jueves, 9 de abril de 2015

Le monte-charge (El montacargas) -Final-

¡PERDIDOS!

Robert, que ha seguido con inquieta mirada la marcha de Martha y su nuevo acompañante, Adolphe Ferry, decide volver a la tipografía a esperar el regreso de ambos. Y tras refugiarse del frío nocturno en una acristalada parada de autobús, se adormece. El silbido de un tren lo despierta. Martha y Adolphe acaban de volver, sonrientes y algo bebidos: “Son las 4 de la mañana”, exclama Ferry, e insiste luego en abrazar a Martha, que lo rechaza: “No, por favor... Pero, si quiere, puede subir a tomar otra copa...” Adolphe se muestra complacido y ríe: “Buena idea... la añadiremos al champagne... Espere, voy a cerrar el coche... el contacto, todo... Ya está cerrada” Mientras Martha abre el portón de la “TIPOGRAPHIE-HELIOGRAVURE- DRAVI FILS” y Adolphe entra tras ella, Robert corre en la oscuridad y se cuela tras ellos en el almacén, cuya puerta ha quedado abierta. Se oye la voz cantarina de Adolphe: “Su idea de tomar otra copa me parece estupenda, porque sin champagne a cualquier hora no hay réveillon... Qué oscuro está todo esto” Martha ríe complacida. “Por favor, Madame, si me concede el honor” Toman el montacargas entre risas, bajo la vigilante ansiedad de Robert que se oculta en la oscuridad de las escaleras, que va remontando lentamente, al mismo tiempo que se eleva el montacargas. Se oyen de nuevo las risas y los pasos de Martha y de Adolphe, y cuando ella abre el apartamento, suena su voz asustada: “Jerome! ¿Estás ahí?”... El misterio del suicidio vuelve a repetirse. Martha lanza un grito, y Robert, tan ansioso como tenso, sigue subiendo hasta la entrada del apartamento. Suena la preocupada voz de Adolphe: “No toque nada. ¿Es su marido?”... Ferry ha tomado el teléfono: “Por favor, por favor... ¡Demonios, pónganse!... ¿Es la policía? ¡Hay un muerto! ¡Sí, un muerto! ¡Ah, sí, la dirección: Impasse des Glycines... Courbevoie... Madame Martha... (Robert atento a cuanto está oyendo, no puede esconder su asombro ante la escena del suicidio que ha vuelto a reproducirse, pero comprende que debe ocultarse ante la inminente llegada de la policía. Sigue resonando en el silencio del almacén la voz de Adolphe hablando con la policía, mientras Martha se mantiene completamente callada. “Por favor, Madame Martha, ¿cuál es el número de aquí?” Y tras un susurro de ella: “Sí, gracias... 7 bis, Impasse des Glycines, Courbevoie (repite Ferry la dirección) ¿Cómo? ¡Ah, sí!... Un suicidio al parecer... Bien, bien... (Adolphe se dirige a  Martha) Tenemos suerte. Tienen un coche a punto. Estarán aquí en seguida. (La puerta del apartamento se halla de par en par, y Robert ojea un instante desde el exterior. El cadáver de Jerome en efecto se halla de nuevo sobre el sofá del salón con el árbol navideño. Y Robert, por un instante, observa casi hipnotizado que el gorrioncillo de adorno no se encuentra en la rama del mismo. Mientras tanto, Adolphe confirma a Martha, que muestra su rostro demudado: “No se preocupe, estarán aquí en un minuto”. Robert  despavorido baja al piso inferior en busca de algún refugio. Ha de obrar con rapidez si no quiere ser descubierto por la policía. Trata de huir del almacén, pero suena en el exterior la sirena de los gendarmes. Vuelve a recorrer las escaleras en busca de un escondite. Resuena la voz del inspector de policía: “Pongan un guardián en la puerta” Robert, finalmente, se encuentra ante una puerta y la fuerza, ocultándose en la oscuridad más absoluta. Los policías tratan inútilmente de hallar el conmutador de la luz: “¿Tienen linternas?”, inquiere el inspector, y vuelve a sonar la voz de Adolphe Ferry: “Madame Dravet, no lo mire así”... Robert siente una especie de culpable intimidad, oculto en una estancia a oscuras, observando luces desde la rendija que ofrece la puerta cerrada, y hasa la que le llegan perfectamente todos los sonidos y voces de cuanto está sucediendo en el apartamento del suicida... Todo resulta incomprensible... Las voces, finalmente, se alejan en dirección a la calle. Su última oportunidad de escapatoria llegará cuando se haga el silencio total. Su desesperación va en aumento. El último clamor desaparece con la marcha de la policía y de Adolphe Ferry. Imagina de nuevo el apurado trance de Martha una vez el cadáver de su marido ha sido transportado a la morgue. Cree oír sus pasos impacientes. De repente, se ilumina la estancia donde Robert se halla oculto. Martha aparece frente a él y adopta una expresión aterrorizada. Robert, presa de nerviosa excitación, no habla... Debe, ante todo, averiguar qué ha sucedido y cómo ha ocurrido. A partir de aquel momento surgirán nuevas confidencias, y Martha, ayudada por Robert, encaminará todos sus actos a despojarse del aspecto más terrible y culpabilizador de cuanto allí en verdad ha ocurrido. Y una vez sobrepasado el vértigo del peligro, una inesperada llamada telefónica de Adolphe Ferry que ha extraviado su billetera en el apartamento de Madame Dravet arrastrará inevitablemente a Martha y a Robert Herbin hacia la fuerza inalterable de un azar condenatorio tan paradójico como paroxístico.














































































