martes, 23 de agosto de 2016

Proceso a Mariana Pineda -I Parte-

♪Marianita sentada en su cuarto no paraba de considerar: "Si Pedrosa me viera bordando la bandera de la Libertad"... ¡Oh, qué día triste en Granada, que a las piedras hacía llorar, al ver que Marianita se muere en cadalso por no declarar!♪ (Federico García Lorca).










Las esperanzas y sus crisis carecen de tiempos privilegiados. Por lo general han vivido entre las infinitas torturas de la desesperación. Y es precisamente la ilusión de la libertad frente a los yugos intolerantes impuestos al hombre por el hombre, la que ha vivido durante siglos y siglos a la espera de recibir ese mensaje que pudiera al fin transformar la esencia humana que debe convertirnos en seres libres y dueños de nuestro destino, aunque no poseamos certidumbre alguna del mismo. Para los tiranos todo eso no es más que una falacia a la que hay que combatir. Y así lo han hecho durante milenios.

La bandera de la Libertad. Absolutismo y persecución a muerte de los Liberales.


También han sido muchos los siglos de  espera para que la verdadera libertad individual nos pudiese convertir en criaturas diferentes. En el hoy por hoy nos reconocemos en el libre albedrío, que es la experiencia más profunda de la alegría de vivir o de un conocimiento revelador de nuestra presencia en el mundo más lógico y racional. Y así nos preguntamos cómo pudo existir otra clase de mundo capaz de poner el precio que fuese necesario a las promesas de una vida emancipada de la sumisión y sus desastres de infinito dolor, de infinito silencio, y de sus infinitas perspectivas de injusticia y crueldad, que arrancaran de nuestros confines de la razón ese preciado sentido de la libertad, en su más extensa plenitud de raciocinio, que pudiera transformar aquellas huellas perdidas de tantas esperanzas de limpias emociones de hombres civilizados frente a las miles de frágiles ilusiones extraviadas en esta lamentable historia que ha enfangado (y continúa enfangando desgraciadamente) nuestra presencia en este planeta.




Quizás se deba a que, para nuestro infortunio, sabemos que la cordura del hombre no es definitiva. Esa esencia que podría transformarlo se basa en resoluciones de comportamientos por medio de los cuales cree juzgar las cosas de este mundo con más facilidad, y obra en consecuencia. ¿Será cierto, pues, que la criatura humana nunca cambia, sino que tan sólo envejece, y no hay nada más? Y que la única manera de repartir el peso del castigo por desencadenar tanta duda, tanto delito y tanto crimen frente a una fraternidad que, bien reflexionada, pudo hacernos libres y amigos, es emprender el último viaje entre preguntas y dudas que el hombre se ha hecho a sí mismo toda su vida, aparcado por lo general en la angustia de una expectativa que, finalmente, no ha llegado a conceder esa solución más humana a los errores terribles que siempre han planeado sobre este mundo; y que, aunque carezca de sentido y de toda lógica, parece que estemos condenados a seguir aguardando la llegada redentora de un nuevo dios.

Los tiempos prosaicos de que esta hecha nuestra existencia son, pues, como ejércitos adiestrados en la inutilidad de convertirnos en enemigos, siempre a la espera del ataque inminente. El desequilibrio tiránico que embrutece al hombre ha sido por tanto un eterno veneno de víbora que ha cumplido con el instinto de empozoñar la sangre vertida en nombre de alguna causa sospechosa, principalmente la de la seguridad de que el verdadero fuego que anima nuestras venas es el de la plena libertad humana.


Mariana Pineda: femenino adalidad Liberal.
♪¡Oh, qué día tan triste Granada! ¡Las campanas doblar y doblar!... Como lirio cortaron el lirio, como rosa cortaron la flor, como lirio cortaron el lirio, más hermosa su alma quedó!... ¡Oh qué día tan triste en Granada, que a las piedras hacía llorar!♪ (Federico García Lorca)


Patético adiós que aún, tras casi dos siglos de su injusta muerte, continúa resonando en nuestros oídos. Es un canto liberal que nos hechiza, y que así parece seguir respirando como una convulsión hipnótica, que nos arrastra hacia un éxtasis apasionado, fluctuante entre el miedo y la fascinación. Pobre canción de luz viajera que todavía hoy arrastra un poder secreto sobre un rostro que nunca agachó su cabeza ante la tiranía inquisitorial y absolutista, y que se entregó al verdugo con ese anhelo de libertad que entró en su corazón incuestionada y fuertemente, toda ella hecha voluntad contra el proceso político de un tiempo de creación destructiva y oscura corrupción, que lejos de aniquilar sus esperanzas liberales, una vez en manos del arbitrario poder humano que le arrebató la vida a los veintisiete años, la elevó a un estado de triunfo reverencial y majestuoso.

