del maestro del cine danés. El impacto gráfico y fantasmal cobra así su gran punto de partida al mostrarnos una selección meticulosamente obsesiva de rostros planificados en claroscuros siniestros, de angulaciones forzadas, aguileñas y monstruosas como la del infeliz Salvatore -perfecta caracterización de Ron Perlman-  a los que no faltará la despiadada maldad, la obsesión religiosa y la más tajante condena frente cualquier muestra de pureza de corazón o libertad racional, que magníficamente enfatiza el sádico Jorge de Burgos -terorrífico personaje genialmente encarnado por Feodor Chaliapin Jr.-, nueva conmoción criminaloide de las obsesiones perennemente arraigadas en el cristianismo más intolerante, y que no dudará en custodiar "su exacerbda Fe católica", no ya con hogueras y suplicios como el inquisidor Bernardo Gui, sino tratando de torturar y de arrastrar hasta la muerte cualquier conato de agnosticismo, ya presente en muchos de los monjes del monasterio. Y por lo que tratará, valiéndose de todos los medios posibles, incluyendo el crimen por envenenamiento, de ocultar en la laberíntica biblioteca de la abadía "La poética de Aristóteles", libro pecaminoso por proponer la risa como liberación del cuerpo.



Compendio y suma de un refinamiento formal y del sentido del espectáculo que expone magistralmente una vasta exploración criminalista acosada en todo momento por la sombra intolerante de la Fe cristiana. Ideas generosas del raciocinio frente a los privilegios inquisitoriales de la Iglesia medieval, que aún hoy, en pleno siglo XXI, sigue constituyendo un amplio y profundo drama histórico: la imagen monolítica de una justificación fulminante que se sigue esgrimiendo sobre el hombre pensante: Dios, su existencia, la Fe, el creyente. Una durísima e impuesta "Verdad", repudiadora de cualquier otra fustificación moral frente al placer y la libertad de vivir plenamente en nuestras dimensiones más humanas, y  a las que se sigue enfrentando una Iglesia que no renunciará jamás a sus, llamémosles, derechos "feudales". Las inmensas posibilidades del cine proponen, pues, frente a este eterno conflicto psicológico-religioso, un nuevo contacto con el hombre y este drama, valiéndose del horror, del crimen, de la intolerancia entre la más despiadada crueldad "limpia y tersa" que una vez enseñoreó la cristiandad y su máxima representante: la Iglesia. Todo ello entre una escenografía torturada, monstruosa, que se valdrá de actos que jamás se detendrán ante la elección de los medios más terroríficos para acentúar esa oposición entre lo que para el gran estamento religioso medieval significara la maldad o la bondad humana. Y que, como se ha podido demostrar históricamente, nunca tuvo dudas sobre lo que debía hacer en contra o a favor de "sus hijos de Dios". 

"Il nome della rosa", en su más pura expresión cinematográfica, se convierte así en un espectáculo no tan sólo gratificante sino valioso y contestatario. 















Sobre esta incursión en el "infierno turbio e intolerante de la religión" planeará majestuosamente uno de los más adecuados tratamientos musicales en los que se especializaría el gran compositor James Horner, trágicamente fallecido en un accidente de avioneta el 23 de junio de 2015. Sound-Track mítico que contribuye a recargar de medieval atmósfera fatalista la negra y despiadada aventura monacal propuesta por Umberto Eco e impecablemente diseñada en imágenes por Jean-Jacques Annaud












































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