ROBERT HOSSEIN

LEA MASSARI








Espíritus torturados entre penumbras nocturnas y un realismo urbano afincado en las calles de la zona residencial parisina de Asniéres. Retablo desolador de dos personajes atrapados por una desgarrada identificación de soledad que ofrendan, pese a todo, entre "dramáticos golpes de efecto", un explícito y descarado alegato del instinto de conservación humano. A través del marco opresivo que la noche genera, se alternan escenas íntimas y populares en los bares y en las calles navideñas. París, siempre antológica, abre de nuevo al público su misteriosa y atractiva profundidad como ciudad protagonista  de suspense y reverencia hacia la aventura. Marcel Bluwal aprovecha las mejores lecciones del cine negro policíaco y del academicismo francés de  algunos de sus mejores directores, como Carné, Allegret o Duvivier. No es novedad, pues, que el Destino, opresivo y angustioso, se halle presente y que logre penetrar en la realidad de sus personajes. Impecables interpretaciones de Robert Hossein, rostro atormentado que parece expresar en todo momento el viejo interrogante de los filósofos sobre "el significado de la realidad y la realidad de las apariencias", y de Lea Massari, de hermoso rostro asimétrico, turbador que también emulando a Homero "actúa, ama, odia y sufre por fuerzas, mitos morales, y argumentos mínimos de la verdad" con los que, no sólo el hombre, sino también la mujer, se ven apresados por el drama de la alienación, y tratan de huir de su tremenda soledad a través de la siempre arriesgada aventura del crimen o del suicidio. Con este curioso e inestable duo erótico se ofrece al juicio crítico y a la reflexión del público un auténtico manifiesto en imágenes de una pirueta diabólica que consigue épater al espectador amparándose no tan sólo en el signo de la "nouvelle vague" francesa sino también en los oscuros patrones del "thriller" norteamericano. ¡Un universo ilógico, irresponsable y cruel, entre imágenes inolvidables de gran talento cinematográfico, altamente apetecible!




El virtuosismo musical del gran Georges Delerue ilustra con un "sound-track" bellísimo, tierno e inteligente el matiz intimista y sin estridencias que enmarca cada uno de los momentos mas expresivos de esta gran intriga clásica en que se erige "Le monte-charge"

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lunes, 6 de abril de 2015

Le monte-charge (El montacargas) -II Parte-

 Silent night, deadly night.









Del lenguaje televisivo a la gran pantalla





Marcel Bluwal, nacido en París en 1925, hijo de padres polacos de origen judío cursa sus estudios en el Conservatoire National superieur d’Art Dramatique. Su pasión por el cine marca un punto crucial en su vida ya desde la infancia, según cuenta en su autobiografía “Un Aller”. Bluwal explica que dos de sus mayores inspiraciones partieron del potencial expresivo de “L’passion de Jeanne d’Arc”,1928, o la posterior meditación surrealista sobre el miedo de “Le vampyr”, 1932 de C.T. Dreyer, y más tarde del realismo poético que ofrendara Jacques Feyder con “Le grand jeu”, 1934, o “La piste du Nord”, 1939. Durante la terrible persecución antisemita conocida por “la raffle du Vélodrome d'Hiver", que se derivó de la monstruosa operación que diera comienzo en junio del mismo año y llamada Vent Printanier(una captura en masa de ciudadanos judíos en los países ocupados por las tropas de Hitler: Bélgica y Países Bajos) -y llevada a cabo también el 16 de julio de 1942, por los  nazis en la Francia ocupada de la II Guerra Mundial, tomando parte en ella el Régimen de Vichy, que movilizó a 7000 policías y gendarmes franceses, consiguiendo arrestar y enviar a campos de concentración alemanes a más de  13.000 judíos, entre ellos 115 niños-, el profesor de piano del joven salvó la vida a Marcel y su madre, que permanecieron ocultos durante más de 27 meses en una minúscula estancia parisina, cerrada a cal y canto.