Nacida en Granada en 1 de septiembre de 1804, fue hija natural del capitán de navío granadino y caballero de la Orden de Calatrava, don Mariano de Pineda y Ramírez que, por motivos aún desconocidos, no llegó a contraer matrimonio con María de los Dolores Muñoz y Bueno, nacida en Lucena (Córdoba), y madre de Mariana. Se baraja la hipótesis de que por ser María de los Dolores Muñoz mucho más joven que Mariano de Pineda y de condición humilde, éste prefiriera suspender instintivamente todo lazo matrimonial con la joven cordobesa, mujer de gran temperamento, a fin de que no pudiera granjearle serias dificultades con el curso del tiempo. No era, pues, de extrañar que en un mundo controlado por hombres despóticos y expertos, su relación ilícita, no sometida a las exigencias sociales de la vida  matrimonial, significara proveerse de una especie de salvoconducto de libertad con respecto a sus obligaciones morales para con la amante;  y con la que, como poco después saldría a la luz, tan sólo parecía haber decidido compartir con ella una cierta satisfacción fatalista. Una primera hija, a poco de nacer, falleció en Sevilla, ciudad a la que se habían trasladado eventualmente.

De vuelta a Granada, María Dolores Muñoz, considerando ya que aquella unión no marital resultaba ignominiosa a los ojos de todos, residió en casa separada de su indeciso y poco complaciente amante. Pero tras el nacimiento de su segunda hija, Mariana, se trasladó a casa de don Mariano, quien aquejado de una enfermedad crónica, otorgó a su desgraciada entretenida, mediante documento, todos los derechos maternos sobre su hija. Pero en aquel patriarcado que invalidaba todo posible enfrentamiento femenino al despotismo masculino en cualesquiera de los acontecimientos sociales que pudieran derivarse de aquel poco fiable acto de generosidad por parte de Mariano de Pineda, fueran estos los que fuesen, María Dolores Muñoz era plenamente consciente de que el documento firmado por el padre de su hija se hallaba de igual forma subordinado a las caprichosas reacciones impositivas del hombre, caso de que se produjera un cambio de actitud en el mismo. Y así sucedió en efecto,  porque don Mariano, pocos meses después, acusó a su amante de haberse apropiado de la mayor parte de bienes que él, generosamente, había otorgado a la pequeña Mariana. Y María Dolores, que había logrado huir de la casa paterna con su hija fue detenida y obligada a restituir la niña a su padre. Todo ello tuvo lugar el 12 de noviembre de 1805.

Entre los ofrecimientos que velaran la condición de ilegítima de la joven Mariana, y que pudieron conceder un equilibrio moral que cumpliese con la aquiescencia de una sociedad intolerante como la que había rodeado su infancia y la vida de su madre, se hallaba el de un matrimonio oportunamente concertado para librarla de ese fuego oscuro en que se deleitaban las críticas sociales y beatas de la España borbónica. A sus quince años se convertiría así en la adolescente esposa del militar retirado Manuel de Peralta y Valle, once años mayor que ella. La boda se celebró en octubre de 1819. En marzo de 1820 nació su primer hijo, José María de Peralta, y en mayo de 1820 dio a luz a Úrsula María. Don Manuel de Peralta fallecería en agosto de 1822.

Viuda a los dieciocho años, durante los tres años de matrimonio de Mariana había tenido lugar en España el nacimiento del famoso Trienio Liberal -periodo español de revoluciones de 1820, y en el que el posteriormente nefasto reinado de Fernando VII se rigió por la Constitución de Cádiz promulgada en 1812,  e intermedio de las tres fases en que se dividiría el reinado de Fernando VII:  el sexenio absolutista, anterior a la década ominosa o segunda restauración de Abolutismo ocurrida entre los años 1823 a 1833-. Cuando la Autocracia Borbónica alcanzó ya de nuevo su punto álgido, Mariana Pineda se uniría en secreto a la causa liberal, en cuyos círculos conoció a Casimiro Brodett y Carbone, brillante militar liberal con el que había decidido contraer unas segundas nupcias. No obstante, la boda se frustró porque a Brodett, descubierta su filiación liberal, se le denegó la dispensa real, fue acusado de "militar impurificado", y una vez degradado, se le forzó a abandonar el ejército y a exilirse de España. Brodett se instalaría en Cuba y durante los dos años siguientes a la marcha de su amante Brodett, Mariana Pineda desaparecería de Granada, ignorándose su paradero y sus posibles y subrepticias actividades en favor de la causa liberal.