Tras la liberación de París, Marcel Bluwal es admitido en la Escuela Técnica de  Fotografía y Cine. Se entrega a un arduo aprendizaje y logra entrar en los primeros estudios de Télévision Française, un lenguaje nuevo de la imagen en el que establecerá definitivamente todas sus orientaciones estilísticas como realizador. Será, pues, en este medio en el que operará casi toda su extensisima obra, y en el que demostrará una diversidad de tendencias de multiforme vitalidad. Entre sus más de 60 realizaciones destacan “Les Jouers”, 1960, la serie policíaca de gran éxito en Francia “l’inspecteur Leclerc Enquête”, con 26 episodios en 1962, y 13 en 1963, “Vidocq”, nueva serie de 1967 en 13 episodios ( que continuaría entre 1971 y 1973 con 13 capítulos más), que escenificaban las aventuras decimonónicas inspiradas en las memorias de Eùgene-François Vidocq, antiguo presidiario que acabaría convirtiéndose en un avispado inspector de policía, con resonancias a lo Sherlock Holmes, las ambiciosas producciones de gran literatura como “Les frères Karamazov”, 1969, y “Les miserables”, 1972, (en la cual, según sus propias palabras, dada su militancia en el Parti Communiste Français desde 1950, le movió el ansia de « exalter le drame social, le soulèvement du peuple », “Serie Noir”, de 1984, y sus últimas aportaciones “Jeanne Devère, 2011, y “Les vieux calibres”, 2013. En 1975, 1979, y 1985 se aventura con éxito en la dirección de una óperas como “Don Giovanni”, “Cosi fan tute” y “La clémence de Titus” de Mozart, y de escenificaciones teatrales como “Don Juan revient de la guerre”, clásicas como“Les femmes savants” de Moliere, y adaptadas como “Don Quichotte de la Manche” de Cervantes. Con “La surprise”, que dirigiría en 1960, Marcel Bluwal fue premiado con la Palme d’Or du film de télévision au festival de Cannes.



Pese a sus reconocidos méritos como realizador televisivo, para Marcel Bluwal también resultaría muy tentador y muy ilustrativo llevar hasta la gran pantalla cinematográfica su ya consolidada gestación directiva en la citada  Télévision Française.  Y así su primera película para la gran pantalla “Le Monte-Charge”, 1962, arrancaría de las páginas de un famoso creador de novela negra francesa como Frédéric Dard, cuyas obras podían perfectamente adaptarse a los exponentes cinematográficos más en boga, como fue la moda de los films denominados de “complejos” psicológicos, entre espíritus torturados, ambientes turbios y penumbras nocturnas (como las de “Le Monte-Charge”, cuya acción, en efecto, transcurre durante toda la noche de Navidad).




El realismo urbano-nocturno que Bluwal, a través de una atrayente orientación hacia el ámbito de lo criminal y sus connotaciones moralmente traumáticas o negativas, supo imprimir por medio del celuloide  a la visión pesimista ofrecida por la novela de Dard (quien aseguraba haber detestado siempre las fiestas navideñas por la decepción que las mismas llegan a causar en el mundo infantil y el atentado que supone así frente a la inocencia de los niños) marcó un pequeño y único hito en su carrera como realizador fuera del ámbito de la televisión. El turbio y atractivo factor del cine negro volvía a recoger en esta primera incursión cinematográfica de Marcel Bluwal una convincente divulgación de cuantas psicopatías determinadas por aciagas circunstancias sociales pueden mover al ser humano hacia la ambigüedad dolorosa y turbadora del crimen.


Su siguiente película “Les carambolages”, 1963, que merced al por entonces famoso actor de comedia  Louis de Funés, se remitiría a las fuentes del viejo cine cómico francés fracasó estrepitosamente en taquilla, alejando casi definitivamente a Bluwal de la gran pantalla, hasta 1999, año en que realizó “Le plus beau pays du monde”, un biopic de los últimos meses de vida del comediante francés Robert-Hugues Lambert.




La novela negra francesa


Frédéric Dard (1921-2000), nacido en Bourgoin-Jallieu, Isère, France. Autor de novela negra, cuyas intrigas policíales suelen plegarse a los análisis psicológicos de sus personajes, inmersos en una especie de sórdida negrura o en un reflejo pesimista de la realidad social. Es el suyo un  mundo casi en descomposición en el que el elemento masculino vive entre un revoltijo de intrigas y criminalidad, y sus mujeres juegan con ciertos comportamientos amorales, no menos complejos y turbios que los de los hombres. Su estilo novelístico, situado entre novelistas, y también dramaturgo, como Marcel Aymé (1902.1967) de cuya vasta producción resaltan “Uranus”, 1948, y “Les Tiroirs de l'inconnu”, 1960, su última novela, o de Louis-Ferdinand Auguste (1894-1961), más conocido por su pseudónimo de Céline, el autor más traducido y popular de literatura francesa del siglo XX, merced a su novela “Voyage au bout de la nuit, 1932), de una innovación literaria (que tras usar de los registros naturalistas de Émile Zola y escandalizar a sus contemporáneos), incorporaba un lenguaje oral, grosero y muy jergal, abordando temas extremadamente violentos, amargos, de ritmo salvaje y acelerado, y que fueron muy renombrados por  su “rejet désespéré de la connerie universelle”. Dard, no obstante, jamás dejó de reconocer que le atraía mucho más el mensaje novelístico complejo y ambiguo de Georges Simenon (1903-1989, famoso por su creación del Comisario Maigret, y novelas como « Le Testament Donnadieu» (1936), « Le Voyageur de la Toussaint» (1941) y « Les Fantômes du Chapelier», «Les Inconnus dans la maison» y «Le Voyageur de la Toussaint», así como le «Panique», «Les Fiançailles de M. Hire», «La Marie du port» y «La Vérité sur bébé Donge»), y sus marcos de  motivaciones, traumas inquietantes e intrigas de personajes que, aunque dotados de cierta humanidad, porque nunca acaban de ser ni culpables ni inocentes absolutos, acaban siendo únicamente víctimas de culpas que se engendran y se destruyen en cadena, frente a un mundo rico en formas y sensaciones, que, por lo general, los aboca al abismo, entre una nutrida avalancha de conflictos donde la lógica acaba también por descomponerse. 