Ramón Pedrosa Andrade


El movimiento liberal parecía recorrer Granada con rápida impaciencia. La excitación revolucionaria se entretejía como una rama minúscula en el gigantesco árbol borbónico del absolutismo, pero florecía impulsivamente, buscaba refuerzos y no cesaba en proseguir su lucha contra la arbitrariedad de Fernando VII. Su alcalde del crimen, el afamado y terrorífico servidor monárquico Ramón Pedrosa Andrade ejercía en Granada el más intolerable y abrumador ejercicio de persecución ante cualquier conato de sospecha. Uno de los principales perseguidos fue Fernando Alvarez de Sotomayor, primo de Mariana Pineda, encarcelado en 1827. Ayudado por Mariana logró fugarse de prisión disfrazado de fraile, refugiándose en casa de su prima, objeto ya de desconfianza por parte del alcalde del crimen. No obstante, cuando la policía de Pedrosa registró la casa de Mariana Pineda, Álvarez de Sotomayor había logrado arribar sano y salvo a Gibraltar. Ramón Pedrosa, que se sentía fuertemente atraído por la joven Mariana, amortiguó el espionaje ejercido sobre ella con la esperanza de verse correspondido amorosamente por la joven viuda, que, en realidad, le detestaba. Mariana no dudó por tanto en mostrarse fría y despectiva con él, además de demostrarle en varias ocasiones que sus atenciones la asqueaban vivamente. Antonio Buriel, fiel criado de Mariana había sido detenido con cartas comprometedoras que alimentaron de nuevo las sospechas de Pedrosa. Mariana fue confinada en su casa como posible cómplice de los "anarquistas" -nombre con que los absolutistas denominaban a todos los adeptos a la revolución liberal-

José María Torrijos

Una primera tentativa de insurreción se intensificaba ya en enero de 1831 dirigida por los generales José María Torrijos y Francisco Espoz y Mina, líderes de los exiliados en Gibraltar, que se hallaban haciendo sus preparativos en la Roca desde septiembre de 1830 y dispuestos a marchar con sus tropas hasta La Línea de la Concepción y Algeciras. El gobernador de Cádiz había sido asesinado al parecer por un grupo de liberales -hecho este que nunca se llegó a esclarecer- Al mismo tiempo 200 hombres salieron del campo de Gibraltar y tras recorrer la serranía de Ronda, en aquella tentativa de insurrección, fueron capturados por la milicia más intransigente de Fernando VII, organizada por el monarca el 10 de junio de 1820 -tras la caída del gobierno liberal en España- y que fue nefastamente conocida por "voluntarios realistas". El levantamiento, que se había fijado para el 20 de marzo de 1831, fue desbaratado por el Ministro de Gracia y Justicia Francisco Calomarde, que se hallaba al tanto de los preparativos gracias a los agentes de espionaje que había diseminado por Gibraltar siguiendo los pasos a Torrijos y su grupo. Mariana Pineda fue detenida por Ramón Pedrosa dos días antes de la fecha prevista de aquel pronunciamiento que, coordinado también desde Madrid por el político y escritor Salustiano de Olózaga Almandoz, se gestaba previsiblemente en toda Andalucía.