La crítica literaria francesa no dudó en consecuencia en reconocer que el aliento poderoso y la impetuosidad expresiva de las novelas  de Frédéric Dard supieron retener las  lecciones del llamado nuevo realismo americano que había lanzado a partir de 1945 la moda conocida por “Serie Negra”. De ahí que pudieran ser fácilmente adaptadas a la gran pantalla cinematográfica. 







Entre 1951 y  1966 Dard publicó sus “Romans de la nuit”, en los que prima siempre la típica inquietud que promueve la intriga de unos personajes cuyos pensamientos íntimos permanecerán en todo momento ignorados. Así “C'est toi le venin” puede compararse perfectamente con “Thérèse Desqueyroux” de François Mauriac; “Le Monte-Charge” con “Un crime” de George Bernanos, y “Cette morte dont tu parlais” con “L’Étranger” de Marcel Camus. 








Le monte-

charge (1961)



"Le suspense monte et l'intérêt pour l'intrigue aussi. Le dénouement est vraiment surprenant, inattendu. Il y a une vraie montée en puissance à la fin du film".




EL REGRESO











La noche de Navidad, Robert Herbin, declarado culpable de un crimen pasional, sale de prisión. Al regresar a su antiguo piso, enlutado por la desidia de los últimos años, ya que, durante su detención, su madre había muerto en él (en efecto, sobre la polvorienta mesa del salón aún permanece la esquela mortuoria de la señora Herbin), las recogidas emociones del recuerdo le hacen abandonar el mismo y deambular por las calles nocturnas del suburbio parisino de Asniéres donde viviera, entre el bullicio y conversaciones navideñas de sus conciudadanos. Robert se nos muestra como un hombre cansado y triste, que, extraviado en la noche, todavía huye de su mal entre la pesadumbre de su soledad., pese a verse envuelto en la algarabía de los parisinos, enfrascados en sus compras entre el barniz de pasajera felicidad que confiere la Navidad. Y frente a aquella receptividad nerviosa de las calles y sus alegres transeúntes, a través de la cruda luminaria resucitadora de la nocturnidad ancha y cegadora que se enrosca sobre los alegres y charlatanes viandantes, como ráfagas de cohetes que también esconden los fríos y desnudos cielos de París, el mundo, sus coloquios de amistad y saludos familiares, sigue cerrado ante Robert como la árida celda del presidio que acaba de dejar atrás. Su vuelta a la vívida realidad de la ciudad le hace sentirse tímido, casi asustado. Las gentes pasan por su lado una vez y otra con sus conversaciones banales, típicas de las fiestas navideñas. Y él mismo, maquinalmente, entra en una tienda de regalos regentada por una vieja vecina del barrio y su hija como movido por el extraño deseo de participar en la órbita festiva que le rodea. Cuando la vendedora le requiere, sin saber que escoger, compra un adorno de árbol de Navidad: una infantil figura de gorrioncillo. La anciana cree reconocerlo y murmujea: “Es el hijo de la señora Herbin”...