El rencoroso nudo de conciencia que había persistido en la mente de Ramón Pedrosa Andrade ante los desplantes sentimentales que giraban como remolinos de desprecio hacia él por parte de la joven Mariana Pineda abrumaron hasta tal punto al intolerante alcalde del crimen que no halló mejor camino para someterla a su voluntad que convertirla, mediante pruebas probablemente falsas, en víctima propiciatoria del perpetrado y abortado levantamiento liberal, acusándola de cómplice del mismo. El 18 de marzo de 1831 la policía de Pedrosa y él mismo irrumpieron en su domicilio, número 6 de la casa 77 de la calle del Águila en pleno centro de Granada, siendo arrestada de inmediato con la siguiente acusación :«Dentro de la casa que habitaba doña Marina Pineda, cabeza o principal de ella» una «bandera, señal indubitada del alzamiento que se forjaba» fue «aprehendida... teniéndosela legalmente... por autora del horroroso delito» Relato fidedigno presentado por el fiscal en el juicio a que fue sometida Mariana Mineda, y probablemente falso, pues todo hacía sospechar que la citada bandera fue introducida en la casa de Mariana por algún agente manipulado por Pedrosa, y que pudo tratarse sin duda de una de las propias bordadoras del Albaicín a quien ella tenía encomendado el trabajo, y que, descubierta o denunciada, se habría visto más o menos obligada a introducir el famoso pendón en su casa para que pudiera ser descubierto luego allí y sirviera de base para la acusación.

Como si de un momento de tregua se tratase, Pedrosa decidió confinar a su prisionera en su domicilio, celosamente custodiada por su policía. Pero el encarcelamiento doméstico a que fue sometida pudo resultar más amedrentador que la fuerza. Vagar en constante vigilancia por una casa privada de libertad era como hallarse en una oscuridad inmediata. Mariana obviamente se hallaba decidida a continuar con su actividades en pro de la causa liberal, y ayudada por su familia proyectó su huida tres días después de su encierro, disfrazándose de anciana. Detenida casi de inmediato por el guardia que custodiaba la casa, la joven viuda le pidió que no la denunciara y le propuso que huyera con ella. La negativa fue rotunda y el hecho fue utilizado por el fiscal como un segundo delito tan grave como el de haber intentado participar en el alzamiento contra Fernando VII: "De nuevo doña Mariana muestra su culpabilidad al haber emprendido su fuga de la prisión que le fue constituida en su casa, tratando de seducir o cohechar al dependiente que la custodiaba y que le dio alcance en su fuga, diciendo a este que la dejara, ofreciéndole que se fuese con ella y le haría feliz». Tras el fallido intento, el alcalde del crimen la condenó a ser recluida en la prisión-convento de mala vida bajo la vigilancia fanática de las monjas, muy conocida en Granada como "Las Arrecogidas de Santa María Egipciaca".

Las barreras de clase y sexo no podrían derrumbarse nunca en un régimen absolutista como el del Borbón. Y por ello mismo en el árbol de la intolerancia y arbitrariedad monárquica mujer alguna habría podido soñar siquiera rebelarse contra el monolítico orden político regentado exclusivamente por el varón. A Mariana, en el dudoso caso de haber llegado a abrazar la causa liberal implicándose en las actividades del grupo de José María Torrijos y de haber salvado de prisión a su primo Fernando Álvarez de Sotomayor, se la consideraba en realidad como una mera comparsa movida por una inexplicable fuerza vital de extraños afectos incomprensibles en la política de la época. Por todo ello Ramón Pedrosa, siempre perturbado por una especie de palpable y viva lucha frente a la realidad que siempre oscurece lo femenino ante lo masculino, tenía en su manos conceder su indulto sin condiciones a Mariana Pineda, detenida tan sólo con la esperanza de que delatara a los complicados en la conjura revolucionaria contra Fernando VII.

El alcalde del crimen no dudó en amenazarla así con ser encarcelada de por vida y negársele los derechos maternales sobre sus hijos. No obstante, Pedrosa, para su sorpresa, se halló ante la rotunda negativa de la joven viuda a hablar de sus posibles complicidades con la causa liberal. No faltaron tampoco las especulaciones que daban por hecho que el celoso perseguidor de liberales, enamorado de Mariana Pineda, había decidido ya de antemano condenarla tras los constantes desplantes amorosos de que había sido objeto por parte de ella. Teoría más que plausible y que, veladamente, expuso su abogado defensor durante el juicio: «...Ciertos acontecimientos y circunstancias fatales, que habían hecho que a la referida [Mariana] se la tenga por algunos en un concepto que no merecía, entre los que se encontraban el no haber accedido a pretensiones de otros sujetos, quienes no sería extraño que se hayan propuesto llevar su resentimiento y venganza hasta el extremo de arruinarla». Granada y su pueblo llano no dudó tampoco en romper su silencio, conociendo la presión interior del odio de Pedrosa hacia su prisionera, valiéndose de coplillas culpabilizadoras que perduraron en la memoria de las gentes durante muchos años posteriores a la muerte de ambos:

"♪ Granada triste está
Porque Mariana de Pineda
A la horca va
Porque Pedrosa y los suyos
Sus verdugos son,
Y ésta ha sido su venganza
Porque Mariana de Pineda
su amor no le dio♪ "


José de la Peña y Aguayo (abogado y amante de la joven viuda, que trabajó denodadamente para salvarla del patíbulo) publicó en 1836 la primera biografía sobre Mariana Pineda en la que reflejó los datos más importantes del expediente penal sobre su juicio -expediente de gran complejidad extrañamente desaparecido a principios del siglo XX-. Por José de la Peña sabemos que la base de la acusación del fiscal se centró en demostrar que «el signo más decisivo y terminante era el de un alzamiento contra la soberanía del Rey N.S. y su gobierno monárquico y paternal». El «signo» consistía en:
"Tres letreros escritos con encarnado en papel al parecer de marquilla, que dicen: el uno, Igualdad; Libertad, el otro, y el tercero, Ley, y 13 letras cortadas de papel marquilla, y son L, I, T, A, D, Y, G, V, A, D, J, E, J,, todas mayúsculas, y un tafetán morado del ancho de dos paños y largo algo más de dos varas y tercia con un triángulo verde en medio, y en un lado de él, bordadas de carmesí, las letras mayúsculas B, E y embastada de cartón, una R; en otro lado de él, también bordadas de carmesí, las letras mayúsculas, A, L, y a medio bordar, una D; y en las orillas del largo de dicho tafetán, como en medio de él, dos pedazos de vando embastado... [todo lo cual tenía] la forma de una bandera que sirviese de señal o alarma para un Gobierno revolucionario"
La iridiscencia intolerante y arbitraria de la conciencia del fiscal tan sólo aspiraba a que la culpabilidad de Mariana Pineda se estableciera definitivamente con esta prueba, añadiéndole el delito de rebelión contra el orden absolutista establecido a partir del 1 de octubre por Fernando VII y castigado con la pena de muerte con el siguiente artículo: "Toda maquinación en el interior del reino para actos de rebeldía contra mi autoridad soberana o suscitar conmociones populares que lleguen a manifestarse por actos preparatorios de su ejecución, será castigada en los autores y cómplices con la pena de muerte". Pese a todo ello, la defensa se movilizó concienzudamente a fin de desmontar la prueba presentada, negando que la bandera fuera revolucionaria, y que en realidad no se trataba más que de una enseña destinada a la masonería: «El emblema del triángulo verde fijado en su centro demuestra que su destino era más bien para adorno de alguna logia francmasónica». Y dado que a las mujeres les estaba vedado pertenecer a la masonería, la acusada se hallaba libre de culpa, no siendo merecedora de más sentencia que la de ser condenada de una corta pena de prisión por complicidad con secta masónica. El abogado defensor esgrimió insistentemente el hecho de que la culpabilidad revolucionaria de la joven acusada estaba en consecuencia descartada por completo, hallándose claramente probado que Mariana Pineda tan sólo se había hallado en contacto con masones, preparando algunos distintivos para sus logias. Pero el fiscal adujo que los clanes masónicos se hallaban plenamente relacionadas con los grupos de conspiradores liberales que tramaran  un generalizado levantamiento antimonárquico en  el sur de Andalucía, y que Mariana Pineda, al hallarse en contacto con dichas sectas, se hallaba por ello mismo vinculada a la perpetrada revolución contra el poder absoluto de Fernando VII.

La decisión judicial no pudo ser contradicha, a pesar de la convincente defensa del abogado de Mariana Pineda. Por todo lo cual, la condena a muerte, tan profundamente temida por los liberales como deseada por los absolutistas, se firmó empapada de negruras e inhumanidad, mientras Mariana Pineda permaneció silenciosa en su agitada aflicción, y Ramón Pedrosa Andrade se mantuvo transfigurado por el horror de haberla promovido. El día de la ejecución, 26 de mayo de 1831, un grupo de liberales había preparado una operación para liberarla -que por motivos desconocidos se frustró- durante su traslado desde el convento de las Arrecogidas, donde había permanecido prisionera, hasta el Campo del Triunfo granadino donde se había alzado el garrote vil con que sería ajusticiada. "¡¡Ha muerto Mariana Pineda!!", parecieron sonar con estrépito las voces conmovidas de los habitantes de Granada que no cesaron de lanzar desde sus balcones paños negros en señal de protesta y luto por la ínclita mártir de la causa liberal que tan sólo contaba 26 años de edad. Mariana Pineda, convertida así en excelso símbolo popular de la lucha del pueblo español contra la falta de libertades impuesta por el absolutismo borbónico, mantuvo su dignidad hasta el momento malhadado en que hubo de prepararse para su ejecución. Peinó su cabello, retocó suavemente sus mejillas húmedas, apartó su mirada de cuantos ojos oscurecidos y fijos sobre ella la habían condenado, se mostró nueva y fuerte como una maravillosa flor recién abierta, y no aceptó la humillación de ser despojada de sus ligas para "no dirigirse al patíbulo con las medias caídas".