EL ENCUENTRO





















































Robert, siempre solitario, cena en un pequeño restaurante donde se reúnen y hablan compulsivamente un grupo formado por hombres de avanzada edad, que visten con elegancia, bien afeitados y cuya expresiva vocinglería de meditaciones políticas poseen cierto efecto cómico, en especial cuando aparecen, muy alegres y acicaladas, algunas señoras, no menos valetudinarias, ansiosas por unirse a la cháchara de los hombres.  En la mesa contigua a la de Robert, una bella joven con su hija de unos cuatro años, cena también en silencio, y esboza una sonrisa al mismo tiempo que Robert, observando la emocionada satisfacción en que se enfrasca el caballeroso grupo y sus amigas. Algunas lágrimas caen ahora sobre el rostro de la pequeña, y Robert, conmovido, habla a la niña, indicándole que no debe llorar en una noche como aquella, cuando con toda seguridad será visitada por Papá Noël. Cuando abandonan el restaurante, Robert, atisba en aquella mujer y su hija cierta afinidad en cuanto a soledad se refiere, y como si se tratara de un arranque súbito, sintiéndose tan digno de compasión como ellas en la noche navideña, las sigue hasta una sala cinematográfica donde la joven parece refugiarse junto con su hija de los aspectos más festivos con que París juega a retener la euforia de sus habitantes. Una vez en el interior de la sala, Robert se sitúa tras la bella mujer que le ha atraído hasta allí. Percibe una reacción de cierto agrado en ella, y cuando acaricia cuidadosamente el cuello de la joven en la oscuridad de la sala, es correspondido por el contacto estremecido de su mano femenina que no duda en unirse con la de Robert. La triste tensión de apatía ha desaparecido cuando abandonan el cine. La niña se ha dormido, y Robert, que la ha tomado en brazos, decide acompañar a la joven hasta su domicilio. Ella se lo agradece: “Es usted muy amable. Vivo al otro lado del puente”... Caminan sonrientes entre las risas de algunos grupos de jóvenes algo bebidos. Una vez frente a su casa, ella le invita a subir. Penetran en una amplio almacén en cuya entrada se puede leer “TIPOGRAPHIE-HELIOGRAVURE- DRAVI FILS”... La joven aclara: “Es la fábrica de mi marido” Se dirige hacia una parte del citado almacén: “Hay que apagar las alarmas de las puertas” Luego toman un montacargas: “Es más un montacargas que un ascensor” (sigue explicándole a Robert). Sirve al mismo tiempo de oficina y de apartamento” Cuando abre la puerta del piso que se halla situado sobre la factoría, cierra la puerta de un cómodo salón, amueblado con lujo, e indica a Robert, refiriéndose a la niña: “No quiero que vea el árbol de Navidad... Este es un barrio curioso. No me gusta volver sola. En especial la noche de Navidad...” La joven se lleva a la pequeña para acostarla, y ofrece a Robert: “Beba algo” Él se queda observando el salón, mira una foto de la joven con un hombre al que supone su marido, y se acerca sonriente al árbol navideño que adorna el salón. Recuerda el gorrioncillo comprado unas horas antes, y lo engancha cuidadosamente, a fin de que la pequeña pueda descubrirlo al día siguiente, en una de las puntas más sobresalientes de las ramas del abeto. La joven, sin percatarse de la acción de Robert, aparece poco después de llevar a su hija a la cama, y viendo que no ha tomado nada, le ofrece de nuevo una bebida. Suena un disco de música brasileña: “No tema por la niña, la música no la despierta... No me gusta el silencio... Me llamo Martha Dravet... Y yo Robert Herbin... (indicando la foto) ¿Es su marido?”...   

¿SUICIDIO O ASESINATO?








Cuando la expresión de soledad se acentúa entre Robert y la joven desconocida, se crea entre ambos cierta intimidad tan instintiva como pasajera. Él intenta besarla, pero ella lo rechaza. Sus nombres, Martha y Robert, crean ya un súbito protagonismo, y ella le propone una nueva salida mientras la pequeña duerme. Siente un deseo irreprimible de volver a recorrer el navideño París nocturno en compañía de Robert. Cuando toman el montacargas ella trata de justificarse: “No quiero que me considere una conquista fácil. Me creerá si le digo que es la primera vez que engaño a mi marido. Soy muy desgraciada... Siempre tengo miedo cuando cruzo el almacén de noche...” (Martha se dirige hacia un pequeño bureau y acciona un botón que abre la puerta de la fábrica) Estos montones de libros no le parecerán irreales. Mi marido es uno de los más importantes tipógrafos de París”... Una vez en la calle, Robert le pregunta: "¿Es usted italiana?... Sí, ¿por qué?... Por el acento”, sonríe él. “Y usted, Robert, ¿es de por aquí?... Sí,... pero he estado fuera siete años. Nada ha cambiado en el barrio Courbevote. Siempre es aburrido. Yo vivo en la parte opuesta del puente de Asniéres, rue Henry Barbusse. ¿La conoce?... No,... ¿tiene la noche libre?... Vivía con mi madre. Murió hace cuatro años. Nadie me espera. ¿Y su marido?... Tampoco está... (responde Martha evasiva, pero vuelve a inquirir) ¿Por qué se fue usted?... ¿Le interesa? (Y Robert no duda en contestar) Me fui con la mujer de mi jefe. Hubieron complicaciones, y decidí que lo mejor era marcharme... ¿Hasta esta noche?... Sí... ¿Y la mujer de su jefe?... Murió... también (confirma Robert fríamente)... Martha se sincera con él: “Mi marido me engaña. Esta noche está con su amante. Es por ello por lo que no quiero estar sola en casa. Perdóneme...” Robert exclama: “Yo vivo allí... (Martha propone) ¿Subimos?... No es como su casa (confiesa él) No hay ascensor y no tengo nada que ofrecerle... Me da igual, deseo ver donde vive”... Una vez en el interior del piso, Martha se siente intrigada por todas las fotografías que se hallan pegadas en las paredes: “Está lleno de fotos suyas: Robert a los 5..., a los 7,... a los 9... los primeros pantalones largos,... una novia... ¡ah no, una prima! ¡Robert,... Robert!... Su madre debía quererle mucho... (Robert confiesa apenado) No lo sé. Cuando me fui no estaban todas estas fotos... Penetran en el dormitorio de él, y la abraza apasionadamente. Ella se defiende y le rechaza. No desea aceptar la menor complicación sexual. Y tras un breve paseo y convencerle de nuevo, mientras toman unas copas en un bar, de que su vida se encuentra sometida a una tensión insoportable, vuelven a casa. Robert indeciso acepta que el encuentro con Martha es tan sólo una pasajera aventura de la noche, y cuando se dispone a dejarla, ella le ruega que vuelva a subir, pues no puede volver a hacerse  la idea de permanecer sola en su apartamento. En el montacargas que les llevará de nuevo hasta el confortable piso ella acepta un nuevo abrazo apasionado de él, pero cuando Martha abre la puerta observa asustada que en el perchero se halla la gabardina y el sombrero de su esposo, quien, por las apariencias, parece haber regresado. Observa aterrorizada a Robert, temerosa de que la presencia de un extraño pueda desatar la ira de su marido. “¡Jerome,... Jerome!” (exclama) ¿Estás ahí?”  Angustiada penetra en el salón. Tras una pausa dramática y la mirada alterada de Robert, comprueban que el esposo ausente se halla tendido en el sofa, con un revolver en la mano, ensangrentado. Un suicidio a todas luces. Martha medita un instante y, aterrorizada, decide llamar a la policía, a fin de que Robert le sirva de testigo del hallazgo del cadáver. Robert se lo impide: "¿Qué haces? ¿Estás loca?” ... Ella permanece atónita: "¿Por qué?... ¡No puedes hacerlo! (exclama fuera de sí Robert) ¡Tengo prohibido permanecer aquí! Acabo de salir de prisión. Maté a la mujer de mi jefe. He estado siete años en la cárcel, ... salí ayer y no puedo quedarme aquí. ¡Ellos no creerían nunca que se trata de un suicidio! ¡Es tu marido, no lo entiendes!...” Se produce una brusca sacudida de horror y despecho en Martha, que se siente como atrapada en un callejón sin salida. Observa a Robert con voz entrecortada por su repugnancia: ”¡Vete!... ¡Vete!...”, se desespera. Un detalle muy significativo no le ha pasado por alto a Robert: el gorrioncillo de adorno ha desaparecido del abeto navideño. Robert, vencido y no menos aterrorizado corre escaleras abajo. Cuando llega al almacén, no puede salir. Penetra en el pequeño bureau. Acciona el botón de apertura como viera hacer a Martha, y una vez en la calle corre por las calles, ahora desiertas, y, finalmente, se refugia en un bar próximo.




























































































































¿PESADILLA O REALIDAD?
 



















































































