Los restos de Mariana de Pineda fueron inhumados en el cementerio de Almengor, lugar próximo al de ajusticiamiento, situado junto al río Beiro, frente a la que en el siglo xx fue Prisión Provincial de Granada. En 1836 fueron exhumados y depositados sucesivamente en la Basílica de la Virgen de las Angustias en la capilla del oratorio de la casa consistorial y en la Iglesia del Sagrario, entre 1844 y 1854. El 9 de septiembre de este último año se volvieron a exhumar, colocándose la urna de nuevo en dependencias municipales. Finalmente, en 1856, los restos de Mariana de Pineda fueron depositados en la cripta de la Catedral de Granada donde permanecen, bajo una sencilla lápida, con el siguiente epitafio:

"† D.O.M. Ad perpetuam memoriam. Reliquiæ mortales Marianæ a Pineda, quam, sæva morte, percussit tyrannus, Granatæ septimo kalendas junii, anni millesimi octogentesimi trigesimi primi. Requiescat in pace. Patria grata ejus memoriam colit. Anno M.DCCCLVI."


Federico García Lorca -1898-1936- 

 

 

 



La hora de revivir vuelve sus ojos hacia el recuerdo gigantesco de nuestro gran poeta, inhumanamente arrancado de la existencia por el ensombrecedor rito de una cruel guerra civil y la podredumbre del odio en el que Lorca, agitado, confuso y, finalmente, herido, arrastró su último año de vida, inconsciente del horror en que se hallaría inmerso de inmediato. Jamás sintió la necesidad de una escapatoria. Y salvo ser uno mismo, no hizo nada para merecer el castigo que le infligió una humanidad corrupta, alimentada por las manzanas de hiel de ese árbol siempre mortecino que acumula el fruto de la intolerancia, y el infecto concepto de la supremacía que convierte al ser humano en una bestia sucia, fanática y cobarde, hasta transformar un mundo limpio, encantador y libre en una sentina para los anfitriones del crimen. Rigurosos interdestructores que amenizan su poder en el triunfo de la sangre, porque llegan a creer que la nueva creación depende del nuevo hombre consumido por la feroz rito de la oposición, como el polo negativo de un imán maligno. El nuevo hombre antagonista, activo y terrible que obedece a una nueva existencia en nombre de otra nueva virtud y de otro renovador amor cosechado en los surcos infinitos de otras flamantes mentiras morales. Ideas sangradoras de profanación universal frente al derecho a la vida y a la libertad. Y cuya única voz es "guerra", siempre ansiosa del odio, de la tortura, del crimen, y de la destrucción violenta del viejo amor. Lorca conoció ese corto y espantoso camino que conducía hacia un mundo deshumanizado y su malévola realidad. Y su grandeza, que jamás debió ser prescrita, quedó paralizada por el asombro ante ese espectáculo febril de un militarismo capaz de adoptar una insufrible y detestable superioridad frente a la riqueza centelleante del ingenio y de la inteligencia. Federico García Lorca fue una luz irrepetible de amor y belleza, y como un rostro extrañamente arrebatado, se alejó caminando..., transfigurado por el horror, mientras su cerebro, con toda probabilidad, no dejaba de repetir el eco de un "porqué" inhumano que así le robaba la vida... El paisaje era negro, empapado del olor nocturno de los campos granadinos, y él se movió en las tinieblas silenciosamente con su traje blanco, limpio e incluso hermoso, hasta que una bala asesina disolvió sus miembros y su cuerpo en la temblorosa oscuridad.

"MARIANA PINEDA": 
(Romance popular en tres estampas-1925)

La riqueza fluida de la poesía de Lorca, ochenta años después de su asesinato, nos sigue inundando a través del tiempo, y seguirá incorporándose a los nuevos siglos dejando por toda la eternidad un resplandor tan extraordinariamente real que nuestro corazón, al leerla, sigue alcanzando la plenitud maravillosa de una gratificación inmediata, tumultuosa y fascinante. Y la esencia de su ser, tan rica, tan sustentante, tan poderosa, además de gozar con esa belleza indescriptible y arriesgada en el mundo de la intelectualidad, jamás le privó tampoco de esa conmoción  ávida y viviente con que se alimenta el amor por la libertad. Imaginar y dar vida de nuevo a Mariana Pineda -dado que ambos vivieron épocas turbulentas y del más intolerante acceso al verdadero ser libertario, mientras Granada, ciudad en la que nacieron y amaron, les inundaba de su mágica poesía y de su singularidad sin parangón- no podía por menos que convertirse en un nuevo fulgor magníficamente luminoso y nuevamente cegado por un esa luz dorada de la libertad en toda la acepción de la palabra.

En este extraordinario "Romance popular a Mariana Pineda" -8 de enero de 1925- Lorca, consciente de esa ética que siempre debería impeler al ser humano a adherirse a la causa  dichosa e incuestionable de su libertad, se hace eco de ese sentimiento puro y perfecto de un carácter femenino concentrado y rebelde en cuyo pecho arde agudamente la pasión intangible por enfrentarse a la arbitrariedad de un absolutismo político vivido en Granada y, por extensión, en el resto de España, y a la hediondez represiva de una policía adicta al régimen, encarnada y estimulada por la podredumbre humana que representa Ramón Pedrosa Andrade. Así Mariana Pineda, a través de Lorca, provista de una gran vitalidad y fuerza no duda en decidir su suerte frente a una lucha por la libertad que no cesará de agitarse y de crear cuantos acontecimientos la condujeron al cadalso: "Tal era la ruina en la que el despotismo y la tiranía de Fernando VII  había sumido a los españoles".

Estreno: Teatro Goya de Barcelona, el 24 de junio de 1927. Decorados: Salvador Dalí. Intérpretes: Margarita Xirgu (Mariana Pineda), Eugenia Illescas (Doña Angustias) Pascuala Mesa (Isabel la Clavela), Julia Pacheco (Sor Carmen), Luis Peña padre (Fernando), Alfonso Muñoz (Pedro de Sotomayor), Francisco López Silva (Pedrosa).

 Reestrenos

Teatro Marquina, Madrid, 1967. Dirección: Alfredo Mañas. Intérpretes: María dolores Pradera (Mariana Pineda) Pastora Peña, Estanis González, Fernando Sala, Ricardo Merino.

Teatro Nacional Lope de Vega, Sevilla, 1982. Dirección: José Díez. Intérpretes: Carmen de la Maza (Mariana Pineda) Maruchi Fresno, Manuel de Blas, Manuel Torremocha, Mercedes Barranco, Carlos Hipólito.


El argumento del Romance:

Mariana Pineda está enamorada de Pedro Sotomayor, un liberal que huye de Pedrosa. Pedro ama a Mariana. Ella lucha también a favor de la libertad: “¡Cuántos peligros corres sin el menor desmayo! ¡Qué sola estás, cercada de maliciosa gente!”. Para Sotomayor la libertad es su único objetivo. Y ama a Mariana porque ella borda la bandera, símbolo de la libertad. Pedro no sólo ama la libertad interior sino política, por ello se puede comprender el extraño abandono en que deja a Marina y su posterior huida. 

Mariana es liberal y borda la bandera debido al amor que siente por Pedro. Pedro, en cambio, no le da mucha importancia al amor y sólo desea salvar su vida. Mariana por el amor que siente por Pedro, deja de lado todo, hasta a sus hijos, y no piensa en otra cosa que en él. Si él muere ella también, si él se salva ella también. El ama la libertad y ella la quiere más que él. 


Pedro ama la libertad, pero no supo morir por ella, por eso Mariana dice: "¿Amas la libertad más que a tu Marianita? ¡Yo seré la misma libertad que tú adoras!"