La tensión nerviosa de Robert se acrecienta. Hace una breve recapitulación de su cobarde huida tras la terrible sorpresa frente a lo sucedido en el apartamento de Martha, por quien todavía se siente irresistiblemente atraído, y como estímulo adicional a sus actitud de escasa comprensión para con ella por haberla dejado abandonada ante el cadáver de su marido, decide efectuar una llamada telefónica a la joven a fin de aliviar la tensión insoportable en que se halla por no haberla ayudado. El bullicio del bar se va incrementando debido a algunas discusiones salidas de tono de los clientes. Tras hacerse con el número de la Tipografía, Robert  se ve obligado, ya que no hay cabina individual, a hablar por teléfono en medio del griterío que tiene lugar en el bar. Consigue comunicar: “Martha, soy Robert...” La voz conmocionada de ella se acentúa al responderle: “¡Déjame en paz!...” Robert insiste: “Escúchame,... olvidé decirte que no debes tocar nada... (trata de disculparse de nuevo) No quería que creyeras que tenía miedo...” Oye el clic del teléfono. Martha ha colgado sin desear escucharle. La pelea entre los clientes del bar va en aumento. Robert, sin pretenderlo, se ve envuelto en ella, y trata con gran esfuerzo de salir de allí. Finalmente, una vez en el exterior, se dirige otra vez hacia el apartamento de Martha. Cuando se acerca a la puerta, cree oír pasos en el interior del almacén, se oculta en una esquina y vigila la puerta de entrada. Sofocado en aquella zona el júbilo de la víspera Navideña, las oscurecidas calles parecen más internas y calladas. Robert siente que el desencanto de Martha hacia él será difícil de perdonar. Todavía aturdido no da crédito a sus ojos cuando resuena el portalón metálico de la Tipografía y ve aparecer nuevamente a Martha con la niña de la mano, dejando tras ella las horas oprimidas por el horror vivido en el apartamento, adonde, como puede comprobar, no ha acudido la policía, y dispuesta a comenzar de nuevo su callejeo por el París semidesierto a aquellas altas horas de la noche. Resuena en el silencio la voz de la niña: “Estoy cansada, mamá... Quiero volver a la cama”... Martha no responde a la protesta de su hija. Parece no sentir la menor inquietud, y Robert sigue a ambas sin alcanzar a comprender a qué puede deberse aquella actitud tan poco maternal de Martha, que no duda en volver a someter a la niña a un nuevo paseo nocturno absolutamente irracional. Y cuando penetran, tras deambular unos minutos, en un pequeño edificio de extraño aspecto, Robert acelera el paso. Ansioso y tenso descubre que se trata de una pequeña iglesia abarrotada de fieles, en la que se está celebrando una misa de medianoche. Martha ha tomado asiento muy próxima al altar, y Robert, oculto entre la gente, parece preguntarse a sí mismo, sin perder de vista la imagen absorta, distante y fría de la mujer, el porqué totalmente ilógico de su nueva decisión, abandonando el apartamento donde su marido se ha suicidado, el hecho de no haber acudido a la policía para denunciar lo sucedido, y cuya respuesta no puede ser considerada como un resultado aceptable a la acción de huida por él perpetrada. Suena el órgano navideño y un canto coral. De repente, Martha sufre un desvanecimiento, y el hombre que se halla sentado junto a ella trata de sujetarla. El desconocido, tras pedir a la pequeña que se ha quedado rezagada, que le acompañe, es ayudado también por algunos feligreses. Robert, asustado, también acude en su socorro “¿Hay algún doctor?”, pregunta el desconocido, mientras Robert se sitúa junto a Martha y su hija. Nadie contesta y se dirige a Robert: "¿Tiene usted coche?... No... Voy yo a buscar el mío y la llevaré a un hospital. ¿De acuerdo?..." Cuando el desconocido se va, Martha vuelve en sí y murmura: “No quiero ir al hospital” Una feligresa trae el misal caído tras el desmayo y se lo entrega a Robert. Martha susurra: “Quiero que te vayas... Vete”... Robert trata de hablarle: “Escúchame Martha...” Ella insiste: “Te lo pido por favor. Vete...” El desconocido vuelve y con la ayuda de Robert entran todos en su automóvil. "¿Tiene documentación?", pregunta el dueño del coche. Robert duda: “No... creo que no”... “Pues sería necesario saberlo”, dice el desconocido, luego se dirige a la pequeña que se muestra muy callada: "Dime pajarito, ¿cómo te llamas?... Nicole... Nicole y qué más... No lo sé... ¿No lo sabes?”, ríe el conductor. “La pobrecita sólo sabe su nombre. Los míos a esta edad se desenvuelven mejor” Martha ya se ha recobrado plenamente, y disimula, ignorando a Robert. “Nos ha hecho usted pasar un poco de miedo. No es buena idea desmayarse en plena misa. ¿Quiere usted que pasemos por urgencias?...". Martha rechaza la idea: “No, no, ya me encuentro bien... Prefiero volver a mi casa... Bien, dígame donde vive...” Llegan por fin a la Tipografía. El desconocido pregunta de nuevo, mientras Robert, desconcertado por la actitud de Martha, guarda silencio: “¿Se encuentra usted mejor? ¿Podrá caminar? Espere, la voy a ayudar... Bueno, se ha recuperado rápidamente. ¿Se encuentra bien de verdad?... Oh, sí. Ha sido usted muy amable. Gracias... Los hombres tenemos que ser ante todo serviciales”, sonríe observando la  extraña seriedad de Robert. Martha le ofrece, haciendo caso omiso de Robert: “¿Quiere usted tomar un trago?... Ah, si usted cree, por mí será un placer” Y pregunta a Robert: “¿Viene usted?”