Mariana Pineda, a través de su muerte, se convierte en la Libertad: "¿Qué es el hombre sin libertad? ¿Sin esa luz armoniosa y fija que se siente por dentro? ¿Cómo podría quererte, Pedro, no siendo libre, dime? ¿Cómo darte este firme corazón si no es mío? No temas; ya he burlado a Pedrosa en el campo y así pienso seguir hasta vencer contigo, que me ofreces tu casa, tu amor y tus dedos". Simbólicamente Mariana será la bandera que bordaba, el ideal para los liberales. En cuanto a Pedrosa, su amor por Mariana es posesivo. Es el hombre del poder, acostumbrado a ser obedecido y a obtener lo que desea. Por ello tratar de conseguir a la joven por la fuerza y pensando en sus propios intereses. Ante el rechazo de Mariana ejerce su jerarquía vengativa, siendo este un acto en contra de la libertad.  Mariana vive a través de lo que siente por el rebelde liberal. La bandera es encontrada por Pedrosa y va a buscar a Mariana para matarla. Ella estuvo esperando a Pedro pensando que la iba a ir a buscar para salvarla, pero éste no llega.

Mariana no tiene en cuenta a sus hijos. A éstos los cuida Doña Angustias, madre adoptiva de Mariana y Clavela la criada. Tiene 37 años, es miedosa, triste y católica. Posee un aire frío pero al mismo tiempo es maternal. No se hace hincapié en el rol de madre de Mariana, ya que está pendiente de los movimientos de Pedro, de los de Pedrosa y de la finalización de la bandera. Pero cuando los niños le piden a Mariana que los acueste, ella les dice maternalmente:
 
"Dormir tranquilamente, niños míos,
mientras que yo, perdida y loca, siento
quemarse con su propia lumbre viva
esta rosa de sangre de mi pecho.
Soñar en la verbena y el jardín
de Cartagena, luminoso y fresco,
y en la pájara pinta que se mece
en las ramas del agrio limonero.
Que yo también estoy dormida, niños,
 y voy volando por mi propio sueño,
 como van, sin saber adónde van,
 los tenues vilanicos por el viento.''
Finalmente, Mariana es encarcelada y condenada a muerte siendo inocente: "¡Morir! ¿Qué largo sueño sin ensueños ni sombras!... ¡¡Libertad!! Porque nunca se apague tu alta lumbre, me ofrezco toda entera. ¡¡Arriba corazón!! ¡Pedro, mira tu amor a lo que me ha llevado! Me querrás, muerta, tanto, que no podrás vivir! Y ahora ya no te quiero, porque soy una sombra"

Las monjas del beaterio cuentan los hechos de la prisión y la injusta condena de Mariana. Quieren a Mariana y dicen que es una mujer valiente. Están tristes porque la van a matar. Sor Carmen, digna y traspasada de pena, está cerca de Mariana: "¡Corazón no me dejes! ¡Silencio! Con un ala, ¿dónde vas? Es preciso que tú también descanses. Nos espera una larga locura de luceros que hay detrás de la muerte. ¡Corazón no desmayes! Sor Carmen exclama: "¡Olvídate del mundo, preciosa Marianita!... Qué lejano lo siento!... ¡Mil gracias, Madre Carmen, salvo a muchas criaturas que llorarán mi muerte. No olviden a mis hijos... Que la Virgen te ampare..."  

Cuando el Juez está por venir a buscar a Mariana, ella dice: “Os doy mi corazón! ¡Dadme un ramo de flores! En mis últimas horas yo quiero engalanarme. Quiero sentir la dura caricia de mi anillo y prenderme en el pelo mi mantilla de encaje” Y cuando una monja le ayuda a ponerse la mantilla, Mariana se dirige al fondo, exclamando: "Ahora sé lo que dicen el ruiseñor y el árbol. El hombre es un cautivo y no puede liberarse. ¡Libertad de lo alto! Libertad verdadera, enciende para mí tus estrellas distantes. ¡Adiós! ¡Secad el llanto! (Al juez) ¡Vamos pronto!... Sor Carmen: "Adiós, hija..." Mariana: "Contad mi triste historia a los niños que pasen..." Sor Carmen: "Porque has amado mucho, Dios te abrirá su puerta. ¡Ay, triste Marianita! ¡Rosa de los rosales!... ¡Yo soy la Libertad porque el amor lo quiso! ¡Pedro! ¡La Libertad, por la cual me dejaste! Yo soy la Libertad, herida por los hombres! ¡Amor, amor, amor, y eternas soledades!..." Al fondo los niños cantan: 

"... Oh, qué día triste en Granada, 
que las piedras hacían llorar,
 al ver que Marianita se muere 
en cadalso por no declarar..."

(No cesa el campaneo en Granada)





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