... Entran en el gran almacén y el desconocido sigue hablando ininterrumpidamente: “Dravet, una buena Tipografía... ¿La conoce usted?”, inquiere Martha... “Sí, es importante, tiene más de 50 obreros... No, 40 (aclara ella) Soy Madame Dravet... Ah, pues buen día Madame”... Suben todos en el montacargas y Martha vuelve a repetir la conversación que tuvo con Robert la primera vez: “Es más un montacargas que un ascensor. Se utiliza lo mismo para la fábrica que para el apartamento. Es práctico. Tenga usted cuidado con el escalón... Espere, la voy a ayudar” El desconocido enciende una cerilla. Martha abre la puerta y penetran en el apartamento. Robert, confuso y celoso, sin comprender lo que está sucediendo, comprueba que el perchero de la entrada se halla vacío. Martha dice a la niña: “Escúchame bien. Quédate en la butaca sin quejarte. ¿Sabes lo que hay en la habitación de al lado? Está Papa Noël a punto de traerte juguetes. Así que quédate aquí. Ya sabes que si te ve, se irá. ¿De acuerdo?... La besa. El desconocido exclama: “Es un encanto. Una niña muy obediente” Entran los tres en el salón. Todo se halla como la primera vez. Robert sigue turbado. “Pasen... Oiga, es un apartamento muy bonito... ¿Desean alguna cosa?, ofrece Martha. “¿Cognac, Chartreuse?... Lo que usted quiera... Entonces cognac...” Martha les sirve los vasos a ambos, y el desconocido sigue mostrándose muy dicharachero: “Me voy a presentar. Adolphe Ferry, vendedor de coches en Levallois. ¿Conoce el barrio? Porte de Champenet. Trabajo con coches americanos... ¿Me permiten un momento?, dice Martha, “Voy a acostar a la niña”... La extraña seriedad de Robert desconcierta a Adolphe, que sigue hablando sin cesar: “Una mujer interesante. No comprendo por qué el marido no está aquí. Seguramente es italiana. Hum, se habla mucho de las francesas, pero las italianas no están nada mal. Yo, hace dos años, estuve de vacaciones en Italia... ¿No es de su gusto? Pues yo, estoy por el Mercado Común. El Tratado de Roma y todo lo demás. ¿Y usted? ” Robert contesta: “Estaba en Argelia”... ¡Ah ya!, y ha regresado... Oiga", baja la voz Adolphe, "¿No estará embarazada. Y es que... caerse como una manzana en la iglesia”... Robert se pasea apesadumbrado por el salón, desentendiéndose de la cháchara insoportable de Adolphe, que no cesa: “Es algo muy delicado para preguntárselo, desde luego. Cuestión de tacto. En nuestro trabajo hay que estar al tanto de todo. Yo trato con jóvenes como ella todos los días. El coche americano es fácil de comprar, y en caso de tener un percance, son otros los que pagan el pato”... Robert asiente sin el menor deseo de entablar conversación: “Es un buen trabajo”... “No crea, asegura Adolphe, no todo es azúcar. A veces el vendedor es quien sale perdiendo. La gente es terrible. Quieren la luna por un paseo...” Adolphe sigue con sus comentarios, y Robert, evasivo, se detiene un instante ante el abeto navideño: el gorrioncillo de adorno vuelve a estar en la rama donde él lo puso. Adolphe se sincera cada vez más: “Mis hijos están en los autos choques. Estoy divorciado, sabe. Es un incordio...” Martha aparece de nuevo en el salón e indica, refiriéndose a la niña: “Se ha dormido. Estaba muy cansada... Ya me di cuenta", corrobora Adolphe, "La pobrecita no se tenía en pie”... De pronto, Martha exclama: “¡Mi bolso!... ¿Qué?... Lo he olvidado en la iglesia... ¿Y tenía dinero?... Lo tenía todo en él..." Adolphe se preocupa de verdad: “Pues es un problema. Será necesario que volvamos... No quisiera molestarle... No se preocupe, tengo todas las facilidades. Nadie me espera (El rostro de Martha muestra una extraña satisfacción al oír aquellas palabras de Adolphe Ferry) “¡Qué amable!..." Ferry explica: “La misa de medianoche es larga. Cuando acaba la gente se entretiene mucho. ¿Vive usted por aquí?, pregunta a Robert. “Si, al otro lado del puente... Ah, me viene de camino”, dice satisfecho Adolphe. “Así que, vamos. Bueno no quisiera imponerle que viniera..." Robert asiente, y los tres vuelven al automóvil de Adolphe. Una vez en la dirección de Robert, éste se apea. Martha no le mira y se muestra silenciosa. Adolphe se despide: “Bien. Hasta la vista, señor Herbin. Ah, ya lo sabe. Si desea un automóvil tiene los americanos. Yo se lo arreglaré sin problema alguno. Tenga mi tarjeta”... Robert, una vez el coche desaparece con Adolphe y Martha, se dirige al portal de su domicilio. Pero duda. Finalmente, decide volver a la Tipografía Dravet. No cesa de pensar en Martha y en su anormal comportamiento. Es como una conmoción excesiva en su corazón, que contribuye a acelerar el misterio que envuelve los paseos nocturnos de aquella mujer con su hija. La tensión a que lo somete aquel arcano, aunque trate de rehuir cualquier complicación, lo ha convertido, pese a todo, en presa de una nerviosa excitación. Es indudable que el dramático protagonismo de Martha en aquella noche de Navidad carece del menor sentido de proporción racional. ¿Qué se oculta tras sus actos? ¿Un comportamiento diabólico, una huida de la realidad? Pero, ¿y el cadáver de su marido? ¿Existe?... 




















































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